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LA ESPUMA DE LAS OLAS

Los últimos momentos de Masaniello, el vendedor de pescado napolitano

 

Juan Postigo Juan Postigo
29/01/2019

La gran insurrección de Nápoles de los años 1647-1648 comenzó durante el transcurso de una mañana de mercado, cuando un grupo de jóvenes enardecidos empezaron a pisotear los higos expuestos por los hortelanos en sus tenderetes de la plaza y los lanzaron después contra unos recaudadores de impuestos que allí anunciaban la implantación de un nuevo impuesto sobre la fruta –la gabela-, cuyo pago afectaría sobre todo a los más pobres.

La pequeña compañía de rebeldes que inició la revuelta estaba capitaneada por un carismático vendedor de pescado de veinte años, Tommaso de Amalfi, a quien la gente conocía con el apodo de Masaniello; era entonces este un personaje anónimo, un individuo expuesto como muchos otros en aquella ciudad a las clásicas fatalidades que por lo general padecía la gente común. Su mujer, Bernardina Pisa, solía prostituirse siempre que le hiciera falta algo de dinero, y recientemente además había sido víctima de una prolongada humillación tras haber sido descubierta por unos agentes con un cargamento ilegal de alimentos. Masaniello, con todo, no era un simple personaje marginal, un desarraigado; disponía de trabajo, familia y redes de proximidad. Era conocido en su mundo. Tanto que, durante el fragor de aquel 7 de julio, una reducida patrulla improvisada de adolescentes se le unió casi como por instinto, bastones en mano, hasta el instante en que se consiguió expulsar a los odiados recaudadores de la ciudad, que huyeron por mar a bordo de una barca.

Los historiadores subrayan con insistencia que la revolución napolitana, si bien se generó con un brote protagonizado por las masas populares, tuvo en cambio un componente socialmente transversal, contando con la implicación directa de integrantes procedentes de toda la infraestructura. La propia metrópolis italiana, que junto con París y Londres era la más poblada de Europa, ofrecía a la vista un sinfín de denigrantes desigualdades materiales, en los últimos tiempos acuciadas incluso por la necesidad de España, que gobernaba Nápoles desde principios del siglo XVI y que en los últimos tiempos la había utilizado indiscriminadamente para sufragar los gastos de sus guerras y de las iniciativas secesionistas en sus territorios peninsulares. Así pues, y a pesar de que por una parte algunos viajeros como el conde de Módena aseguraban que Nápoles “supera a todas las demás en grandeza, como asimismo en belleza”, y de que a decir verdad aquella urbe rebosaba en construcciones ilustres de estilo Barroco pensadas para acoger a la elite virreinal (tan dada al mecenazgo, al establecimiento de relaciones con círculos académicos, y a la compraventa de obras artísticas), de forma paralela sus variopintos barrios no podían alimentar a todas las personas extranjeras que día a día llegaban engañadas por las falsas noticias de prosperidad. “La mayor parte de los mendigos no tienen casa, buscan un refugio nocturno en alguna covacha, establo o casa en ruinas, o bien en algún cuchitril igualmente mísero, con una linterna y un poco de paja como único ajuar”.

Es muy ilustrativo a este respecto que para llevar a cabo sus demandas frente a los abusos de las imposiciones sobre el pueblo, Masaniello entablase relaciones con un inteligente abogado dotado de un turbio pasado de sedición a sus espaldas, Giulio Genoino, quien ha sido tenido por el auténtico “cerebro” de las futuras operaciones. Un cronista de la época aseguraba que varios testigos habían visto a estos dos hombres reunidos días antes del estallido de la revuelta en la capilla de los jesuitas de la iglesia del Carmen. No es por tanto ilógico que detrás de las decisiones del nuevo líder popular –un tosco vendedor de pescado al fin y al cabo- se encontrasen las indicaciones de aquel viejo instigador de tumultos. Tal vez por esa razón la radicalización de Masaniello se produjese tan rápido. Por la mañana salía a la puerta de su casa, junto a la plaza del Mercato, y allí se juntaba con su gente, con quienes elaboraba la lista de las casas que tenían que ser quemadas. El mismo 7 de julio, el hermano de Masaniello, Giovanni, fue enviado a la oficina de la alcabala de la harina para incendiarla, y después de ese edificio muchos otros fueron destruidos de igual forma. Las ejecuciones públicas fueron también constantes, y se celebraron sin juicio previo en la misma plaza, en un tovalato donde estaba la horca y trabajaba el verdugo. Los más allegados del líder eran los llamados lazzari, unos jóvenes sin trabajo o empleados en oficios humildes sobradamente preparados para cometer los más cruentos crímenes y tropelías. La compañía de lazzari más temible estuvo capitaneada por Scipione GinnattasioPione-, un chico de dieciséis años semidesnudo y armado con un gancho de hierro clavado en la punta de un chuzo de dos metros.

La participación de niños en los actos violentos se hizo normal. Hay testimonios que aseguran que algunos de ellos llegaron a derrotar a soldados sin la necesidad de llevar armas -“Se les vio mojar su pan en la sangre de algunos españoles que habían matado y luego comerlo”-; y la implicación de las mujeres en los momentos más duros de la revolución fue igualmente activa. Caminaban por las calles pertrechadas con objetos punzantes, tanto solas como en grupo, y al menos hay noticia de la existencia de una compañía femenina “rústicamente armada con palos, podaderas, espadas desnudas, si bien algunas disponían de trabucos, escopetas y también de gritos”. La revuelta se extendió a las doce provincias del reino, a Calabria, los Abruzos, la Tierra de Otranto, la Basilicata, Apulia y Campania. De unas imprentas y de otras salieron pronto publicaciones detalladas sobre el acontecimiento; la gente coreaba lemas por las calles, escribía carteles propagandísticos y mensajes en los muros, se chillaba sin cesar, había anuncios orales de pregoneros y discursos pronunciados por nuevos personajes que aparecían súbitamente. La frase más repetida fue “Viva il Re di Spagna e mora il mal governo”.

Ante semejante desencadenamiento de violencia, el duque de Arcos, virrey de Nápoles, se reunió con Masaniello el 11 de julio. Seguramente impresionado por la imagen de la autoridad, la reacción de este al ver delante suyo al gobernador fue la de arrodillarse a sus pies, a lo que el virrey gritó por su parte al pescadero en señal de consideración y respeto: “¡Libertador!”. La situación pareció mejorar sensiblemente a partir de entonces. Algunas importantes concesiones fueron otorgadas al pueblo a cambio de que se relajasen los ánimos, hubo una celebración religiosa que selló una tregua aparente, y ya el 13 de julio, algunas importantes calles fueron engalanadas con retratos de Felipe IV y de Carlos V. Aquella especie de reconciliación llegó al extremo de que, tras un acto celebrado en el centro de la urbe, el mismo virrey acompañó a Masaniello hasta la puerta de su casa y le invitó a una comida dominical que estaba organizando en su palacio.

Los comportamientos delirantes de Masaniello que tanto llegaron a impresionar a los historiadores de la época tuvieron lugar en estos precisos instantes, cuando el joven revolucionario comprobó que su poder era verdadero y que se le llegaba a reconocer incluso en las instituciones oficiales. En multitud de ocasiones se especuló con la posibilidad de que durante aquel cordial encuentro en la residencia del virrey, el líder popular pudiese haber sido envenenado; así se explicarían al menos sus acciones inmediatas, que forzaron el final trágico que se conoce. Así pues, el 15 de julio Masaniello anunció sus intenciones de hacer derribar las viviendas que circundaban la suya para poder así construirse un gran palacio. También cambió su atuendo –tradicionalmente representado con prendas anchas y sencillas y un puntiagudo gorro rojo- y pasó a vestirse con un rico traje dorado. Al día siguiente, ante las señales de rechazo que ya percibía de los suyos, Masaniello acudió por la tarde a la iglesia de Santa María del Carmine y no dudó en subir al púlpito para dar desde allí un discurso que nadie entendió. Fue precisamente entonces, al terminar su arenga, cuando algunos de sus seguidores lo mataron, despedazaron su cuerpo y arrastraron lo que quedaba de él por la tierra.

La revuelta encabezada por Masaniello duró apenas diez días, pero ese no fue ni mucho menos el final de la insurrección napolitana, que se alargaría durante nueve meses más. En ese tiempo, tanto la gran ciudad como sus alrededores del Mezzogiorno serían escenario de acontecimientos revolucionarios de gran magnitud: para luchar contra las tropas virreinales se llegaron a elaborar trincheras callejeras; hubo un movimiento estudiantil que tomó las armas; e incluso se tramó una auténtica sublevación de mendigos formada por más de setecientas personas jorobadas, tuertas y mancas. Finalmente, nuevos líderes se hicieron cargo de la situación y se llegó a proclamar temporalmente una singular república que teóricamente quería parecerse a la veneciana. Nada de eso, en cambio, ha logrado acaparar a lo largo de los siglos la atención que merecen las acciones desesperadas de los días de liderazgo de Masaniello.