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Polvos / lodos

No nos vendría mal por estos pagos un poco de ética puritana como la de los protestantes

 

IAN Gibson
05/11/2014

Juan José Millás dice que nos estamos quedando sin palabras para expresar la desmoralización de despertarnos cada mañana con un nuevo caso de corrupción o desfachatez en las instancias políticas, bancarias y hasta sindicalistas. Tiene razón, las revelaciones que se van produciendo día tras día, con brutal implacabilidad, nos están abrumando. Y, lo que es peor, arruinando la esperanza que habíamos depositado en nuestros representantes para sacar el país adelante después de la larga noche de la maldita dictadura de 40 años. El sistema huele a putrefacción y la gente ya va diciendo que aquí da igual quién está en el poder, que todos son unos chorizos, unos caraduras. Que los políticos, sin excepción, son una caterva de pringados y ladrones.

EL ESCÁNDALO de las tarjetas opacas de Bankia ha sido algo así como el mazazo definitivo que se nos ha asestado: la demostración contundente de que en las alturas nadie es fiable, de que la cúpula dirigente nos está llevando al desastre material y moral. Las cantidades alegremente despilfarradas por los invigilados señores del dinero a quienes nadie les ha pedido nunca cuentas hasta ahora, cuando han sido pillados con las manos en la masa son tan exorbitantes, tan astronómicas, tan indecentes, que casi vamos perdiendo las ganas de seguir luchando. ¿Cómo es posible que esto haya podido ocurrir en una sociedad que se enorgullecía de haber construido una transición modélica desde la dictadura hasta la plena democracia, que se congratulaba de estar en el club europeo y en el mundo?

Lo realmente terrible es tener que reconocer que no se trata de algo nuevo, sino todo lo contrario. Polvos lejanos han traído estos lodos. Recuerdo con tristeza haber señalado, en un artículo publicado en tiempos de la hegemonía de Felipe González (titulado ¡No es eso! ¡No es eso!), que ya empezaban a aflorar graves síntomas de corrupción en las filas sedicentemente socialistas, tan pagadas de su aplastante mayoría absoluta y tan confiadas en su permanencia en el sillón.

Me referí entonces a la tradición picaresca española, que se remonta por lo menos hasta el siglo XVII y que, por desgracia, los ciudadanos en general, no solo sus líderes de turno, llevan metida y requemetida en los genes (condición reforzada, y mucho, por el franquismo, de naturaleza corrupta). Y ello, según razona Américo Castro, porque en España apenas ha habido nunca seguridad de nada, con lo cual quienquiera que obtiene un poco de poder tiende a utilizarlo, sabiendo que durará poco, en provecho suyo y de los suyos. Ha habido, creo que es indudable, un inquietante nivel de tolerancia hacia quienes logran saltarse a la torera las reglas, forrarse de dinero y salir ilesos de la aventura. Incluso, hasta no caer, han suscitado admiración los Mario Conde, Ruiz-Mateos y congéneres.

Me ha confirmado en estas apreciaciones la relectura de dos descomunales textos de Quevedo, El Buscón y, sobre todo, Visita de los chistes, quizá el más devastador de Los sueños. En la tal visita onírica la palabra desengaño es clave, así como la convicción de que la manía de acumular dinero constituye el pecado mortal por excelencia. Aparece ante el soñador, en forma de hermosa mujer, La Muerte. Anuncia que le va a mostrar el Infierno. Él contesta que ya lo conoce. Ella quiere saber dónde. Está claro, "en la codicia de los jueces, en el odio de los poderosos, en las malas intenciones, en la vanidad de los príncipes...". Y, sobre todo, en la hipocresía de los mohatreros (árabe: defraudadores) de las virtudes, "que hacen logro del ayuno y del oír misa".

HE OÍDO con frecuencia opinar que tiene no poco que ver con la corrupción que padece España el catolicismo y, específicamente, la institución de la confesión. Los protestantes no disponen de esta diabólica válvula de escape para pecadores reincidentes. Hay que vérselas a solas con Dios, y no siempre se tiene la certidumbre del perdón. No vendría mal por estos pagos un poco de ética puritana. No sé si Javier Rodríguez, todavía consejero de Sanidad de Madrid, es católico practicante. Ignoro si se arrepiente de verdad de haber tachado de posible mentirosa a Teresa Romero. Lo que sí sé es que una persona capaz de decir lo que dijo él y luego que no le importa dimitir, si hace falta, ya que, "afortunadamente, como médico, tiene la vida resuelta", no conservaría dos minutos su puesto en Inglaterra o Alemania.

Menos mal que ha surgido Podemos. Con el ímpetu que llevan estos chicos, los pactos electorales con las demás fuerzas progresistas parecen inevitables y, con ello, la derrota contundente del partido que actualmente gobierna con mayoría absoluta. Que nadie me quite, por favor, esta ilusión.

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