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SALA DE MÁQUINAS

El ‘no’ de las niñas

El patriarcado ha pervivido en nuestro país, adaptándose astutamente a la democracia

 

Fragmento de la portada de una de las ediciones de 'El sí de las niñas'. -

Juan Bolea Juan Bolea
07/04/2021

La lectura o relectura de El sí de las niñas de Leandro Fernández de Moratín nos invita a pensar cuán cercano a nuestro tiempo estuvo el patriarcado feudal. A tiro solo de unas pocas generaciones, hacia principios del siglo XIX, en 1805 concretamente, Moratín exponía de forma melodramática, en su popularísima obra teatral El sí de las niñas, una situación familiar e íntima, frecuente en la sociedad de la época, en la que colisionaban obediencia y amor.

Dicha comedia de enredo plantea un equívoco entre tres personajes: un tío, su sobrino y la enamorada que ambos, sin saberlo, comparten.

El adinerado tío, don Diego, le lleva a la muchacha treinta años largos, pero, al contar con la complicidad de la madre, favorable a un casamiento de conveniencia, aspira a desposarla soñando con hacerla, más que feliz, madre de sus hijos. Pero Paquita, según era y es fácilmente comprensible, no estaba enamorada de él, sino de su sobrino Carlos, hombre apuesto y de su edad.

Pero Carlos, una vez su tío y él, tras numerosos enredos, se han franqueado mutuamente y puesto las cartas sobre la mesa, reconociendo hallarse ambos prendados de Paquita, se muestra no obstante dispuesto a acatar la autoridad patriarcal y a retirarse del campo, dejando de hacer competencia a su tío en el corazón de Paquita y liberando el terreno al veterano galán para que sin mayores obstáculos y a la mayor brevedad pueda casarse con Paquita. El sacrificio del joven Carlos, y esto es lo que más llama la atención, no es asumido por su parte debido a imposición o castigo alguno, sino como un natural acatamiento a la incontestable autoridad de quien en su clan representaba el patriarcado.

Tendrá que ser, finalmente, el propio don Diego quien, al darse cuenta de la sinceridad de los sentimientos entre ambos jóvenes, de la fuerza de su amor, les animará a que sean felices y libres, renunciando a sus pretensiones amorosas y potestades familiares en lo que parece anunciarse como un nuevo tiempo, acaso una nueva España.

El afrancesado Moratín murió en Francia sin ver sus reformas, pero el patriarcado ha pervivido en nuestro país, adaptándose astutamente a la democracia y manteniendo oscuros privilegios. El no de las niñas seguirá siendo necesario para que los viejos patriarcas dejen de actuar en nuestro teatro. 

 
 
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