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ANA Pastor
05/01/2014

Se retira el mechón de pelo que se empeña en cubrir su frente y quitar protagonismo a unos ojos de entusiasmo arrollador. Mueve las manos con gracia y las hace bailar al son de su sonrisa. Pasea de un lado a otro del escenario con la seguridad de los años y un talento innato que descubrió hace no tanto. Es María Galiana en la obra de teatro Conversaciones con mamá, que, con otro de los grandes de la escena española, Juan Echanove, dibuja todos los matices de una relación en la que es fácil reconocerse.

María es una madre, la mía o la tuya, la madre que se equivoca y la que acierta, la que da consejos y la que da órdenes, la que escucha y la que calla, la que habla, la que mira de reojo y la que mira de frente, la que es generosa y la que ese día no tiene fuerzas ni para serlo, la de los tobillos hinchados, la que no se sienta en la mesa aunque tenga la misma hambre que los demás, la que te sigue poniendo comida aunque le has dicho 20 veces que no quieres más, la que aunque cumplas años y décadas sigue usando contigo las mismas palabras de siempre. Es la madre que se asusta y la madre que no tiene miedo, la que te anima y la que te pone límites, la que sufre y la que disfruta, la que cuenta mil veces la misma anécdota, la que pone sobre la mesa un recuerdo mitificado y embellecido de sus hijos, la que olvida lo que pasó hace un rato pero recuerda detalles de su infancia y de la tuya como si fuera ayer.

Es la madre que no tuvo tus oportunidades, la madre que si hubiera podido estudiar y viajar nos daría un buen repaso a los que nos creemos muy listos, es la de la otra sabiduría que te da ese repaso igualmente, la que desengrasa, la que nunca asume las despedidas pero entona como un himno las bienvenidas. La madre del olor a hierbabuena, la que te dice que tienes razón y la que nunca te la da, la que te cuenta cosas para protegerte y la que te las oculta por la misma causa. La que nunca se rinde y la que ha empezado tantas veces de cero en una misma vida que ya tiene ganas de terminarla, la que te pide que te decidas y la que te pone el freno de mano, la que insiste en que te protejas de la lluvia cuando aparece pero te anima a que te mojes cuando hay que hacerlo. Es la madre presumida y la madre descuidada, la que da importancia a las pequeñas cosas y la que aborda con la misma fuerza los grandes asuntos de la vida.

Es la madre que te hace reír con sus cosas y la que ríe con tus tonterías. La que te pone en tu sitio y la que te descoloca. Es María Galiana, que gracias a la magia del teatro (la dirección de Echanove y un texto delicioso de Santiago Carlos Oves) es la madre que te recuerda la importancia del abrazo a tiempo y la desgracia del llanto tardío. Es mi madre o la tuya. Una madre. Gracias, María. Gracias, Madre. Periodista