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Los bienes y un puré de calabacín

 

Javier de Sola (*)
12/12/2019

Día, mes, año. Día, mes, año. Día, mes, año. Entre el verano del 2010 y la primavera del 2015 dediqué buena parte de mi tiempo a estudiar los hitos que han ido dando forma al litigio por los bienes de las parroquias de la diócesis de Barbastro-Monzón. Entonces me pareció que esa expresión, de las que obligan a tomar aire antes de completarla, era la más acertada para referirse a un conjunto patrimonial al que muchos, uno mismo incluido y generalmente por aquello de la economía lingüística, nos (mal) referimos como «Los Bienes de la Franja».

Reconozco que he estado tentado de regalarles aquel listado de fechas con las que yo intenté entender esta historia incomprensible. Solo fechas. Pero no lo haré. Sí me parece oportuno destacar algunas. Por ejemplo, el 15 de junio de 1995, cuando la Congregación de Obispos de Roma estableció, mediante el Decreto Ilerdensis-Barbastrensis de finium mutatione, que una serie de parroquias incluidas en la diócesis de Lérida pasaran a la de Barbastro por una cuestión de reordenación de los límites diocesanos. Muchas de ellas habían cruzado esos límites haciendo el camino a la inversa, de Huesca a Lérida, unos años antes, en 1955. Pero, volviendo a la decisión del 95, es preciso destacar una cuestión capital: que el decreto conllevaba, también, la transferencia de los documentos, archivos, patrimonio y fieles de las parroquias a su nueva diócesis.

Lo de los fieles, en fin, no fue difícil: cada cual va a la iglesia de su pueblo. Lo del patrimonio, ya saben… Desde entonces --¿dónde estaban?, ¿quiénes eran ustedes en 1995?-- un periplo judicial interminable --o no, veremos--. Interminable pero contundente: la justicia --las justicias-- siempre ha sentenciado que las obras han de regresar a Aragón. También ayer.

Lo hizo en diciembre de 1997 a través de una comisión de expertos vaticana; lo hizo el 29 de junio de 1998 con un decreto del entonces nuncio en el que ya advertía de que comenzar un proceso judicial acarreraría «funestas consecuencias» para la Iglesia; el 30 de octubre de aquel mismo año; el 8 de septiembre del 2005 --día, mes, año, ya saben--, cuando la Congregación de Obispos para el Vaticano fijó un plazo máximo de 30 días para que Lérida devolviera las piezas; y lo hizo, por poner solo unos pocos ejemplos, el 13 de mayo del 2008, fecha en la que el Tribunal de La Rota inadmitió el último recurso posible en la vía canónica por parte de Lérida.

Entre medias, una colección poco artística, aunque sí notablemente creativa, de maniobras dilatorias y de escenas que, ciertamente, cuesta definir sin el comentario fácil del marxismo de Groucho: hemos escuchado a los distintos obispos ilerdenses decir que no se fiaban de los mediadores que les enviaban desde Roma, que se negaban a devolver las obras, que sí las que entregarían, que ni lo uno ni lo otro ni cualquier otra cosa, y que cumplirían con la Justicia canónica, pero que si acaso otro día.

En los días, meses y años subrayados en los calendarios, negociaciones y acuerdos entre políticos de Aragón y Cataluña que sirvieron para una cosa: para nada. Como el que presentaron las consejeras Eva Almunia y Caterina Mieras poco antes de que la segunda se olvidara de lo firmado y blindara con la llave del Parlamento catalán la colección del Museo Diocesano y Comarcal de Lérida.

La política catalana trampeando una cuestión religiosa que ni Dios, con perdón, ha sido capaz hasta hoy de zanjar. Un conflicto surrealista sobre un patrimonio, en esencia, románico, gótico y barroco.
Que las obras deben volver a Aragón es evidente. Cuando lleguen, visto lo visto y dados los ritmos de los tribunales, otra. Ayer me comentaba una de las personas que más ha trabajado el asunto en los tribunales, el abogado Jorge Español, que podría ser en cinco meses. Español es un tipo más optimista que yo. A mí, en cambio, me encantaría equivocarme. Supongo que a él no.

Las piezas de arte volverán tarde o temprano, pero deje que comparta algo igualmente importante: anoche terminé de escribir esto que ahora lee justo antes de cenar un plato de puré de calabacín y unas pechugas de pollo a la plancha con queso camembert. Entiendo, le importará a usted mi menú lo mismo que le ha importado a algunos este litigio --algunos silencios también son atronadores--. La pregunta es: ¿nos importará a todos, como sociedad, en adelante? Debería estar a la misma altura el interés por recuperar un patrimonio que nos corresponde como la preocupación por gestionar nuestra cultura de la mejor manera. De lo contrario, acuérdense de lo del viaje y las alforjas. H

(*)Doctor en comunicación. Hizo la tesis sobre la cobertura mediática del conflicto de los bienes de Barbastro-Monzón en el 2015

 
 
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