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LA ESPUMA DE LAS OLAS

El malestar en la cultura de Freud

 

Juan Postigo Juan Postigo
04/12/2018

En una carta fechada en 1897, Sigmund Freud aseguraba a su amigo Wilhelm Fliess lo siguiente: “El ser humano sacrifica, en aras de la más amplia comunidad humana, una parte de su libertad de incurrir en perversiones sexuales”. Era esta una frase que, de forma directa y precisa, resumía una idea que el autor austriaco había rumiado durante décadas sin llegarle a dar nunca una salida demasiado sólida. De hecho, no sería hasta el verano del año 1929 cuando, ya mayor y seriamente debilitado por una espantosa enfermedad, se decidiría a poner por escrito estas reflexiones (en su opinión extremadamente simples y por todos conocidas), las cuales por lo menos le proporcionarían, en el peor de los casos, alguna distracción en su dolencia. “Qué le voy a hacer –confesó a Lou Andreas-Salomé en otra carta-, no puedo fumar y jugar a los naipes todo el día, no tengo resistencia para caminar mucho, y la mayoría de las cosas que pueden leerse ya no me interesan. Escribo y paso el tiempo así agradablemente”.

    Generalmente se ha determinado que El malestar en la cultura (1930) es un ensayo que analiza, con sombría franqueza, los conflictos internos que subyacen en el ser humano ante los constantes intentos por dar salida a dos pulsiones naturales fundamentales: la sexualidad y la agresividad. Ambos estímulos, según Freud, no son exclusivos de una época, ni tampoco se habrían por qué tenido que diluir con el tiempo; es por ello que ya el hombre primigenio, mucho antes de asociarse en comunidades complejas y de lograr la construcción de estructuras civilizadas, se había preocupado también de satisfacer libremente, como lo haría un animal, sus instintos más primarios. La lucha encarnizada por el contacto sexual, la constante persecución de nuevas parejas y la obsesiva competencia que se interpondría entre unos individuos y otros en este sentido, habrían condicionado en buena medida las existencias de los primeros seres humanos, obcecados todavía, en épocas remotas, por olisquearse los recovecos del cuerpo. En la aldea prehistórica, el hombre y la mujer se movieron así pues conducidos por inclinaciones hedonistas, y lo hicieron además sin reparar demasiado en las necesidades o deseos ajenos; el “prójimo”, de hecho, no era visto únicamente como “un colaborador y un objeto sexual, sino también como un motivo de tentación para satisfacer en él la agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo”.

    Este salvaje escenario, tan similar al propuesto por Thomas Hobbes cuando aludía al “Bellum omnium contra omnes” (que popularizaría la máxima de que el hombre es un lobo para el hombre), sería absolutamente impensable en cualquier sociedad moderna, sería percibido como algo brusco y repugnante, y por lo tanto jamás podría soportarse; y la única razón de ello, según Freud, radicaba en la importancia de la cultura, que a grandes rasgos, distanciaría “nuestra vida de la de nuestros ancestros animales” por medio de las dos características para la que fue creada: la protección de los seres humanos contra la violencia de la Naturaleza, y la regulación de las relaciones de los hombres entre sí. A través de la cultura, cabría suponer que los individuos aprendieron a convivir con los azarosos arrebatos de la tierra, el mar y el aire, contuvieron la fuerza de los elementos y pusieron el suelo fértil a su servicio. La cultura les permitió asimismo fabricar objetos para protegerse y sobrevivir con garantías en entornos hostiles, los elevó por encima de sus expectativas y, en algunos casos, les permitió concebirse incluso como sujetos deificados. Con el desarrollo cultural, las sociedades alcanzaron unos niveles de refinamiento tales que en un momento dado les fue ya posible volver la vista hacia cuestiones secundarias, de forma que primero se les antojó vivir en entornos bellos o estéticamente aceptables, y después, se acabaron imponiendo nuevas necesidades, como el orden y la limpieza. Debe añadirse a este respecto que la cultura estuvo siempre –y lo sigue estando- sujeta a una evolución constante, y que por tanto lo que ayer fue considerado como adecuado o tolerable, ya no tendría por qué serlo hoy. Freud recuerda que frente a la casa natal del gran Shakespeare en Stratford había un estercolero, que los senderos del bosque de Viena estuvieron una vez repletos de papeluchos, y que el monarca francés Luis XIV, que se hizo llamar “Rey Sol”, se resistió a bañarse en su vida y que por lo tanto apestaba como una bestia. 

    De ningún modo parecería sensato en la actualidad renegar de algunas de las principales bondades de la cultura; lo más probable es que tampoco resultara fácil hacerlo. Sin embargo, y de acuerdo con la perspectiva adoptada por el ideólogo del psicoanálisis, la evolución en la que nos hemos visto envueltos con los siglos conllevaría irremediablemente y de manera paralela un progresivo alejamiento de nuestros impulsos sexuales primitivos y de nuestra natural tendencia agresiva; este hecho, para nada carente de significación, podría haber acabado repercutiendo además en el estado anímico general de nuestras sociedades, caracterizado quizás por la permanente insatisfacción individual y por la búsqueda constante de complacencias accesorias, materiales, que paradójicamente adoptarían a su vez la forma de nuevos productos culturales. “Nuestra llamada cultura llevaría gran parte de la culpa por la miseria que sufrimos –afirmaba Freud con contundencia-, y podríamos ser mucho más felices si la abandonásemos para retornar a condiciones de vida más primitivas”.