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El artículo del día

La gracia de la vida

Las relaciones mercantiles de toma y daca han desplazado a otras sociales entre vecinos y compañeros

 

José Bada José Bada
23/10/2019

La gracia de la vida, el caramullo, el exceso, la guinda de la tarta no se compra ni se vende. A mis años todavía con ella la tarta de mi vida tiene sentido y se hace desear, pero sin ella de viejo se convierte en una caca. Me refiero a la amistad, al amor fraterno, a la compañía.

El amor es libre. No es la consecuencia de nada, sino el principio que no se merece. Ni siquiera es un deber o mandamiento propiamente dicho: no es una ley. Es una gracia, un don, no una deuda. Y en todo caso sería más bien una encomienda, un buen consejo y la perfección que excede a la justicia . No una exigencia. No quiero que me quieran por obligación. Ni estoy dispuesto a pagar por ello.

El amor es el pan de cada día, el pan de vida que no se reparte como el pienso en una granja. Es el pan que se comparte. El otro, el que se reparte, se hace migas; pero con él no se hace amigos o compañeros. Aunque se reclame juntos y gruñan a la vez todos los consumidores para que comience el reparto, ese pan se come solo: cada uno el suyo, la ración que le toca. Ese pan no es pan bendito, no es una gracia, antes bien una desgracia y a veces una maldición: «Con su pan se lo coma» , es lo que se dice en ocasiones. Y uno se desentiende del otro, que solo quiere comer .

El pan de vida no es el pan de los pobres que se reparte sólo para que no se mueran de hambre, sino el que se comparte y nos da vida en abundancia. Es la compañía, la convivencia, el amor que se da y se recibe. Es la perfección, la guinda de la tarta como queda dicho.

Recientemente visité a un amigo que reside en una residencia. Lo que le pasa es por desgracia lo que les sucede a muchos en igual situación. Se queja de que su hijo no va a verlo tanto como él quiere. Comparte la habitación con otro residente. Cada uno en su cama. Es el prójimo más cercano. Y los dos se llevan bien, que es lo que pienso. Menos mal. Pero lo que él quiere, no es solo que le cuiden. Es que le quieran libremente. Que el amor es libre, o no es amor de lo contrario. Y eso se nota, sobe todo cuando se trata de los familiares.

Una residencia en el mejor de los casos es un cuidado de reliquias. De lo que queda de las personas cuando se hacen viejas. Y en el peor un depósito de residuos o de meros residentes.

No todo lo de antes fue mejor, ni es santa la tradición por serlo que puede ser también mala siendo muy antigua. No obstante, pensar que lo nuevo es bueno y siempre mejor que lo viejo es una presunción estúpida. No soy el único, por desgracia, que lamenta la relajación de los vínculos familiares en nuestra sociedad. Cuando era niño hace ya muchos años, se decía en mi pueblo que «un tronco y un viejo no deberían faltar nunca en el rincón del hogar». El hogar era el centro de casa, y el viejo el símbolo de toda la familia: la estirpe, y por él o por ella pasaba la tradición del más viejo al más joven sentado a sus pies sobre la plancha como un gatito. Sin intermediarios o con los menos posibles. Hoy se vive más en el presente, sin pasado y sin futuro. No se está aquí, donde se tiene el cuerpo. O no se está para nadie. Se está en la nube, con muchos contactos y pocos compañeros. O en la red, enredando y enredados. O tendido en el sofá de no te menees ni molesten, por favor. Y los parientes pocos y lejos, como dice el refrán. Lo que queda de los viejos es una reliquia, un residuo acaso y un residente al que se visita de vez en cuando. Cada vez menos y cuando no hay remedio.

Las relaciones mercantiles de toma y daca han desplazado incluso en la sociedad a otras propiamente sociales entre vecinos y compañeros. Y los eventos de no te lo pierdas a los encuentros y reuniones entre familiares y amigos de toda la vida.

Este es un cambio que nos embrutece. Y el adviento de un egoísmo rampante que impide entre las personas la solidaridad necesaria y la fraternidad , que es la perfección de las tres sorores. No digamos ya la solidaridad con las generaciones futuras sino incluso con los hijos, los hermanos, los ciudadanos y los vecinos. La libertad si no es responsable se convierte así en libertinaje, y la igualdad no tiene sentido cuando la fraternidad se olvida o no pasa de ser un comportamiento estratégico para conseguir cada uno lo suyo. Los problemas que no le conciernen son impertinentes para cada uno. ¿El cambio climático? ¡Anda ya! Después de mí, no importa lo que pase. Y así nos va; es decir, de mal en peor.

El abandono de los viejos es un escándalo. Los nietos no irán así a ninguna parte que no sea igual o peor que ese destino. Pero eso es lo que pasa cuando los necios confunden valor y precio. No saben que el amor es lo que vale.

*Filósofo