+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario El Periódico de Aragón:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
   
 
 

UNA COSA DE LOCOS

La libreta

 

Fran Osambela Fran Osambela
09/07/2019

La quería con toda el alma, pero cuando supo que le quedaban solo unos meses de vida apenas sintió tristeza. Fue más ansiedad y vértigo que otra cosa. Para él, y para la mayoría de la gente que la había conocido, se trataba de una mujer sin igual, de un ser realmente distinto, de la mezcla perfecta de bondad, sabiduría y carisma. Alguien que no podía marcharse así como así.

Decidió no perder un minuto. Cada tarde de sábado, semana tras semana, acudió a su vera para disfrutar de su compañía, para sentirla cerca y escuchar de su boca una y otra vez todas esas historias que habían rodeado a la familia desde hacía siglos. La idea era compartir el tramo final de su vida y de paso evitar que todos aquellos recuerdos se perdieran sin más. Y ella habló y no paró. Y él se esforzó por retener todos los datos. Primero memorizándolos; después, echando mano de una libreta. Primero con disimulo; después, tomando notas con todo descaro. No quería que se le escapara nada. Y ella reía. Era feliz.

Le habló de lo bueno y de lo malo. De lo que todos recordaban y de lo que preferían olvidar, de la guerra, de los años de hambre, del estraperlo y el contrabando por los montes cambiando azúcar por pan, de su fe inquebrantable, de los viajes a Barcelona, a San Sebastián, a Roma... de los distintos destinos del abuelo en el banco, de aquel mal parto. Uf, las hojas se llenaban solas. Y le habló sobre todo de sus cuatro cazadores, de cómo la vida le había enfrentado con la muerte de su padre, de su marido, de su hermano y de su hijo, y de cómo esta última representa sin duda el mayor de los sufrimientos posibles para una mujer. Y le habló hasta que no pudo más, hasta que creyó que ya lo había contado todo.

El entierro fue en Alfaro, en La Rioja. Los siete nietos varones llevaron a hombros el ataúd desde el coche fúnebre hasta la tumba ante los ojos de medio pueblo, con el pecho inundado de emoción y la garganta rota --los siete coinciden en que no recuerdan un momento de mayor orgullo--. Antes de que los operarios del cementerio terminaran su labor, una mano se deslizó entre las herramientas para, sin que nadie lo advirtiera, dejar caer algo dentro de la fosa. Era una libreta. En la tapa figuraba una sola palabra: abuela.