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Tercera página

‘Homo electus’

La evolución requiere de un esfuerzo permanente para adaptarse y sobrevivir

 

José Mendi José Mendi
24/03/2019

Una elección consiste en seleccionar una alternativa, entre varias posibles, y desarrollar nuestra conducta conforme a la decisión tomada. Esta definición se ajusta a los principios de la Teoría Racional de la Emoción. Sus postulados tienen más connotaciones económicas que psicológicas pero, como tantas veces, coinciden a la hora de explicar los costes y beneficios de las conductas. Se llega así, en un sentido evolutivo, a la aparición del «homo oeconomicus». Como señalaba en 1881 el economista británico de madre española, Ysidro Edgeworth, los individuos actúan por su propio interés de forma racional. Así que las personas, según ese criterio, decidimos para obtener más de lo bueno y menos de lo que nos cause daño o pérdida. Sencillo pero… falso. Al generalizar ese egoísmo no es posible explicar cómo se puede alcanzar el bienestar común a base de satisfacciones individuales que, en buena medida, van en detrimento de los demás. Es una de las críticas a este modelo que expuso el indio Amartya Sen, premio Nobel de Economía en 1998. Su obra «Los tontos racionales: Una crítica de los fundamentos conductistas de la teoría económica», es todo un referente de la economía social. Este brillante, y revolucionario, economista desarrolló un concepto fundamental en la toma de decisiones como son las «capacidades». De forma resumida nos viene a decir Sen que lo importante no es que tengamos el derecho a elegir o votar. Lo fundamental es saber si se dan todas las condiciones para que los ciudadanos puedan ejercer esa capacidad. Por cierto, son de especial interés las conclusiones que elaboró la filósofa belga Ingrid Robeyn, aplicando este concepto de capacidad a la perspectiva de género.

A este cuestionamiento economicista de la racionalidad en la toma de decisiones debemos añadir los elementos psicológicos de las mismas. Y aquí, por desgracia, el bien común no siempre sale triunfador desde esa capacidad colectiva de elegir. Nos lo hizo ver el matemático Forbes Nash, retratado genialmente en la película de Ron Howard «Una mente maravillosa». Basado en la teoría de juegos, para analizar la toma de decisiones, desarrolló el llamado equilibrio de Nash. Y afecta a decisiones grupales, ya sean de unas pocas personas o de millones. Constatamos así que la estrategia al respecto tiene en cuenta las elecciones del resto de «jugadores». Ahora bien, en el caso de imposibilidad de coordinar las decisiones con los demás, la mejor elección posible será la que permita más beneficios individualmente. Es lo que observamos en la fluctuación de votos entre las candidaturas al Congreso y Senado. Pero es más visible en la valoración egoísta del beneficio del voto en circunscripciones pequeñas frente a las grandes. El llamado voto útil debería llamarse voto egoísta. Aunque debemos entender esa palabra como positiva para el colectivo beneficiado de votantes-jugadores que, conociendo la estrategia del resto, suma esfuerzos para conseguir el bien común que comparten. Por eso ante la proliferación de jugadores con probabilidad contrastada de tener mejores bazas en el tapete electoral, otros compañeros de timba prefieren cederles sus cartas, para beneficiar a los más afines con posibilidad de ganar. Es el caso de CHA por la izquierda y del PAR por la derecha. Otros prefieren el juego del «dilema del prisionero». A nivel interno de los partidos en la conformación de candidaturas es muy común. Aunque también lo hemos visto a la hora de llegar a acuerdos tras unas elecciones. En España este dilema en la izquierda llevó a una repetición electoral tras el desacuerdo que perjudicó a sus protagonistas. Aunque luego la moción de censura les reencontró con su necesidad colaborativa. En concreto este dilema implica que las personas o grupos organizados pueden no cooperar incluso si ello va en contra de sus mutuos intereses. La tensión en la elaboración de las candidaturas del PSOE así lo ha demostrado tras las elecciones primarias desarrolladas. Y en un nivel más complejo crecen exponencialmente los prisioneros en la toma de decisiones en torno a Zaragoza en Común, IU y Podemos. La derecha también juega. La puja de PP, Ciudadanos y Vox por hacerse con la mayoría de escaños imposibilita cualquier colaboración al mezclar una circunscripción mediana como es Zaragoza con dos pequeñas, Huesca y Teruel. El canje de votos prisioneros entre la triple alianza del imperio conservador puede facilitar el triunfo de sus adversarios. Sería bueno que el actual homo electus no degenere en un homo eructus que llene la campaña electoral de exabruptos. Cuidado con las mutaciones. En algunos candidatos, ebrios de visceralidad política, se observan comportamientos de homo aliens que vivirían más a gusto en glaciaciones del pasado. La evolución requiere de un esfuerzo permanente para adaptarse y sobrevivir. La democracia también. Hagamos, a base de votos, que el homo sapiens participens sea la especie del futuro. H *Psicólogo y escritor