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La firma

¿Paraísos o cuevas de bandidos?

El dinero se oculta en estos países para evadir impuestos o para blanquearlo

 

¿Paraísos o cuevas de bandidos? -

Antonio Piazuelo Antonio Piazuelo
07/04/2019

El 3 de abril se celebra un curioso aniversario, además de ser la fecha en la que los Reyes Católicos recibieron con honores a Cristóbal Colón después del descubrimiento de América, en una Barcelona donde no había lazos amarillos ni proclamas republicanas. El aniversario al que me refiero es mucho menos importante pero también muy significativo, y causó graves dolores de cabeza a gentes muy principales: tal día de 2016 se publicaron en 109 medios de comunicación de todo el mundo los Papeles de Panamá y salieron a la luz con ellos las vergüenzas de muchos capitostes. Con ese motivo, se ha elegido la fecha del 3 de abril para celebrar la Jornada Mundial de Lucha contra los Paraísos Fiscales.

¿Y qué mejor forma de celebrarlo que hacer algunas reflexiones sobre el asunto? Son estos, los paraísos fiscales, unos curiosos tinglados de los que todo el mundo abomina hasta el punto de que tener una cuenta en ellos, por muy legal que sea, es causa de dimisión para ministros y similares en casi todos los países democráticos. Todo el mundo abomina de ellos, digo, pero nadie mueve un dedo para desmontarlos.

Para que nos hagamos una idea de lo que estamos hablando, recurriré a las cifras que aporta el economista Joan Josep Bosch, miembro de ATTAC, en el diario Noticias de Navarra.

La deuda pública de todos los países del mundo se cifraba hace un año en 58 billones de dólares y, cuando hablamos de todos los países, nos referimos exclusivamente a los países ricos. A los pobres no les presta nadie. Pues bien, si todos los países están endeudados… ¿quiénes son y dónde están los acreedores? ¿Es imaginable que unos pocos hayan prestado 58 billones a unos estados que representan el 98% de la población de nuestro planeta? ¿De dónde sacan tanto dinero esos pocos?

Por supuesto que no es así. Según Tax Justice Network, los paraísos fiscales albergan unos 32 billones de dólares que, obviamente es un dinero que no se ha generado en esos pequeños países ni responde a ninguna producción propia. Es un dinero que tipos sin escrúpulos de todo el mundo han ocultado en ellos por alguna de estas dos razones: para evadir impuestos en el país donde realmente se ha generado esa riqueza, o para blanquear un dinero procedente de actividades delictivas que pueden ir, desde el narcotráfico o la trata de seres humanos, hasta el cobro de comisiones ilegales por concesiones de obra pública, y de ello tenemos cierta experiencia por aquí. O por las dos razones, que es lo más común: para blanquear y para evadir.

Muy cerquita de aquí, cuando los políticos se empeñan en discutir la soberanía de Gibraltar, si es español o inglés, no puedo evitar contestarme a mí mismo: Ni español, ni inglés, Gibraltar es uno de los patios traseros de la delincuencia internacional. Con poco más de 30.000 habitantes, las autoridades tributarias españolas tienen contabilizadas hasta 30.000 empresas (una por habitante) y la Policía que investiga estos asuntos las eleva hasta las 80.000. O, lo que es lo mismo, que en menos de 7 kilómetros cuadrados se apelotonan empresas a razón de más de 10.000 por km2. El disparate es de tal magnitud que asombra. Y cuando, tras una investigación policial, alguien señala las actividades delictivas a las que se ha dedicado alguna de ellas no puedo evitar acordarme del gendarme corrupto de la película Casablanca que, tras cobrar sus ganancias procedentes de la ruleta trucada y clandestina del garito de Rick, exclama escandalizado: ¡Qué horror! ¡He descubierto que aquí se juega!

Porque es ahí donde está la clave del escándalo. Todo el mundo sabe cuáles son esos paraísos, dónde están y a qué se dedican. Acabar con ellos mediante una acción decidida de la Comunidad Internacional (nuevas legislaciones internacionales, represalias y sanciones a los países y a los bancos que los favorezcan o se lucren de ellos…) sería muy sencillo, si no fuera porque muchos miembros de esa comunidad internacional son, ellos mismos, paraísos fiscales o los albergan en su territorio con algo que oscila entre el cinismo y la desfachatez. Porque los paraísos fiscales no están solo en islas remotas del Caribe. Un estado de EEUU (Delaware) es uno de ellos. Y numerosos territorios, insulares o no, del Reino Unido. Y países enteros que pertenecen a la Unión Europa, como Luxemburgo y Holanda (no se queda atrás Irlanda). Y anacronismos como Liechtenstein y Andorra, sobre los que nadie parece tener el menor interés por discutir. Y, ¿cómo no?, Suiza, a pesar de las reformas que ha ido introduciendo en su opaco sistema bancario… que solo lo hacen ligeramente más transparente y, si no, que se lo pregunten a esos jueces que se pierden en interminables procedimientos legales para conseguir una información vital para sus investigaciones.

El debate, enmascarado de liberalismo económico, según el cual no hay ilegalidad en mover capitales por el mundo (paraísos fiscales incluidos) es solo una muestra más de fariseísmo. En una reciente entrevista, el economista argentino Jorge Fonseca afirmaba algo tan poco discutible como lo siguiente:

«En todo el mundo, los que no tenemos actitudes cómplices con la corrupción sabemos que una persona solo abre una empresa offshore para evadir impuestos o lavar dinero». Cuando el entrevistador le pregunta si solo lo hace para eso, Fonseca responde con un sentido común apabullante «¿Para qué, si no? Las otras argumentaciones son pretextos: una offshore solo sirve para operar con dinero oscuro».

Entonces, si está tan claro que esos instrumentos, financieros o empresariales, que proliferan en los paraísos fiscales solo sirven para delinquir, ¿por qué los gobiernos de los países que pueden hacerlo no se ponen manos a la obra sino que, antes bien, protegen la existencia de esos mecanismos que esquilman las arcas públicas, esas arcas que ellos deberían ser los primeros en defender? Me temo que la respuesta a una pregunta tan sencilla nos llevaría muy lejos. Pero me temo también que casi todos los ciudadanos que, como dice Jorge Fonseca, no tenemos actitudes cómplices con la corrupción la conocemos.

Modestamente sugiero algo que sería más fácil. Cambiémosles el nombre. ¿Paraísos? Lo serán para unos pocos, pero son el infierno para los muchos más a quienes roban, defraudan y, en los peores casos, matan, o violan, o convierten en drogadictos. Mejor que paraísos fiscales, cuevas de bandidos. Como aquellos islotes, también del Caribe, donde los piratas ocultaban el producto de sus fechorías.

*ATTAC Aragón