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Sala de máquinas

Una monja, una escritora y muchas dudas

 

Juan Bolea Juan Bolea
09/05/2019

La amistad entre dos mujeres muy diferentes es la base de la nueva novela de Vanessa Montfort.

Una autora muy interesante que ha venido destacando en el campo de la dramaturgia, tanto con obras propias (Balboa) como con adaptaciones (La regenta). Asimismo brilla en el campo de la novela. Entre algunos de sus títulos más destacados merecen citarse La leyenda de la isla sin voz, sobre el viaje de Charles Dickens a Nueva York, donde coincidió con Washington Irving (escena que la autora narra magistralmente); o, más recientemente, Mujeres que compran flores, de la que se han tirado repetidas ediciones, hasta convertirse en un fenómeno de ventas.

En El sueño de la crisálida, su nueva ficción, Vanessa Montfort confía el eje narrativo a una periodista en crisis que conoce casualmente, durante un vuelo trasatlántico, a una religiosa.

Entre ambas comenzará a fraguarse una contrastada amistad que abrirá la puerta a las confidencias. Por un lado, la escritora confesará a la monja sus miedos y traumas, su estilo de vivir a caballo de una actualidad o presente que devora todo sentimiento, deglutiéndolo con la corrosiva saliva de la ansiedad.

En justa compensación, la religiosa le irá contando su vida. Su díficil infancia en un pueblecito colombiano y su ingreso en una orden que, a partir de la promesa de los votos, dispondrá de ella en el conjunto de sus horas y de todo su ser.

Será en el testimonio de Greta, la monja, donde la autora acierte a profundizar en un personaje lleno de secretos.

De sacrificios, para empezar, porque la vida espiritual de Greta no se limitará a la oración o comunicación con Dios, y a la felicidad que ese amor pueda comportar, sino que estará marcada por la decepción de un sistema o regla tendente a anular toda libertad y conciencia, excepto la obediencia debida, hasta extremos de servidumbre, a una serie de dogmas acerca de los cuales Greta comenzará a dudar.

En esas dudas razonables y razonadas encontrará la autora el material, el filón de una novela que no es fácil, ni complaciente, ni políticamente correcta, pero que, por eso mismo, es comprometida e interesante, amén (nunca mejor dicho) de bien escrita.