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Ramón, con traje azul, en Zaragoza y Huesca

 

Chus Tudelilla Chus Tudelilla
17/03/2019

«Desde la fundación de Pombo tengo por contertulio a Goya, y si elegí el recóndito café, fue porque allí se podía haber sentado el atisbador genial. Claro que también senté al maestro a nuestro lado porque no había de oír nuestras invenciones y disputas, dado que era el maestro más cómodo, el maestro sordo». Así comienza el prólogo de la monografía que Ramón Gómez de la Serna escribió sobre Goya (La Nave, 1928). A continuación, el autor quiso manifestar su fervor más sincero, más allá de los actos organizados en el primer centenario de la muerte de Goya. Entre otras peregrinaciones, Ramón menciona la que se celebró en San Antonio de la Florida con ocasión del último enterramiento del artista. «La caja, pequeña –¡lo que menguan los grandes hombres!–, llevaba embalados unos huesecillos astillados, como si en el viaje se hubiese roto el regalo».

Nada dice en su libro de los días que pasó en Zaragoza y en Huesca, en mayo de 1927, con motivo de la invitación que la Junta del Centenario de Goya en Zaragoza le cursó para intervenir en el ciclo de conferencias. Pese al interés de la Junta por atraer a personalidades de fuera de Aragón, solo aceptaron venir Ramón Gómez de la Serna y Margarita Nelken, cuyos escritos dan testimonio de la atención temprana que ambos dedicaron a Goya. Sin pasar por alto que, en aquel momento, Ramón estaba ultimando la redacción de su monografía dedicada a Goya por lo que, entre las razones que pudieron animarle al viaje, estaría conocer algunos de los lugares y de las obras de Goya en Aragón. Según algunas fuentes, el 3 de mayo de 1927 visitó Aula Dei y el día 5 Marín Sancho y Martín Durbán le acompañaron a Fuendetodos. La prensa local se hizo eco de su presencia en la ciudad el miércoles, 4 de mayo, fecha de su conferencia en el Mercantil: Goya y la ribera del Manzanares, que la Junta publicó al año siguiente.

LAS CONFERENCIAS


Admirador de Ramón Gómez de la Serna, se declaró J.L.G. en el artículo que presentó al escritor en Heraldo de Aragón el 4 de mayo. Esperaba encontrarse una máquina de hacer greguerías de la que brotan las metáforas desconcertantes y sutiles pero Ramón se expresó en tono muy corriente; creía que iba a toparse con un hombre vestido de colores vivos y hechura atrabiliaria y se encontró con un señor con traje azul marino y corbata discreta. Eso sí, un hombre que, pese a la naturalidad de su indumentaria, poseía un aspecto originalísimo y romántico, de torero antiguo o revolucionario.

Ramón Gómez de la Serna.

Y aunque era la primera vez que estaba en Zaragoza, Ramón la reconoció como siempre la había visto en los cuadros de Velázquez en el Prado. «Ciudad de gran río, de gran puente, de grandes torres, de monumentos eternos, inmutables... Se figuraba la ciudad tal como es». En la entrevista, algo avanzó Ramón de la conferencia que daría esa tarde en el Mercantil, a las 19 horas. Hay quien afirma que Ramón se vistió como el autorretrato de Goya en los Caprichos. Nada se dice en la prensa; que sí informó de la destacada presencia institucional en el acto: alcalde, varios miembros de la Junta y un canónigo. El archivero municipal Manuel Abizanda se encargó de presentar al conferenciante, a quien no pudo pasar por alto el carácter oficial de la convocatoria, por lo que quizás se abstuvo de solicitar, como en él era habitual, que cubrieran la mesa con el tapete que ocultaba el momento en que se le caían los pantalones.

En su charla, nada desenfadada, por lo que parece, Ramón quiso destacar la importancia de Goya en Madrid, su influencia decisiva en el arte de su época... Se detuvo en la experiencia vital del artista en la Quinta del Sordo, a orillas del Manzanares, donde pintó la imagen de la España negra. Y en el viaje definitivo a Burdeos. A los del diario El Noticiero no les gustó la despreocupación habitual del escritor, que dijo cosas y cosas en torno al tema enunciado, durante una conferencia breve que el público aplaudió cortésmente.
Desde Huesca Ramón Gómez de la Serna recibió la invitación de Ramón Acín –viejo amigo de los tiempos de Madrid, que le había cedido su torreón de la calle Velázquez, nº 4– para repetir la conferencia en el Teatro Odeón, el sábado 7 de mayo, a las 20 horas, que organizaría la Sociedad Oscense de Cultura. Para la ocasión, Acín realizó el cartel que la anunciaba con un diseño ultraísta en tinta roja que sorprendió al público oscense. El Diario de Huesca informó que Ramón Acín presentaría a Ramón Gómez de la Serna, una ocasión estupenda para, de paso, explicar «su cartel cubista». Sobre Ramón conferenciante el periódico incluyó algunas de sus ideas: «Hay que variar el sentido de la conferencia. Comprendo la conferencia dramática, desesperada, o aquella en que se ve el fondo vertiginoso de la ciencia o establece el troquel de un género. La conferencia mediocre, en que se va a hablar de cosas vagas, soporíferas y un poco sabidas, no la comprendo. [...] Como conferenciante quiero inventar la conferencia seria, sentida y disparatada. Nada de la conferencia graciosa o discreteadora».

‘La pradera de San Isidro’, de Francisco de Goya.

Y llegó el día. Las crónicas dicen que llovió mucho pero que el público llenó la sala y se fue contento. «El pintor cubista, nuestro conciudadano Ramón Acín, hizo la presentación del conferenciante en charla amena y humorística, y explicó en los mismos términos y valiéndose de una pizarra donde fue copiando el anuncio de la conferencia, el alcance y significación que en las modernas corrientes del acto tiene la figura preeminente de Gómez de la Serna». Nada que ver con la presentación en Zaragoza. Sobre el contenido de la conferencia, les fue complicado resumirla pero leemos que gustó mucho la referencia a Ramón de la Cruz, cuyo padre era de Canfranc, o la importancia del Manzanares para Goya que les animaba a atender a sus ríos.

El número correspondiente a abril de 1928 de la revista Aragón se dedicó a Goya. Manuel Marín Sancho solicitó la colaboración de Ramón Gómez de la Serna que envió el artículo Los Caprichos. En sus Caprichos, escribió, Goya se liberó respirando al fin de las obras de encargo. «Ser libre y después morir, dice su corazón de español arrebatado. Sus Caprichos son periodismo, comentario y amenidad, contraste de lo real con lo imaginado, flotante sátira fácil de reproducir escrito ya el pie de la publicidad, el pie periodístico corretón, sobreentendido, trazado con letras veloces. [...] Goya sentía el respiro de ese escapar a las pesadillas, pero aún sentía detrás el zurrón lleno de negruras».