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MAO, TREINTA AÑOS DESPUÉS

La figura del llamado ´Gran Timonel´ sobrepasó con creces las fronteras chinas. Gran parte de Europa y América Latina se llenó de partidos y movimientos políticos que se autocalificaban como "maoístas".

 

MANUEL RamírezMANUEL Ramírez 23/09/2006

Resulta difícil de explicar, pero lo cierto es que el hecho de que el día 9 de este mes se hayan cumplido los treinta años de la muerte de Mao, una de las figuras más trascendentales del siglo XX, ha pasado casi desapercibido entre nuestros habituales medios de comunicación. Quizá es que, una vez más, estuviéramos contemplando muestro propio ombligo, como nos achacaba Unamuno, y ocupados en la enfermiza tarea de manipular con nuestro inmediato pasado. Es posible. Pero lo cierto es que, para quien estas líneas escribe, el hecho de ese tranquilo fallecimiento, tiene bastante interés aunque únicamente fuera por una mera casualidad. Y es que, allá en el verano de 1975, con Mao todavía bien vivo, tuvo la suerte de realizar uno de los primeros viajes a la inmensa China y, en compañía de un grupo de intelectuales españoles, recorrer, visitar y estudiar sus principales ciudades e instituciones. Aunque, claro está, no vimos a Mao, sí vivimos el maoísmo en todo su esplendor. Es posible que, para un estudioso de la política, el viaje más interesante de los muchos realizados.

Y es que la figura del llamado "Gran Timonel" había sobrepasado, con creces, las fronteras chinas. Gran parte de Europa y América Latina andaba plagada de partidos y movimientos políticos que se autocalificaban como "maoístas", sin excluir nuestra hispana oposición de entonces. Conocer las fuentes y lo que de ellas se derivaba tenía, por ende, un interés harto sugestivo.

MAO HABÍA intervenido en el proceso revolucionario y anticolonial de su país. Fue uno de los fundadores del Partido Comunista de China en 1921, tras abrazar, en toda su pureza, la ideología marxista-leninista. Encabezó la Larga Marcha (1934) contra los restos "imperialistas" situados al sur del país. Muy pronto era ya el padre cultural, político e ideológico de la República Popular China. Y su famoso Libro Rojo comenzó a penetrar en las mentes de la juventud de Oriente y Occidente. No por casualidad, aquella fuerza de la ortodoxia más revolucionaria hasta entonces existente, pasó a tomar nombre y apellido. Todo el gran desarrollo de la gran nación, era ya obra del denominado "marxismo-leninismo-pensamiento Mao". Este pensamiento llegaba hasta la veneración de Stalin: lo posterior era rechazado como revisionismo.

Y con el "pensamiento Mao" se explicaba todo. Desde los triunfos en la acupuntura hasta la construcción de grandes puentes, pasando por la configuración de los juegos infantiles o los éxitos de las poderosas fábricas. Todo se debía al presidente Mao y a su pensamiento, es decir a su ideología. Y aquí, en este punto, es donde encontrábamos el resultado del más perfecto sistema de adoctrinamiento.

COMO TODO régimen político surgido de un proceso revolucionario, había sido necesario crear doctrinas y consignas. Configurar nuevas formas de pensar y de vivir. En todo lugar y bajo el estrecho y férreo control de un partido que en todas partes estaba y todo lo dominaba. Mao había sacado a millones de chinos de la esclavitud y de la miseria. Los dejaba en la pobreza. Pero (a diferencia del caso de la URSS), sin sectores privilegiados. Para eso estaba la obligación de combinar el trabajo intelectual con el manual, la imposibilidad de salir del país y conocer otros mundos, las calles plenas de modestas bicicletas y las películas en blanco y negro cuyo tema (la lucha contra los invasores capitalistas) se repetía una y mil veces.

Siempre Mao y su Pensamiento. En la "Larga Marcha" contra el enemigo llamado generalísimo Chiang Kai-Shek se sacrifican miles de personas. Más tarde, en el llamado "Gran Salto Adelante", mueren nada menos que cerca de 40 millones de ciudadanos. Y, por último, durante la Revolución Cultural tendente a destruir cualquier tipo de influencia de cultura occidental (prensa, libros, obras de arte, pensadores, etc.,etc.) se extermina a unos 20 millones más. Sin duda, y desde posiciones ideológicas diferentes, Mao se convierte para la historia del siglo XX en uno de sus tres auténticos autores de verdaderos genocidios, tras Hitler y Stalin.

Por supuesto, y como en todos los fenómenos políticos del inmediato pasado, es todavía pronto para su definitivo juicio. Luego, tras su muerte, han ocurrido muchas cosas. Entre ellas, la siempre significativa entrada de la Coca-Cola y el comienzo de un intento de combinación entre una fuerte ideología gerontocrática y amplios campos de economía de mercado. La historia tiene la última palabra. Aunque, hasta que llegue ese momento, China parece haber asumido bien su pasado.

Por lo menos, en la gran plaza de Tiananmen de Pekín, el gran retrato del presidente Mao sigue expuesto como querido u odiado recuerdo.

Catedrático de Derecho Político de la Universidad de Zaragoza