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Picasso, el joven de la margarita

 

‘Máscara de Picasso’ -

Chus Tudelilla Chus Tudelilla
14/07/2019

De su primer encuentro con Picasso en el pequeño taller que compartía con el escultor José Cardona en la calle Escudellers Blancs de Barcelona, en el año 1899, –en realidad una habitación que ambos habilitaron en el apartamento del hermano de Cardona–, Jaume Sabartés recordaba una obra pintada en Horta de Ebro que había sido expuesta en Madrid. Se trataba de Costumbres aragonesas, un cuadro que Picasso realizó en el patio de la masía de los Pallarés en Horta de Ebro, entre septiembre y diciembre de 1898. Lo presentó a la Exposición General de Bellas Artes de 1899. Medía 198 x 250 cm, se trataba de un patio de una casa de Aragón, que así lo describió Picasso en el registro de inscripción. Lo valoró en 2000 pesetas, cantidad correspondiente a la Tercera Medalla, que no consiguió. Picasso hubo de retirar la obra con el diploma que acreditaba una simple Mención de Honor.

Más allá del recuerdo de Sabartés, nada se sabe del cuadro sobre el que Picasso bien pudo pintar una nueva composición. Queda la caricatura que Xaudaró hizo para la revista Blanco y Negro (13 mayo 1899) en la sección dedicada a la exposición cómica. Al dibujo humorístico acompañaba el siguiente pie: «Con equidad y limpieza / y aseo y economía, / ¡Ay madre del alma mía! / Le cortaré la cabeza». Vamos a imaginar que se trata de una escena de matacía en el patio de una casa en Aragón. La investigación de Enrique García-Herráiz nos permite conocer estos y otros datos sobre la primera estancia de Pablo Picasso (Málaga, 1881-Mougins, 1973) en Horta de Ebro con su amigo Manuel Pallarés durante los meses de junio de 1898 y enero de 1899, para recuperarse de la escarlatina. Tenía el permiso del padre, siempre y cuando realizara una pintura con destino a la mencionada Exposición de Bellas Artes.

El último taller de Gargallo de París.

EL GITANILLO

Fue en agosto cuando Picasso se animó a recorrer los alrededores de Horta con Pallarés y quizás de un gitanillo, que le enseñó a conocer y sentir la naturaleza. «Por lo que se refiere a mi experiencia emocional más pura, ocurrió a la edad de 16 años, cuando viajé a las agrestes tierras españolas (Horta) para pintar», confesó Picasso a Apollinaire. Como ha analizado García-Herráiz, caben muchas interpretaciones, aunque parece claro que «experiencia emocional» trasciende el mero hecho de pintar al aire libre. Picasso vivió y atendió al ritmo de lo natural. En la montaña pintó Idilio que destruyó una tormenta. De aquella etapa se conservan varios cuadros de paisajes y de las calles de Horta; y dibujos de los habitantes de la zona.

También pintó y dibujó al enigmático gitanillo. En una hoja de su cuaderno de apuntes abocetó «Varios tipos aragoneses», en el que anotó: «¡Greco, Velázquez, INSPIRARME!», «QUERIDO, QUERIDO AMIGO». En enero de 1899 Picasso regresó a Barcelona, dispuesto a romper con todo. Sabartés recordó también que cuando se despidió de Picasso en aquel primer encuentro inició una reverencia, «turbado por la fuerza mágica que se desprendía de toda su persona».

'El joven de la margarita (el aragonés)'

EL OTRO PABLO

«El otro Pablo», así se conocía a Pablo Gargallo (Maella, 1881-Reus, 1934) en la tertulia de Els Quatre Gats de Barcelona, donde coincidieron escritores y artistas, entre ellos, los dos Pablos, Picasso y Gargallo. Ramón Chao escribió en Triunfo (1974): «El uno era ya Picasso, que ignoró siempre la duda y la modestia. Gargallo, en cambio, era tímido y sus preocupaciones por los problemas del arte se plasmaban en inseguridades, excesiva autocrítica y búsquedas continuas. Al insolente ‘yo no busco, encuentro’ del uno, respondía la incesante investigación del otro». Sin embargo, y en opinión de Rafael Benet, ambos artistas «no se contentaban nunca con la obra hecha ni con su espíritu sino que saben ponerse al servicio de nuevas modalidades estéticas, por ellos mismos establecidas o inventadas, con excelentes medios plásticos» (La Veu de Catalunya, 12 agosto 1924).

Gargallo viajó a París por vez primera en octubre de 1903. Entre sus objetivos, estudiar la obra de Rodin. A su regreso, en marzo de 1904, se instaló en el taller de la calle Comercio que durante su ausencia había ocupado Picasso. Por aquellos años, Ramón Reventós lo recuerda enamoradizo, alegre, algo salvaje, y un poco pretencioso. A Reventós lo retrató Gargallo en uno de los cuatro bajorrelieves que realizó en 1907 para la fachada del Teatro Bosque de Barcelona, junto a Picasso y Nonell, y a él mismo, ya sin la alegría de los años previos, consciente de la revolución estética a la que debía dar respuesta.

En abril de 1907 Picasso se estableció en París. Gargallo le hizo una visita en su taller en Bateau-Lavoir, que fue determinante. De aquel año data Pequeña máscara con mechón, pionera en el desarrollo internacional de la escultura no fundida y una de sus pocas obras en la que hay indicios de influencia africana, como han analizado diferentes especialistas, entre ellos Rafael Ordóñez. En 1909 nuevo y breve viaje a París. Tiempo de dudas e inquietud. En 1912 regresa a París, donde se empadrona en 1913. De este año es el Retrato de Picasso, en terracota, y la Máscara de Picasso variante en escayola, que fundirá en bronce. En 1919, obras de Picasso y Gargallo figuraron en la Exposición Hispano-Francesa de Bellas Artes, que tuvo lugar en la Lonja de Zaragoza. Por entonces Gargallo residía en Barcelona, adonde se había trasladado con su esposa Magali Tartason en 1914, al no poder alistarse para luchar en la primera guerra mundial.

A París regresó en 1924. De 1927 es la terracota El joven de la margarita (El aragonés), que así llamaban en casa a la escultura, decía Pierrette, la hija del artista. Gargallo modeló el cuerpo desnudo de su amigo, suavemente contorneado, con cachirulo en la cabeza y una margarita en la boca. Y a mí que me recuerda tanto al enigmático gitanillo que tanto enseñó a Picasso, origen de la figura del arlequín, alter ego del propio artista.

BLASCO FERRER

Eleuterio Blasco Ferrer (Foz-Calanda, 1907-Alcañiz, 1993) llegó a París en 1942. Sebastián Gasch, que iba con frecuencia al taller de Picasso en Grands-Augustins, donde pintó el Guernica, recordaba ver siempre a un «joven triste, lánguido, apagado. Se llamaba Eleuterio Blasco Ferrer y era el autor de unas pequeñas esculturas en hierro colocadas sobre un estante. Picasso las mostraba a todos los visitantes de su taller, acariciándolas con las manos» (Destino, 4 diciembre 1942). Blasco Ferrer contaba que Picasso lo recibió con afecto durante su primera visita al taller; le pidió que le mostrara fotografías de sus obras, y en otro encuentro le enseñó dibujos y algunas esculturas. Parece que a Picasso, a quien visitaba todos los jueves, le gustó especialmente Violinista. Además de presentarle a coleccionistas y procurarle ventas, le encargó un cántaro al estilo de Foz-Calanda.

Retrato de Picasso en la fachada del cine Bosque