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Editorial

Cuarenta años de libertades

 

07/12/2018

La Constitución de 1978 ha amparado el periodo de convivencia en libertad más largo de la historia de España. Como expresó ayer el rey Felipe VI, el pacto alcanzado entonces es «un mandato permanente de concordia» que sirvió y debe seguir sirviendo para solventar los desencuentros. La Constitución ha pasado por pruebas muy diversas como el desafío terrorista etarra hasta un golpe de Estado militar pasando por los graves acontecimientos en Cataluña ahora hace un año o los reiterados casos de corrupción. Siempre ha prevalecido ese mandato de concordia y se han solventado las diferencias dentro del marco constitucional que se hizo a imagen y semejanza de nuestro entorno europeo. Estos 40 años merecen, pues, una celebración digna como la que se realizó este jueves en el Congreso de los Diputados con la máxima solemnidad con la asistencia del Rey emérito y de los padres de la norma junto a los presidentes del Gobierno. Un acto que corona otros muchos que se han hecho esta semana en toda España y que solo se han visto mínimamente deslucidos por algunos intransigentes.

La celebración de este aniversario es motivo también para preguntarse si es necesario reformar la Carta Magna. Algunos hablan de «actualizarla» y otros de remozarla de arriba a abajo. Digamos que ninguna reforma tiene sentido si no es para mejorar. Evidentemente, la reforma constitucional no puede seguir siendo un tabú. Sería bueno conocer quién quiere esa reforma y para qué. Hay consensos amplios en materia de adecuarla a la igualdad de género en cuanto a la sucesión en la jefatura del Estado. También en fijar mejor su declinación con el derecho de la UE. E incluso hay acuerdo amplio en un tema como el de los aforamientos. Pero hay otros asuntos, como la forma de Estado o el poder territorial, en los que parece difícil que haya el consenso que hubo en su momento. En todo caso, la Constitución debe mantenerse vigente como mandato. Y eso quiere decir que quienes más la apoyaron no pueden hoy desentenderse de su defensa en virtud de determinadas demandas insatisfechas. Y quienes se opusieron a ella deben respetarla antes que apropiársela, a menudo arrogándose una interpretación del texto que no siempre se corresponde con el espíritu de su aprobación. Defendamos, pues, la Constitución como garante de las libertades, su gran contribución en estos primeros 40 años.