En la terminal de aduanas de El Paso, uno de los pasos fronterizos más transitados del mundo, es habitual que mujeres mexicanas se pongan de parto. Llegan embarazadas a Estados Unidos con la intención de dar a luz en suelo estadounidense, ya que entonces pueden lograr la nacionalidad para su hijo. No muy lejos de la terminal, hace unos años un sencillo sendero de piedras marcaba la frontera entre EEUU y México. Era una excentricidad, un espejismo, para llegar de Ciudad Juárez a El Paso de forma ilegal hay que vadear el Río Grande, cruzar un canal de hasta 11 metros de profundidad y saltar una valla que, en realidad, es un muro. Todo ello, esquivando las patrullas de los agentes de fronteras, en los que suelen emplearse mexicanos con nacionalidad estadounidense. Mexicanos ya estadounidenses cazando y apresando a mexicanos que quieren ser estadounidenses.

Nosotros no cruzamos la frontera; la frontera nos cruzó a nosotros es uno de los lemas de la comunidad hispana en EEUU. A Óscar Alberto Martínez, de 26 años, y Valeria, su hija de 23 meses, la frontera no les cruzó. Los mató. Óscar y Valeria son el símbolo de los efectos de la política migratoria de Donald Trump. Política migratoria es un eufemismo. Los efectos a lo largo de la historia del racismo de los blancos en EEUU es de sobras conocido. El rechazo a los hispanos no empezó con Trump. Pero como en tantas otras cosas, Trump es una versión descarnada, sin caretas, de una cierta forma de entender EEUU, su carácter y su papel en el mundo. El famoso melting pot funciona solo si el blanco -descendiente de emigrantes, no hay que olvidarlo nunca- domina. Blancos como los que suelen congregarse en la plaza Santa Jacinta de El Paso para acudir a un dentista de Ciudad Juárez. Sus seguros médicos no les cubren la salud dental, y es mucho más barato tratarse en la ciudad mexicana. Allí aprovecharán para comprar medicinas mucho más baratas. Eso sí, quien es grande es América. Aunque sus ciudadanos tengan que ir a Ciudad Juárez a un dentista decente. H *Periodista