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La rueda

No nos gusta el final

 

CARE SANTOS
22/05/2019

Algo nos pasa a los seres humanos con los finales. Nos interesan, no toleramos que nos defrauden. Ponemos en ellos grandes expectativas. Da lo mismo que un libro o una película o una serie de televisión nos haya deparado momentos de felicidad infinita; si no nos gusta el final, los recordaremos como algo fallido, decepcionante. De los tres tipos de finales posibles -feliz, traumático o agridulce-, solemos preferir el primero. El cine comercial y la mala literatura demuestran hasta qué punto. Acaso este gusto guarde relación con el frustrante hecho de que en la vida casi nunca advertimos la presencia del final (hasta que es demasiado tarde). O tal vez es que los desenlaces nos permiten creer que las cosas tienen sentido.

Juraría que cuanto más larga es la ficción más esperamos del desenlace. Como si tuviera que confirmar lo que hemos sospechado durante mucho tiempo, o compensarnos por las horas invertidas. Sorpresas, las justas, y siempre con tiempo para asimilarlas. Los giros inesperados y la falta de respuestas nos enfadan. Si el personaje al que adoramos durante siete temporadas se vuelve de pronto un psicópata sanguinario, nos deja desolados y faltos de recursos. Como la vida misma, por cierto, donde a menudo las cosas ocurren sin más motivo. Aunque, claro, a la vida no le pedimos tanto como a la temporada final de Juego de tronos.

Porque sí, en efecto, de esto va esta columna. Desde el final de Lost no se había visto tamaño descontento en las redes. Las hordas de fans cabreados se parecen al Ejército de la Noche en fiereza e irreductibilidad. No hay argumento que les conforme. Incluso piden, convencidos, que se vuelva a filmar la octava temporada. Tal vez ignoran que el disgusto por el final es connatural a la especie humana. Y que tal vez, como ha dicho Stephen King en un lúcido y muy criticado tuit, lo que nos molesta de Juego de tronos no es cómo termina, sino que termine.

*Escritora