+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario El Periódico de Aragón:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
   
 
 

pasaba por aquí

¡Escándalo!

 

Retrato de Bach por Elias Gottlob Haussmann, en 1746 -

Ofendiditos y mojigatos los ha habido siempre. Siempre. Uno es capaz de imaginarse al artista que estaba ahí en el Paleolítico dándole forma al bisonte de las cuevas de Altamira, con el cuello torcido de mirar al techo y pringado hasta las orejas de pigmentos rojos, mientras un homo cuñadensis le gritaba al oído que aquello ni era arte ni nada, que hasta su abuelo el autralopiteco manco lo podía hacer mejor. Y encima... ¡Bisontes! ¡Jabalíes! ¡Ciervos! "¡Esto ni es tradición ni es nada, aquí siempre hemos sido más de mamuts", le diría, secundado por otros de la tribu, con ceño fruncido -lo cual, al ser todos por aquella época unicejos, daría mucha más impresión que en la actualidad, sin duda-.

Varias eras después, la cosa ha evolucionado mucho menos de lo que creemos. Incluso, si echamos la moviola de la Historia hacia atrás y nos vamos a los albores del siglo XVIII, tenemos un caso digno de figurar con letras de oro en los anales de la Ofensa™. Según cuenta el filósofo Byung-Chul Han en su ensayo Buen entretenimiento, el Viernes Santo de 1727 se lío bastante parda en Leipzing, Alemania. ¿Pintadas contra el burgomaestre? ¿Pasquines contra algún pastor luterano, acaso? Nada de eso. En esa fatídica fecha se estrenó la Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach. Cuando la composición comenzó a sonar en la Iglesia de Santo Tomás, aquello se fue de madre:

"Altos dignatarios y damas de la nobleza" se miraban unos a otros y decían: "¿Qué significa esto?". Una viuda devota gritó horrorizada: "¡Qué Dios os guarde, hijos míos! ¡Parece que estemos asistiendo a una ópera o una comedia!"

Para Bach aquel escándalo no fue una broma: la concejalía le rebajó el sueldo por incumplimiento del contrato como "cantor" de la Iglesia de Santo Tomás, según el cual "para conservar el buen orden de las iglesias habrá que ejecutar la música de tal modo que no dure demasiado, y también habrá de estar compuesta de tal modo que no resulte demasiado operística, sino que más bien anime a los oyentes a la devoción", según recoge Byung-Chul Han. Así pues, el problema para los pietistas luteranos no era la música, sino aquella música que despistaba de lo importante.

Aquel oratorio le costó a Bach algo más que parte de su jornal. Durante casi un siglo, la figura y la música del compositor cayeron en el más absoluto olvido. Según cuenta el libro Els homes clàssics, de Albert Galcerán y Pedro Pardo- citado en el suplemento Culturas de La Vanguardia-, hoy no se hablaría de ni se escucharía a Bach si no fuera porque el carnicero al que fue a comprar la madre del compositor Felix Mendelssohn tuvo a bien envolverle un señor filete en un viejo papel con garabatos, que resultó ser la partitura de la Pasión. Tras un siglo sin interpretarse, y luego de descifrar las notas bajo la capa de mugre, la composición se reestrenó en 1829 en Berlín, con gran éxito. El resto, como dirían los cursis, es historia...

La Pasión según San Mateo es considerada desde entonces una pieza magna de la música sacra. Y lo que le pasó a Bach les ocurrió en el siglo XX a The Beatles, The Rolling Stones y demás ídolos de masas a los que los padres quisieron ver lejos de las mentes de sus hijas e hijos. Hoy, hay quien los califica como la "música clásica" de nuestra época. La moraleja es que, en cuanto a escándalos y ofensas, todo es relativo. Sin ir más lejos, otro ejemplo musical: por Internet circulan versiones para bebés del Anarchy in the UK de los Sex Pistols, y habrá quien hasta se la ponga de fondo a su criaturita para acunarla.

Ante los epígonos de la Ofensa™, armarse de paciencia es necesario, pero no suficiente. Porque, con su facilidad para el escándalo, no solo marcan su terreno en cuanto a lo que es aceptable o no, sino que pretenden establecer nuestros límites. Así, dice Byung-Chun Han, lo considerado como "buen entretenimiento" es, en una sociedad que equipara realidad con entretenimiento, "qué es idóneo para entrar a formar parte del mundo y qué no, es más, qué es en general". Si por las mentes biempensantes del Leipzing del s. XVIII fuera, Bach seguiría en la basura.