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MENOS PLATON, MAS CONSTITUCION

  •  En la conmemoración del XXVI aniversario de la Constitución hemos podido constatar hasta qué punto algunos dirigentes son unos experimentados maestros en el arte de coger el rábano por las hojas


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    ANTONIO AramayonaANTONIO Aramayona 08/12/2004

    Hay quienes confunden una oposición firme y leal con la negación sistemática de cuanto provenga del contrincante. Creen que los ciudadanos toman nota principalmente del escándalo y de la bronca, aunque los efectos reales consistan en el descrédito de la clase política en general y en el hartazgo final de una buena parte de la ciudadanía.

    Acabamos de conmemorar el XXVI aniversario de la Constitución española y hemos podido constatar hasta qué punto algunos dirigentes son unos experimentados maestros en el arte de coger el rábano por las hojas. A modo de ejemplo, a raíz de que Javier Fernández, delegado del Gobierno en Aragón, resaltase la importancia de la Constitución Europea como elemento condicionante y dinamizador de nuestra actual Constitución, desde IU surgieron voces de protesta por la supuesta utilización partidista del acto institucional. Unos días antes, otro dirigente de CHA advertía desde esta misma página de la posible manipulación gubernamental del referéndum sobre la Constitución Europea, al estimar que una considerable parte de los aragoneses irían a las urnas sin conocer realmente su texto. Siendo ello probable, habría que ver cuántas veces y a cuántos ciudadanos se les ha solicitado su voto sobre la única base, siendo optimistas, de un folleto publicitario y un sobre en el que va incluida la papeleta con la lista de candidatos del propio partido.

    Del PP huelga. Algunos de sus dirigentes y portavoces, además de medio perdonar la vida a quienes osan contradecirles o contrariarles, padecen el tic de esgrimir a discreción la amenaza de no apoyar cualquier posible reforma de la Constitución española o de no secundar la futura Constitución europea. Como si Europa, el texto constitucional consensuado entre todas las fuerzas políticas de la UE, o un proyecto de tamaña envergadura resultasen convenientes o inconvenientes según quién lo propusiera o avalase. Quedan además los restos humeantes de la Comisión del 11-M: poco o nada se ha clarificado, pues parecía que el objetivo no era investigar los hechos y depurar las responsabilidades, sino más bien montar mítines consecutivos donde centrifugar el pozo negro de los rencores, los tópicos y las paranoias. Y todo ello, de hecho, de espaldas y al margen de las verdaderas sensibilidades ciudadanas.

    VISTO LO VISTO, demasiados son aún los empeñados en la permanencia eterna de las dos Españas. Unas veces son los obispos católicos y sus lamentaciones cocodrileras por la persecución laicista e inmoral que dicen estar padeciendo. Otras, los que abandonan el Parlamento a causa de una segunda votación relativa a nuevos nombramientos en el seno del Poder Judicial, como si ellos no hubiesen estado haciendo lo mismo durante ocho años o como si la neutralidad hubiera reinado en la Fiscalía General del Estado o en algunos cargos decisivos en la Fiscalía de la Audiencia Nacional. El ciudadano está cada vez más harto de malos modos y descalificaciones, de que sus representantes políticos conjuguen la vida sólo en negativo. Una Constitución debería ser el principal elemento aglutinante y dinámico de todos y para todos. Sin embargo, algunos no tienen el menor empacho en utilizarla como simple arma arrojadiza.

    TAMPOCO la Constitución debe ser un tótem sagrado, intocable, de tal forma que quien ponga, parcial o totalmente, en entredicho alguno de sus artículos incurra ipso facto en delito de antipatriotismo. Más aún si tenemos en cuenta que la pertenencia de España a la UE afecta a elementos fundamentales del ámbito político, económico, jurídico y social. Por otro lado, determinados sectores geográficos, políticos y culturales de nuestro país reclaman una revisión real, no sólo de maquillaje, de la estructuración, organización y funcionamiento de ese referente que llamamos "España". Tienen derecho legítimo para ello y debería acabar definitivamente el recurso sistemático a que reciban como exclusiva respuesta a sus demandas banderas gigantescas, constituciones intangibles y proscripciones a la ilegalidad.

    Bastante daño ha hecho ya Platón durante veinticinco siglos con su mundo de las ideas eternas, perfectas e inmarcesibles. Hora es ya de que ninguna Constitución sea destinada al reino de las ideas platónicas. La vida y el mundo son complejos, dinámicos, dialécticos, y están compuestos a la vez de un cúmulo de identidades y diferencias, de cooperaciones y contradicciones. Precisamente para esto sirve una Constitución: intenta conciliar diferencias y propone horizontes comunes para todos.

    *Profesor de Filosofía