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la rúbrica

Un Gobierno mezclado, no agitado

 

José Mendi José Mendi
12/07/2020

El capitalismo consiste en convertir el lujo en necesidades. La frase no es de ningún revolucionario de procedencia marxista. Es de Andrew Carnegie, un empresario estadounidense que vivió a camino de los siglos XIX y XX y que ostentó una de las mayores fortunas de la historia. El consumo satisface necesidades. El márketin las crea y democratiza para que sean accesibles a una mayoría. Finalmente, el lujo selecciona una parte de dichas necesidades para que sean atractivas solo a un grupo de esa mayoría gracias a la exclusividad.

El éxito de las marcas consiste en formar tribus de identificación. Suelen triunfar en jóvenes porque buscan identificación social. La edad adulta busca más la originalidad, los diseños personalizados y lo caro. La psicología del lujo no es una especialidad para profesionales VIP, sino un comportamiento que analizamos con rigor científico. La base es simple, asociamos precio y valor. Nos atrae, nos gusta y disfrutamos más con lo caro. ¿Una mera percepción subjetiva? No tanto. En la Universidad de Stanford desarrollaron un experimento muy interesante. Se informó a diversas personas que iban a probar un vino muy caro. Tras realizar resonancias magnéticas a quienes se sometían a este experimento, no solo decían que disfrutaban más sino que la actividad de su cerebro así lo reflejaba. Vamos, que si estamos dispuestos a pagar el doble por un producto que por otro es porque nos vamos a sentir doblemente felices. Estas conductas tan exclusivas tienen otro componente que resulta atractivo a quienes las pueden desempeñar. Ya que son, además, excluyentes. Es decir, no solo hacen que formemos parte de un reducido club de élite, sino que alejamos a los demás de ser como nosotros.

Esta conducta se mueve entre la necesidad de pertenencia social y la reivindicación de identidad en la misma o frente a la misma. Es un comportamiento que estamos viendo desde que la mascarilla forma parte de nuestra indumentaria habitual. Tenemos el modelo norcoreano clásico que nos equipara en derechos y deberes higiénicos. Su azul cielo nos recuerda la sonrisa siempre oculta de nuestro dentista. Luego está el sector ideologizado. Marcan paquete rojigualda a las primeras de cambio. Están las de toque discreto y las que necesitan filtros para evitar los rayos de mala UVA que emiten. La única certeza que ofrecen es la ausencia de sonrisa tras la bandera. Vemos el modelo de pato hipocondríaco de marca blanca, con un valor N de protección elevado a 95. La pera. Y luego llega la pasarela de diseños de toque particular. Necesitamos reforzar e identificar nuestra personalidad con todo lo que forma parte de nosotros. El arte, la habilidad, la identificación y el llamar la atención recorren nuestras bocas. Ante la dificultad de saber si estudias o trabajas, y la imposibilidad del ¿bailas? qué mejor pregunta que ¿y esa mascarilla? Aunque se arriesga a una respuesta tipo «la que me ha puesto Illa». Como todo en la vida, el problema no es la herramienta sino el uso que le demos a la misma. La mascarilla tampoco hace al monje. Al final nuestras prendas indispensables serán el tapabocas y el taparrabos. La ciencia ficción se hace realidad en pleno siglo XXI. Estamos en el regreso al planeta de los nimios.

La actualidad que tanto funciona con exclusivas sigue más bien elegante pero informal. Felipe VI estuvo en Aragón. Visitó Jaca y San Juan de la Peña. Puede que alguno de nuestros antecesores allí enterrados le diera consejos a él y recuerdos de todo tipo a su padre. El emérito campechano Juan Carlos ejerce de activista republicano frente a su hijo. Cada día está más huidizo y huisuizo. Su situación es más insalvable que inviolable. En Europa le ha fallado a Calviño uno de los diez mandamientos y se ha quedado a las puertas de presidir el Eurogrupo. Los becerros del oro europeo prefieren diseños más maleables y manleables. En España hoy es día de elecciones en Euskadi y Galicia. La posible mayoría absoluta de Feijoo está sobre las urnas. Pero ningún resultado es bueno para Casado. La campaña sin el PP que ha diseño el presidente gallego no está siendo cómoda para Génova. Si gana, pone en cuestión la estrategia de confrontación agresiva que se ejerce desde Madrid contra Sánchez. Si no obtiene la mayoría absoluta, se puede reproducir un acuerdo de progreso que sería un varapalo tremendo para el líder de los populares.

En el País Vasco, el PNV ganará solo o en compañía de otros. Lo que es bueno para Urkullu podría ser bueno también para el gobierno de coalición. Se reforzaría el bloque que apoyó la investidura. El regreso al pasado del PP en esta comunidad tiene mal color. Será que el azul y el naranja cansan más que casan.

En Aragón el escenario político está adoptando el formato de James Bond. Es decir, mezclado y no agitado. De momento. Tal y como solía pedir su cóctel el famoso agente secreto. En la Aljafería, Itxaso Cabrera y Erika Sanz han mandado un aviso, en forma de votación libre, a la recientemente elegida al frente de Podemos, Maru Díaz. Los números obligan a contorsionarse al cuatripartito para hacer de la flexibilidad virtud. Menos problemas tiene Azcón. A él nadie le tose en su partito. Y menos la oposición. Hay que reconocer que la derecha siempre ha entendido mejor que es un lujo gobernar.

 
 
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