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¡Vaya con Maya!

 

"Todo lo que quiero es llevarme vuestro dinero". En 2009, la rapera M.I.A lo petaba con el pegadizo estribillo de Paper Planes. La canción, que sonaba en la banda sonora de la multipremiada película Slumdog Millionare, parodiaba la visión que en los países ricos se tiene de los inmigrantes y refugiados, como gente que solo quiere "BANG BANG BANG BANG" y "K-CHING" -la onomatopeya en inglés para el sonido de una caja registradora-. En la cresta de la ola, M.I.A. llegó a estar nominada en los Oscar a mejor canción y en los Grammy a mejor grabación. Su actuación en la gala de estos últimos, a solo unos días de dar a luz a su hijo, fue de lo más sonada. ¿Qué ha sido de M.I.A. desde entonces?

En 2018 se estrenó el documental -disponible en España a través de la plataforma Filmin- Matangi / Maya / M.I.A., una cinta que responde en buena medida a esta pregunta. En la historia personal de la cantante está sellado su destino como artista. "Hay quien tiene un padre fontanero, abogado, agente de bolsa... Mi padre fue el fundador de un grupo terrorista". Vaya, esa no es la típica infancia de una niña londinense en los años 90. Matangi «Maya» Arulpragasam es hija de Arul Pragasam, un activista de la minoría étnica tamil de Sri Lanka -la isla conocida como Ceilán antes de la descolonización-. Cuando la niña tenía apenas seis meses, el progenitor decidió volver a casa, tomar Arular como nombre de guerra y fundar una organización política estudiantil afiliada a los Tigres Tamiles, un grupo separatista enfrentado a la mayoría cingalesa en el gobierno y que, tras reivindicar varios sangrientos atentados, fue incluido en la lista de organizaciones terroristas de Estados Unidos y la Unión Europea.

En plena guerra civil, y con Arular en el punto de mira, la pequeña Maya creció siempre a la huida. Cuando la niña cumplió 11 años, su madre decidió que aquello no era vida y regresó con la prole a Londres, donde fueron reconocidos como refugiados. Con este bagaje, no es de extrañar que al llegar a la adolescencia Maya fuera un tanto rebelde, abrazara su doble condición de refugiada y humilde, y encaminara sus pasos hacia el audiovisual, primero, y luego hacia la música.

La industria del entretenimiento bienpensante veía en M.I.A. una sana cuota de transgresión y rollo "multiculti". Se convirtió en la chica de moda. Pero M.I.A. venía de donde venía, y no lo ocultaba. Los focos estaban sobre ella en 2009, justo cuando el gobierno cingalés libraba la ofensiva final para acabar con los Tigres Tamiles, una acción militar que afectó a la población civil y llenó de brutales imágenes las pantallas del mundo. ¿Qué iba a hacer Maya ante esto? Tomar la palabra y denunciar la opresión contra los tamiles, su pueblo. Era pura lógica, por su trayectoria vital e ideológica.

Los medios, bien la silenciaron, bien se escandalizaron, bien se rieron de ella. Maya contestó con música e imagen. Grabó el videoclip Born Free, en el que se representaba irónicamente un exterminio de pelirrojos mientras sonaba de fondo el estribillo "I was born free, born free" -"Yo nací libre, nací libre"-. M.I.A. estaba cruzando líneas rojas, así que la atacaron donde más duele, en su orgullo de clase: si tanto le preocupaban los pobres y el genocidio tamil, ¿qué hacía viviendo como una rica, junto a su pareja de entonces, el heredero de la destilería Seagram's?

Vaya con Maya. De heroína a villana. Pero la otrora chica mala Madonna se acuerda de ella y descuelga el teléfono para pedirle que le haga de animadora y corista en su actuación en la Super Bowl de 2012. M.I.A. tiene que cantar la estrofa "Give Me All Your Luvin", pero decide sustituirla sobre la marcha por "I don't give a shit" ("Yo no doy una mierda") y rematar la acción alzando el dedo corazón. "Holi, caris" ante 114 millones de espectadores.

Matangi / Maya / M.I.A. es amable con la artista desde el mismo momento en que está narrado desde su arrollador punto de vista. Esta falta de objetividad no resta impacto al documental, en la medida en que más allá de la hagiografía hay un potente mensaje de fondo. En el mundo del espectáculo, al igual que en la política, "el que se mueve no sale en la foto" -Alfonso Guerra dixit-. La provocación y la reivindicación, en su justa medida. Se puede tener opinión -se puede estar incluso equivocada-, pero no salirse del surco. Aquí estamos a lo que estamos: K-CHING.