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El artículo del día

Carta a una maestra rural

De su mano, los pequeños de aquel pueblo aprendieron a valorar la belleza que les rodeaba

 

Carta a una maestra rural -

Luis Negro Marco Luis Negro Marco
11/09/2019

Érase una vez, en una escuela llena de alegres niñas y niños de un pequeño pueblo –mucho más que ahora poblado– de una gran provincia –mucho menos que ahora vaciada– de España, en donde una maestra enseñaba a convivir, a ser felices, y a leer y escribir a sus pequeños alumnos (niñas y niños, ya por entonces juntos, en una misma aula).

En aquellos tiempos, si algo se oía –a todas horas– por las calles de aquel pueblo, eran frases como éstas: «pardales [o pardalas], aibar de ahí que la calle es estrecha y tengo que pasar con el tractor». O la de las madres llamando a sus hijos: «Chicos, dejar de jugar, que la cena está ya». Después de la escuela, la merienda: sucedáneo de chocolate y un corrusco de pan que sabían a gloria. Y tras el yantar frugal, la quedada de chicas y chicos para ver la tele en la casa del secretario de la Hermandad porque echaban a Locomotoro, a Valentina, al Capitán Tan, y a «los hermanos mala sombra». Y después de disfrutar de estos entrañables personajes en blanco y negro, a jugar en la calle: al marro, al tula llevas, o al churro, mediamanga, mangontera. Las chicas jugaban a la rayuela, trenzaban arabescamente con sus manos la goma, y saltaban la comba con tan envidiable destreza como belleza, al tiempo que cantaban alegremente la canción de El cocherito leré.

Las puertas de las casas de aquel pueblo estaban siempre abiertas y cuando llegaba el frío tempero de la matacía del tocino, las vecinas se ayudaban unas a otras en las labores del mondongo sin que hubieran de solicitarse ayuda. La maestra era muy joven, de amplia melena negra, y vestía modesta a la vez que elegantemente, a la moda de los sesenta. Había nacido en la capital de la provincia y nada más terminar su carrera de Magisterio había sido a aquel pueblo destinada. Se alojaba en casa de una familia numerosa (entonces las que tenían cuatro hijos o más) y tanto por su sencillez, como por su amabilidad y delicado trato, pronto pasó a ser como una hija más de sus –más que caseros – nuevos padres.

En aquel pueblo, los largos inviernos eran tan gélidamente fríos como agradables resultaban para sus gentes –especialmente para los niños– los fugaces días de estío. Septiembre, después de las fiestas de la Natividad de la Virgen, eran los de la vuelta a la escuela, que para las chicas y chicos dejaba de ser cuesta para convertirse en tobogán; y todo por la simpatía de aquella joven maestra que con tanta ternura enseñaba, tanto quería, y tanto se hacía querer de todos sus alumnos.

Aquella maestra supo enseñar en su aula, iluminada como un faro por la cálida luz del sol, que dibujar un cubo de tiza en la pizarra, además de fácil y divertido, puede ser la puerta al conocimiento de la realidad tridimensional, representada por figuras como cilindros, conos y esferas, como esférica –enseñó a sus pequeños y asombrados alumnos– es la Tierra. Y después, como si El Principito se lo hubiera pedido a Saint-Exupéry, la maestra dibujó con tizas de colores tres carabelas, y les dijo que hubo un marino llamado Colón, que navegando por azules mares descubrió nuevas tierras y propició el encuentro entre civilizaciones que hasta entonces no se conocían entre sí.

También les dijo a sus alumnos que eran afortunados por tener a alguien como ella que les enseñaba, porque había niños en otros países que no podían ir a la escuela. Así, les habló de un lejano país llamado Vietnam, y les enseñó fotos de niñas y niños de ojos rasgados y sandalias en sus diminutos pies, que vivían allí, en medio de una larga guerra. Fue así cómo, de la mano de su maestra, los pequeños de aquel pueblo aprendieron a valorar la belleza de la que estaban rodeados, y que aún en medio de las más trágicas situaciones, en el futuro habrían de trabajar con responsabilidad para ser felices y hacer felices a los demás.

Un día, a la maestra de aquel pueblo la destinaron a otro pueblo en donde habría de continuar con su magistral magisterio. En el momento de su partida los niños sintieron que un trocito de su pequeño corazón se iba con ella, y –aunque los despidió con una tierna sonrisa y muchas y alegres frases– también la joven maestra sintió un escalofrío de tristeza en la hora del adiós. Sin embargo, pronto se sintió reconfortada al oír una voz en su interior que le decía que en el espíritu puro de aquellos niños había sembrado la semilla de la sabiduría.

*Historiador y periodista