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Consentimiento informado

 

Vicente Calatayud Vicente Calatayud
08/11/2019

Las cosas se están poniendo feas para la práctica del sexo. El progresismo deformado y deformante (regularmente desinformado) exige permiso para todo. «El sí es sí y el no es no». No hay términos medios. Sí o no, cada vez que decidas aceptar las condiciones de un «Consentimiento informado para las actividades sexuales». Bien digo «actividades sexuales». Deben incluir tres preguntas: qué, con quién y cómo. La variedad de respuestas posibles es tan inmensa que habría que hacer un cuestionario para cada situación, especialidad, intercambio o forma, quedando excluidos de este requisito, por causas obvias, los cuadrúpedos de toda especie y los bípedos con plumas.

Tal consentimiento evitaría la necesidad de promover, tanto en medios como en comercios, herramientas sexuales como la vagina procesional y la falización de estructuras rígidas y ascendentes como monolitos y obeliscos. La flacidez no es sexualmente creativa y la ficción y quimera vaginal tampoco.

Estamos perdiendo el oremus sexual. Un exceso en la búsqueda incondicionada del sexo fácil, promovida por ambos géneros, ha diluido ese encanto, esa emoción, ese sentimiento que es el amor, de cuya belleza espiritual y atractivo práctico hay constancia (también en las redes virtuales) dejada por nuestros grandes poetas, desde Marcial hasta Bécquer pasando por Garcilaso y Cervantes. El sentimiento, la emoción, la huella del amor hallan culminación en esa sinfonía instintiva y carnal que es el encuentro sexual de la pareja enamorada. La cual, incluso biológicamente, requiere un tiempo, amoroso e íntimo, preparatorio. Algo que puede empezar a enseñarse en la escuela, para evitar tempranamente la extendida y repugnante industria de la pornografía infantil. La cual tiene asiento en nuestro país en forma de lo que Chiquito de la Calzada llamaría «guarrerida española».

¿Por qué olvidar, relegar o negar la vacilación, aneja a la seducción y al cortejo, a la búsqueda de un amor en sintonía que se intuye y aún no se posee? La belleza, el encanto del poema contenido en una mirada, el aroma de una trova, la ternura en el tanteo de la piel, del beso lento y suave que manifiesta el amor a la vez que alza las hormonas acaso lleguen a conseguir un sí y un no inicial, y convertirlos en un angelical sí, de forma tranquila logrado o concedido desde una vacilación sincera. Si la duda, en fin, es despejada, pero porque existió previamente, da paso a la consumación de la unión corporal, tan necesaria para crear un nuevo ser o, más sencillamente, para satisfacer una pulsión que se calma apaciguando el «ego sexual», ya sea este hetero, bi, homo o de otra clase.

La parte animal del sexo existe y es básica. Pero en el ser humano puede impregnarse de espiritualidad, en lugar de mostrarse como publicidad primaria que busca solo la notoriedad en los medios de comunicación y el negocio del ignorante sexual, con o sin consentimiento informado.

*Catedrático emérito de la Universidad de Zaragoza.