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CRÍTICA DE MÚSICA

El mirlo del Ebro y el águila del Guadalquivir

 

Santiago Auserón, durante su concierto del sábado, en el Centro Cívico Delicias. - LUS LORENTE / ARAGÓN MUSICAL

Javier Losilla Javier Losilla
11/03/2019

Si uno entrecierra los ojos mientras mira a Juan Perro sentado con su guitarra en mitad del escenario, ataviado con elegante traje oscuro rayado y un hermoso sombrero (No tocarte) bien podría caer en un trampantojo y estar viendo al mismísimo Robert Johnson e incluso al no menos elegante Skip James. Y si vistiese de guayabero, por momentos podríamos también estar delante del gran Sindo Garay. Es artista de muchos y sugerentes ladridos musicales este Juan Perro, heterónimo de Santiago Auserón, que el sábado, dentro del ciclo De la Raíz, cantó y habló en el Centro Cívico Delicias para solaz de paisanos, asombro de foráneos y regocijo de público en general. Compartió cartel, que no repertorio, con el singular guitarrista Raúl Cantizano, creador inquieto y argumento de peso para contrarrestar la tabarra de lo que he convenido en llamar «los gachós del apropiacionismo».

Ya quería despedirse el Perro Juan, tras los bises Aire y El viaje, y finalizar así un generoso concierto de 17 canciones, cuando el público, crecido como un río tras el deshielo, le obligó a volver a las tablas. Y, demonios, ¡qué vuelta! Agarró esa Semilla negra que tanto gozo nos proporcionó con Radio Futura, y la metió en cintura cubana improvisando a golpe de octosílabo como el mejor de los soneros, tiñéndola de la negritud del Caribe, haciendo de esa Semilla una Sevilla negra, pues ya nos advirtió el antropólogo cubano Fernando Ortiz de que «mucho antes que en América, en la Península Ibérica hubo millares de morenos y pardos, y allí resonaba la música africana cuando Colón no había nacido. El mismo don Cristóbal tuvo que oír música africana en Lisboa y Sevilla, y en la misma Guinea, antes de lanzarse mar traviesa hacia el poniente ignoto». Y por si ustedes querían más, ahí va, entre el folk y el blues, La estatua del jardín botánico. ¡Toma revisión!

Pero esa fue la despedida del concierto, ya digo. Atrás quedaban un puñado de piezas, directas en su desnudez y brillantes en su recreación, procedentes de El viaje y de grabaciones anteriores. De Los inadaptados a Río Negro, pasando por Ámbar, Pies en el barro, El forastero, El mirlo del pruno, A morir amores, Arenas del Duero, Agua de limón, Luz de mis huesos, Perla oscura... Solo ante el peligro, con repertorio similar al de su actuación de 2017 el Teatro de las Esquinas, Juan Perro, arrancó a su guitarra las notas ásperas del blues y las cadencias de la guaracha, y extrajo de su voz los lamentos del Mississippi y los cantos rurales y urbanos de Santiago y La Habana. Sonero solitario y bluesman de esquina, Juan Perro se mostró como el epítome de lo popular, pero también como la antítesis del pensamiento (sonoro) débil.

Súmese a la fuerza transculturada de las canciones los soliloquios (este Juan, como Berganza, es muy cervantino) con los que, con florido verbo e hilarantes historias, contextualiza los canciones y explica su estructura métrica. El mirlo, ese pájaro del que ya habló Aristóteles en el Libro de los animales, fue el sábado el gran recurso retórico de sus presentaciones. Como el ave, nuestro cantor destaca por la riqueza de su repertorio, sus variaciones melódicas y su capacidad de improvisación.

LÍMITES DE LA GUTARRA

La velada la abrió el guitarrista Raúl Cantizano, presentando su disco Guitar Surprise, mito y geología del canti y una pieza nueva, a quien acompañó en la segunda mitad de su concierto Darío del Moral (Pony Bravo), elemento clave en el álbum. Bien con la guitarra eléctrica, bien con la española, echando mano de la tecnología que le permita mayor capacidad de expresión, Cantizano explora los límites de instrumento y de los estilos musicales. A Raúl lo conocimos acompañando a Niño de Elche y nos atrapó.

En solitario también busca y encuentra territorios perturbadores que traspasen los bordes del flamenco y sus convenciones. Puede dar nuevos y cercanos bríos a los hallazgos de la guitarra infinita de Michael Brooks y poner al día la psicodelia honda de Smash, pero sobre todo trabaja desde el siglo XXI con ese material del que están hechos los sueños: la memoria de lo jondo como argumento de futuro, capa a capa, como buen geólogo. Sevillano él, Cantizano maneja las cuerdas con la precisión y la habilidad con las que el águila pescadora efectúa sus vuelos rasantes en las marismas del río Guadalquivir.