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LA ESPUMA DE LAS OLAS

La locura aterrizó en Münster

 

Representación del asedio de Münster en 1534. -

Juan Postigo Juan Postigo
05/07/2019

Los jóvenes estudiantes de Historia en la universidad suelen presentar un visible interés por los pavorosos hechos acaecidos en la ciudad alemana de Münster durante el año 1534, aun cuando no es mucho lo que puede hallarse escrito en nuestra lengua sobre este tema. Ateniéndonos a la información más reducida y básica, recordaremos al lector que lo que aquí ocurrió es que por alguna razón difícil de explicar, un artesano llamado Jan Bockelson –a menudo titulado como Jan de Leyden por su lugar de procedencia-, logró apoderarse psicológicamente de toda la población y, una vez proclamado rey, inició un hermético régimen de terror marcado por la violencia y la sexualidad desordenada.

En sus orígenes todo tenía que ver con el irremediable asentamiento en la región de las creencias anabaptistas. De este reciente código religioso –que fundamentaba su ideología en la promoción del bautismo en la gente adulta, y no en los niños como siempre había ocurrido en el catolicismo-, emanaron una serie de figuras de mentalidad fanática dispuestas a trastocar los cimientos vitales del conjunto social bajo el pretexto de una supuesta –e inminente- segunda venida de Cristo. Desde luego, y siguiendo un orden cronológico, la primera de esas figuras debería corresponderse con la del pastor Bernhard Rothmann, “el amable Rothmann”, quien según parece contó con un poder de atracción irresistible entre las mujeres, no sabemos si por sus dotes retóricas o de otro tipo. En cualquier caso, es un hecho que aquel potente talento le permitió convencer a muchas lugareñas de que renunciaran a sus maridos para seguirle a él; y de igual manera se sabe que tras predicar una sola vez en el convento de Überwasser, la totalidad de las muchachas que allí ejercían como monjas corrieron a coger sus bártulos y salieron en su busca a vivir la vida. Equiparable repercusión llegaría a tener la personalidad de Melchior Hoffmann, un peletero asaltado por las visiones divinas, convencido al parecer de que era momento de fundar la Nueva Jerusalén sobre suelo teutón. Y más aún, la del panadero holandés Jan Matthys, quien aprovecharía su violencia congénita para amagar con la implantación de una tiranía en Münster. Este último se las tendría que ver con las autoridades locales poco después, y de ese enfrentamiento con el episcopado oficial perecería, siendo sus genitales clavados en una de las puertas de la ciudad.

Retrato de Jan Bockelson.

Fueron aquellos los días en que apareció Bockelson en escena. En principio se trataba de un predicador extranjero más de los muchos que ya llegaban a aquellas tierras para difundir la nueva religiosidad baptista, aunque a diferencia del resto, este se hizo notar muy pronto por dar muerte repentinamente a un herrero que durante una partida de cartas había pretendido mofarse de Matthys llamándolo propheta cacans [profeta de las cloacas]. Dando muestras de estar fuera de sí, intentó primero ensartar al miserable execrador con una alabarda; pero como con el simple gesto de empuje no lo consiguió, disparó entonces un arcabuz para atravesar el cuerpo de la víctima, ahora sí, de parte a parte. “¡Sanará!”, gritó entonces a la gente de la calle que miraba perpleja la escena.

La impresión causada por Bockelson en la población debió de ser tal, que cuando Matthys desapareció y él proclamó su deseo de erigirse de inmediato como responsable del gobierno de la ciudad, no encontró verdaderos impedimentos. Resulta casi imposible adivinar el método que tuvo que seguir para alcanzar un objetivo tan complejo en un espacio de tiempo tan reducido, pero el hecho es que la gente decidió creer a este extraño sastre que aseguraba haber visto el rostro de Dios, de haber escuchado su voz, y que prometía a los demás ser partícipes de lo mismo si seguían sus instrucciones. Y es así que la catedral fue por mandato suyo derruida, como casi todos campanarios de la ciudad; se nombró un nuevo consejo de ancianos que le bailaba el agua sin rechistar; se abolió el dinero (así como el derecho individual de poseer riquezas), pues todos tenían que vivir bajo las mismas condiciones; se prohibió cerrar las puertas de las casas; se instauró un régimen de racionamiento alimenticio, celebrándose muchas de las comidas comunitariamente; se quemaron en piras públicas todos los libros a excepción de los ejemplares existentes de la Biblia; se prohibieron el humor y las bromas bajo pena de castigos severísimos; se otorgó poderes a un verdugo de nombre Knipperdolling, quien, en compañía de cuatro camaradas, recorría las calles vigilante a la caza de transgresores a quienes asesinar ipso facto con su gran espada. Y lo más gravoso de todo, se dieron por anulados todos los matrimonios que había y se impuso desde entonces la poligamia. “Al goce carnal con muchas mujeres era contraria la comunidad de Münster –aseguró un predicador de entonces-. Pero el rey los convenció con las Escrituras y los obligó a hacerlo”.

Este sastre devenido en monarca absoluto – Rey de Sión, se hizo llamar- conformó sin ir más lejos un harén de dieciséis mujeres a las que alojó en un receptáculo conectado a sus aposentos por un pasadizo. También se rodeó de una esplendorosa corte compuesta de muchos sirvientes, mayordomos, camareros y dignatarios, que vestían en consonancia a su estatus y se movilizaban en lujosos caballos y carrozas. Mandó elaborar una gran corona a partir de oro incautado, y generalmente se hacía ver portando un gran cetro, llevando puesto un grueso collar del que pendía un globo terráqueo (todo ello hecho del mismo material precioso), y vistiendo una chaqueta escarlata bordada de plata. Su palacio, instalado en el antiguo edificio de Correos, constaba de una capilla privada y de un órgano con su organista; y en la mesa real no faltaron los manjares típicos de la región de Westfalia: el tocino, las salchichas, la cerveza densa y el pan negro. En cuanto al trono –que tampoco de ello quiso privarse-, este se hallaba en la propia plaza del mercado, el mismo lugar en el que se cavó la fosa común destinada a acoger los cadáveres de los centenares de personas ajusticiadas en aquellos meses.

Durante todo este tiempo, que duraría aproximadamente un año y medio, las tropas obispales sitiaron la ciudad condenando a sus habitantes a padecer hambre y a recurrir –tal y como registran varios testigos- a prácticas de antropofagia; pero no fue hasta momentos antes del asalto definitivo cuando las fuentes de la época nos desvelan que Bockelson aparentó estar preocupado, sentado en su trono con la cabeza en la mano abierta, “como si presintiera que le aguardaba un horrible final”.

Los hechos y acontecimientos que aquí hemos recogido son de esencial importancia en la historia de Alemania, pero también en la de todo el continente europeo, ya que de alguna manera pueden ser entendidos como la eclosión más abrupta y peligrosa que los cambios culturales del siglo XVI iban a sufrir en un futuro inmediato (el paso decisivo a la mentalidad individualista del Renacimiento, en un contexto de fragmentación religiosa irreversible, y de una forzada permanencia de aquella cosmogonía que se iba haciendo anticuada con respecto a los nuevos avances científicos y económicos). El escritor Friedrich Reck-Malleczewen, en su obra Historia de una demencia colectiva (1937), profundizó en la problemática personalidad de Bockelson y en los episodios de histeria que se produjeron en Münster bajo su yugo, estableciendo un paralelismo directo con la deriva que su país estaba tomando con el auge del nazismo (osadía esta que a la larga le costaría la vida). La traducción de este volumen al español (Reino de Redonda, 2018) permitirá ahora al público hispanoparlante acercarse a un texto fundamental que parece querer ahuyentar a la humanidad de la intemporalidad de la locura y la barbarie.