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LA ESPUMA DE LAS OLAS

El puñetazo en la mesa de Mary Wollstonecraft

 

Juan Postigo Juan Postigo
11/05/2019

Echando un rápido vistazo sobre las más características obras pictóricas de la época del rococó, hay una cuestión que llama la atención sobre todas las demás: en buena medida, la figura femenina tiene en ellas un protagonismo muy destacable.

    El pintor francés François Boucher, recordado por haber retratado a Madame de Pompadour en diversas ocasiones, representó a las mujeres preferiblemente desnudas, mirándose en un espejo, dándose un baño en mitad de un bosque, o sencillamente recostándose en lujosos divanes (como ocurrió por ejemplo con el famoso retrato de Marie-Louise O´Murphy, amante de Luis XV, que en sí mismo es un auténtico hito del erotismo ilustrado). En el caso de Jean-Honoré Fragonard, sus gustos fueron bastante parecidos al de su compatriota, y tampoco escatimó en voluptuosidades –recuérdese a este respecto su Muchacha con perro-, si bien en su trayectoria abundaron sobre todo los paisajes galantes y las plasmaciones de mujeres absortas realizando actividades insustanciales. Por su parte, Jean Siméon Chardin quiso centrarse en las escenas domésticas, tal y como hicieran los holandeses del siglo anterior, poniendo la atención en la relajada educación que las madres daban a sus hijos conforme realizaban con serenidad las actividades domésticas; y el inglés William Hogarth expuso en su serie de seis pinturas El matrimonio a la moda (1745) las catastróficas consecuencias que podían seguir a los enlaces de conveniencia en la aristocracia dieciochesca, cuando la esposa, por los desmanes de su marido, no tenía otra opción que suicidarse.

    Por estas razones y otras muchas, no deja de ser cierto que, como algunas veces se ha apuntado, el siglo XVIII fue en cierta medida el siglo “de las mujeres”, aunque semejante aseveración merezca ir de todas formas acompañada inexcusablemente de un apéndice explicativo. El protagonismo que dentro del plano estético y literario pudo tener en aquella época todo lo relacionado con lo femenino, solo sirvió para enfatizar por una parte la fragilidad y el misterioso encanto sensual que este género inspiraba, y para subrayar por la otra la energía y el paternalismo que los hombres podían proyectar sobre sus silenciadas compañeras. El político británico Edmund Burke aseguró en uno de sus tratados -Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello (1756)- que mientras que la belleza era un rasgo estrechamente ligado a lo femenino, la fortaleza era sin embargo un monopolio del hombre; y el propio Rousseau en su obra Emilio (1762), al tratar sobre el tema de la educación, que tanto preocupó a los ilustrados, concluyó que las mujeres deberían instruirse con el único fin de dar satisfacción a sus parejas.

    No debe parecernos extraño que fuese precisamente en este contexto cuando ya empezasen a surgir algunas voces reivindicativas tendentes a fracturar aquel insostenible desequilibrio entre los dos sexos, por mucho que el término feminismo no viera la luz hasta finales del siglo XIX, y que por ello resulte hasta cierto punto anacrónico emplearlo aquí (si bien también hay que dejar claro que incluso antes de la Ilustración hubo mujeres que no se conformaron con la deplorable posición social que su nacimiento les había asignado, y que en consecuencia se atrevieron a exigir a viva voz un trato distinto).

    “Es tiempo de efectuar una revolución en el comportamiento de las mujeres, tiempo de restaurar su dignidad perdida y de hacerlas trabajar, como parte de la especie, para reformar el mundo con su propio cambio”. Estas palabras las escribió Mary Wollstonecraft en el libro más recordado y citado de todos los que llegara a escribir, la Vindicación de los derechos de la mujer (1792), un escrito que esta pensadora –ocasionalmente asociada a la figura de su marido William Godwin, importante precursor del anarquismo a quien debemos buena parte de los hechos biográficos de la autora londinense, así como a la de la hija que tuvieron juntos, Mary Shelley, futura autora de la novela Frankenstein- tuvo ocasión de lanzar al escenario caótico de la Francia revolucionaria para lograr de él unos resultados efectivos y practicables.

    Su fijación era que las mujeres pudieran estudiar como lo hacían los hombres. En diversas ocasiones había observado que el género femenino, de tener la oportunidad de acercarse al aprendizaje de las letras (cosa que, en principio, era extraña), lo que obtenía a lo sumo era una enseñanza fragmentaria y condicionada por las labores predilectas para las cuales toda joven estaba destinada. La clave para hallar una solución radicaba, por tanto, en la toma de acciones visibles; unas decisiones por necesidad enfrentadas a la marea de la costumbre: “Fortalezcamos la mente femenina ampliándola y concluirá la obediencia ciega. Pero, como el poder persigue la obediencia ciega, los tiranos y los libertinos están en lo cierto cuando tratan de mantener a la mujer en la oscuridad, porque los primeros solo desean esclavos, y los últimos un juguete”.

    Una de las hipótesis más interesantes que encontramos en el tratado de Wollstonecraft tiene que ver con el carácter superficial que mostraban las mujeres de su tiempo debido precisamente a esa falta de educación juvenil. Según la autora, aquella superficialidad era a su vez interpretada por la mayoría de los hombres como una palmaria escasez de capacidad intelectual, y acababa además sirviendo como “seña de identidad” para muchas mujeres que asumían, y aún disfrutaban, aquel rol servil caracterizado por la muestra de un “afecto gatuno” hacia los hombres, por la preocupación excesiva en su aspecto físico, y por su desmesurada proyección de los sentimientos ante casi cualquier situación de la vida. “Una vez conocí a una débil mujer elegante –escribía Wollstonecraft- que se enorgullecía de forma especial por su delicadeza y sensibilidad […] He visto a este ser débil y sofisticado descuidar todas las obligaciones de la vida, reclinarse con autocomplacencia en un sofá y enorgullecerse de los antojos de su apetito como una prueba de delicadeza”.

    Quizás de este volumen al que nos referimos sean recordadas las réplicas constantes a las posturas de Rousseau en relación a sus opiniones antes mencionadas; sin embargo, parece importante asimismo recordar el comentario que la escritora dedicó al trabajo del físico escocés John Gregory, A Father´s Legacy to his Daughters (1774), que recomendaba encarecidamente a todas las muchachas cultivar su inclinación hacia los vestidos, ya que era esa y no otra la esencia natural que movía sus instintos. De hecho, aquí la conclusión a este respecto no podía ser más tajante: “Como desde la infancia se le enseña [a la mujer] que la belleza es el centro de la mujer, la mente se ajusta al cuerpo y, deambulando por su jaula dorada, solo busca adorar su prisión”. Decía Mary Wollstonecraft que las mujeres no deberían dedicar sus pensamientos a los hombres, que jamás deberían depender económicamente de sus maridos, que habría que dejar que estudiasen Ciencia, Arte e Historia como hacían los varones (en centros mixtos), y que en pos de lograr su verdadera independencia, habrían de poder encontrar su hueco en el mercado laboral y dedicarse a la política si así lo deseaban. Wollstonecraft, que había viajado no solo por Francia, sino también por la península Ibérica, por Irlanda, por Suecia, Noruega y Dinamarca, conoció bien las costumbres de su tiempo, y debido a las experiencias personales que llegó a cosechar, desafió los límites morales imperantes y luchó por sacar al género femenino de su letargo milenario. “Qué puede ser un espectáculo más melancólico para una mente reflexiva que examinar los numerosos carruajes que conducen sin orden ni concierto por esta metrópoli, de mañana, a una multitud de criaturas pálidas que están huyendo de sí mismas”.