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SALA DE MÁQUINAS

Las horas heladas

La novela se cae, finalmente, de las manos, como una delicada copa de caro cristal

 

Juan Bolea Juan Bolea
18/01/2021

Es muy probable que Virginia Woolf  hubiera visto en vida la negra espalda de la eternidad. En las novelas de la autora inglesa, el espacio parecía ampliarse indefinidamente, como una habitación que tuviera las paredes de plumas. Y en cuanto al tiempo… también Woolf tenía en sus manos, en su pluma, una evanescencia plúmbea, como si algo que fue parte de nosotros se nos estuviera despegando y, al mismo tiempo, tratara de volver a adherirse con trozos o restos de algo nuevo, una materia extraña que antes no estaba en nosotros pero que ahora de pronto, pareciera empeñarse en formar parte de nuestra sensibilidad, tal vez de nuestra corporeidad.

Este tipo de  recursos metafóricos abunda en Las horas, la novela de Michael Cunningham que rinde deliberado homenaje a Virginia Woolf, al mismo tiempo que intenta proseguir caminando literariamente por sus nada complacientes sendas.

Ganadora del Pulitzer y llevada al cine con gran éxito, nueve Oscars, nada menos, Las horas reconstruye algunos pasajes de la vida de la propia Woolf vertebrándolos con vivencias de otras mujeres muy diferentes a ella y en muy distintas épocas a la suya, pero igualmente transidas por una suerte de vacío y desesperación, como si una misma mirada artística, implacable en su intrascendencia, las uniera, invitándolas a caminar hasta la orilla de un río o el borde de un precipicio para mirar, desde allí, frente a frente a la locura como esa misma mañana, a la hora del desayuno, habrían mirado de reojo a sus maridos e hijos.

Desprovista de humanidad, consagrada al altar de la belleza, fría y hermosa como el mármol de un sepulcro, Las horas es una novela vacía que se lee como si estuviera llena de hallazgos. Se cae, finalmente, de las manos, como una delicada copa de caro cristal en la que aún no habíamos alcanzado a verter el licor de la vida, apenándonos su pérdida con un sentimiento tan desconocido como los sucedáneos del amor y del rencor con que va decorando sus páginas. Pero no faltarán lectores que encontrarán en la tersa, exquisita prosa de Cunningham, el eco de una secreta afinidad. Que creerán entrever, como esos pedazos de hielo en los que se refleja el cielo, coloreando de azul su transparencia natural, una explicación al misterio de la vida que ya Virginia Woolf trató de desvelar, sin conseguirlo, aunque puede que andase cerca.