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El Chulucu

El último abrazo

 

Íñigo Íñiguez Íñigo Íñiguez
17/04/2019

Sabía que era el último día. No sé por qué, los tipos como él siempre saben esas cosas. No es porque estuviera viejo y enfermo. No. Simplemente lo sabía. Por eso, en un signo de debilidad –quizás el único de su vida- pensaba usar sus escasas fuerzas para arrancar del último abrazo, la dulce alegría de la juventud.

 Y es que Paula, su nieta de siete años, en cada una de sus visitas, había dejado flotando en el cuarto miríadas de palabras mágicas que, unidas a los jubilosos ecos de sus risas, habían conseguido dulcificar el alma del anciano alejando de ella cualquier atisbo de rencor, o de culpa, o incluso de angustia. Pero la alegría se extendía a borbotones por toda la habitación y muchas veces, hubo que abrir puertas y ventanas porque los muebles, las cortinas y las alfombras querían bailar sus danzas de la felicidad en la mullida hierba del jardín.

 Por eso aquel día, cuando Paula le dio el último abrazo, y ninguno de los dos lloró por la circunstancia, la vieja colcha de lino se deslizó hacia un lado de la cama y los flecos cayeron abatidos como dolorosas lágrimas e inundaron las cálidas alfombras. Y Paula, no se atrevió a mirar hacia atrás.

 Cuando la enfermera regresó, el abuelo ya había muerto. Todos los que lo vieron se preguntaban por qué sonreía.

 

 

 

 

 

 

 

 

   
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