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MUJER Y DEPORTE

A la conquista de Tokio

Cristina Espejo tiene como meta ser la novena representante de Monzón en acudir a la gran cita de los Juegos. Tiene 25 años, ha sido campeona de España de cross y de 3.000 'indoor' y hace cuatro emigró a León para preparar el ciclo olímpico

 

Cristina Espejo corre por delante de la catedral de León, ciudad en la que reside. - SERVICIO ESPECIAL

R. MARTÍ
16/05/2020

Cristina Espejo tiene muy claro que quiere ser la novena deportista montisonense, entre hombres y mujeres, y el quinto atleta tras Javier Moracho, Álvaro Burrell, Eliseo Martín y Javier Gazol en competir en unos Juegos Olímpicos. Por eso tomó hace cuatro años una decisión muy importante en su vida. Dejó Aragón, donde se entrenaba a distancia desde Zaragoza con Fernando García, y se fue a vivir a León a las órdenes del técnico José Enrique Villacorta.

Fueron unos momentos muy duros para la atleta por aquel entonces del Hinaco Monzón. La mediofondista tomó una dolorosa decisión: cortar su relación deportiva con Fernando García. «Llevaba estudiando Veterinaria en Zaragoza cuatro años y era complicado entrenar con Fondi a distancia. Entrenar sola rodajes y hacer series se hace muy duro y eso no se sabe desde Monzón. Fondi no vivía y no entendía las condiciones en las que estaba», explica.

Pero la mediofondista, de 25 años, supo sacar lo mejor de sí misma y se sorprendió de su capacidad de resiliencia. «Estuve un tiempo mala al no gestionar bien la situación. Perdí kilos por una anorexia nerviosa y la situación fue crítica». Entonces se apoyó en unos cuantos amigos. «Me acompañaban en los entrenamientos Toni Abadía y Carlos Mayo y tengo mucho que agradecer a Pepe Mareca». Era enero del 2016. A Espejo le esperaban los Nacionales promesa indoor y, sobre todo, el Campeonato de España de Cross en Calatayud, prueba que nunca había ganado. «Era mi oportunidad de ganar este campeonato y por eso puse todo mi empeño». Entonces sucedió lo imposible. Entrenándose sola sacó lo mejor de sí misma y se llevó un oro y una plata en el Nacional bajo techo. Pero lo mejor estaba por llegar. El tan ansiado oro en Calatayud. «La historia tuvo un final feliz y todavía tengo en mi retina la felicidad de mis padres en la meta», recuerda. De bien nacida es ser agradecida y Espejo es consciente de que mucha parte de su éxito se debe a Fondi. «Llevaba con él seis años y todo el mérito de esas medallas se debe a él. A la prensa le dije que el título no sólo era mío y se lo debía a Fondi por tantos años respaldándome», asegura.

Pocas semanas después de su éxito cogió el petate y se fue a León para entrenar en el Centro de Alto Rendimiento. «Quería preparar un ciclo olímpico y barajé la opción de Villacorta. El tándem fue perfecto». Espejo decidió priorizar el deporte y dejó aparcados los estudios de Veterinaria. La trayectoria de Espejo desde su estancia en León ha sido una montaña rusa a causa de las lesiones. Su punto álgido fue el oro del Nacional bajo techo el invierno del 2019 en los 3.000 lisos. La oscense tiró de principio a fin. «Era mi última oportunidad para hacer la mínima para el Europeo de Glasgow y no sabía si ir a por el oro o a por la marca». Tenía una rival muy dura en Celia Antón. «Salí como una loca a ritmo de mínima. Nadie está acostumbrado a ver este tipo de pruebas. A 150 metros del final Antón me pasó. Pero saqué mi espíritu de mediofondista y me llevé el oro». Después remató el invierno compitiendo en el Europeo indoor y el Mundial de Cross en Aarhus. Luego le volvieron a visitar las lesiones.

Este invierno uno de sus objetivos era el Campeonato de España de Cross en Zaragoza. Era la capitana del equipo aragonés. «Tuve miedo a arriesgar y no competí en pista cubierta de cara a los Juegos. Pero me encabezoné con el Nacional de Cross». En el circuito de Plaza arriesgó y salió con el grupo de cabeza. Pero se tuvo que retirar en la segunda vuelta. «Contaba con que era una posibilidad cierta. En pista voy bien. Pero la combinación de cuestas y clavos es lo peor para mí. Entonces me paré», explica.

Empezaba una lucha contrarreloj cuya meta era Tokio. La montisonense estaba entre pinzas. «Llevo mucho tiempo resintiéndome del glúteo cuando hago velocidad. No es un dolor, pero sentada me molesta. La idea era hacer marca en abril en el 5.000», dice. La mejor atleta aragonesa del momento lo tenía muy complicado. Entonces llegó la crisis sanitaria. Los Juegos de Tokio se aplazaban un año. «Me viene bien para preparar la prueba que me gusta que son los 1.500 metros. Ese margen de maniobra de un año que no tenía me favorece», explica.

Ahora ha vuelto a entrenarse en las pistas del estadio Hispánico con el grupo de Villacorta junto a Roberto Alaiz, Jorge Blanco o Blanca Fernández. «Vivo en un piso alquilado y en el CAR solo comía y cenaba y mi única preocupación es entrenar. En Zaragoza y Monzón nunca tuve esas facilidades y aquí tengo todo a mi disposición». Añora quedar con sus amigas en la cafetería La Bonita.

Tras Tokio se abrirá un interrogante para Espejo. No sabe lo que le deparará la vida. «Mi destino no será León aunque encontrara trabajo o el príncipe azul». Lo más probable es el regreso a sus raíces que tanto quiere. «Estar tan lejos te hace valorar a los amigos. Intentaría estar cerca de casa ejerciendo de veterinaria, la profesión que he elegido. No me veo en 15 años haciendo atletismo. No creo que llegue a correr un 10.000 en pista o un maratón. Pero nunca sabes». 

 
 
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