+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario El Periódico de Aragón:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
 
   
 
 

Con la moral por los suelos

En una política de mercado, el cliente tiene siempre la razón y los políticos se la dan para llevarse los votos.

 

JOSÉ BadaJOSÉ Bada 11/05/2010

Para servir a los ciudadanos hace falta mucha moral. Otra cosa es si se quiere entrar en política "para forrarse", como dijo aquél. O para hacer carrera política; es decir, para colocarse bien: que para eso basta con un poco de suerte, olfato, habilidad, cómplices y más ambición que escrúpulos morales.

Ambición y moral no son lo mismo, pero se parecen mucho. Hablo de la moral del Alcoyano, que no excluye la ética, o de IU, que tampoco. Me refiero a la fuerza moral, al valor, al coraje, al ánimo más que al alma. Me refiero a la "virtú" que aconsejaba Maquiavelo al príncipe, y que necesitan también para gobernar los políticos honestos sin menoscabo de las virtudes morales.

Cuando se arma la de Dios es Cristo por aquello de la corrupción, los "políticos de casta" --o "animales políticos" de pura sangre-- saben que después viene la calma y que no hay medios malos si los resultados son buenos para la mayoría de los gobernados. Saben incluso que el fin no justifica los medios, claro. Y es por eso mismo que se olvidan de los medios injustos quienes ya han alcanzado con ellos sus fines, mientras que la oposición los recuerda y utiliza el escándalo para alcanzar los suyos. Todos hacen lo que pueden --y demasiados lo que no deben-- para conseguir lo que quieren.

Me pregunto qué será de Zapatero si los brotes verdes se agostan. Y qué ha de pasar en las próximas elecciones: si ha de ganar el PP a pesar de todo lo que está cayendo y si no veremos después florecer el palo de Rajoy, como la vara de San José, si la derecha tiene la suerte de que pase la crisis sin hacer nada.

Conscientes de la situación tal cual es, una llamada a la participación ciudadana no puede ser una prédica utópica y oportunista contra la clase política. En una política de mercado, el cliente tiene siempre la razón y los políticos se la dan al electorado para llevarse los votos. No conozco a ningún político de clase que no halague al pueblo. A todos les gusta el fútbol ¡qué simpáticos! Y más de uno, si es preciso, dejaría antes la sesión que el partido. Lo malo es que el pueblo lo entiende y el vulgo se deja querer. O la masa, que es aquella que se rebela como ya dijo Ortega.

No obstante debería preocuparnos más la fuerza moral, que desfallece, que la prédica de la ley moral que todos conocemos. Y más la desmoralización de los ciudadanos y su desentendimiento de la política que el desconocimiento de las reglas y principios de la democracia. El mayor peligro hoy es romper la baraja, no porque se olviden las reglas o no sirvan sino porque no se cumplen. Después de los políticos corruptos que infringen las leyes, lo que desmoraliza a los ciudadanos es el cinismo y la proliferación de códigos éticos y de otras leyes como único remedio para que... tampoco se cumplan. Y lo que más alienta a los políticos corruptos es, por el contrario, el pasotismo de los ciudadanos.

Decía Pascal que nuestra dignidad consiste en el pensamiento y que eso es lo que debe preocuparnos: "Trabajemos, pues, en pensar bien, he aquí el principio de la moral". Y la gente dice que lo último es perder la cabeza. Sin embargo no es la demencia lo que degrada al hombre, si no lo que le quita las ganas de pensar. El hombre es una caña que piensa y, si no piensa, incluso menos. No hace falta decir que "pensar bien" no es solo tener buenas ideas sino ideales y, sobre todo, acordarse o pensar en los demás. Aún así, dicho pensamiento es solo el principio. La moral humana y ciudadana crece y se alimenta con la participación política del pueblo soberano. Y muere en la cuna apenas nace, apenas alienta, si los gobernantes solo esperan de los ciudadanos el voto, su aprobación y el pago de los impuestos. Como en el teatro el aplauso del público y el pago de la entrada, o en la iglesia el amén de los fieles y su limosna.

Cuando nadie espera que el pueblo piense, y menos aún que participe, todo lo que se haga desde el gobierno caerá bajo sospecha de que se hace para los gobernantes. Halagar al pueblo soberano sin tenerlo en consideración es un engaño y un lujo que la democracia no puede permitirse, igual --pero mucho peor-- que honrar al rey que no gobierna en la monarquía parlamentaria. Eso es lo que desmoraliza más a los ciudadanos y desprestigia a un colectivo que comparte ya con los okupas el mayor desprestigio social.

Filósofo