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Tercera página

Razón y fe

El que solo piensa para no creer ni siquiera está a la escucha. Puede que oiga, pero escuchar es otra cosa

 

Razón y fe - GREGOR

José Bada José Bada
07/02/2020

Hay quien piensa para no creer, y hay quien cree para no tener que pensar. Unos y otros son la cara y la cruz de la misma medalla, o moneda. Pero se dan la espalda y no se encuentran, son incompatibles. Unos saben demasiado, y se lo creen. Y otros creen a ciegas, tienen fe en la fe y eso ya no es creer sino agarrarse a un clavo ardiendo. La fe si no es razonable es tan falsa como la razón engreída que no resulta ya fiable. Pensar sin ninguna duda es tan arriesgado como creer con los pies juntos. Eso no es discurrir , y así no se va a ninguna parte. En cambio si se abren, no solo caminan sino que en el camino pueden encontrarse los que piensan y los que creen. Que lo uno no quita lo otro.

La apertura es la pregunta. No una pregunta retórica, que eso es una pose o postura que ahí se queda. Ni un empeño cerril o encerrado como una piedra de tropezar, que eso es un escándalo. Sino la pregunta que nos abre y permanece abierta en el camino que hacemos al caminar. Que existe, que no insiste o está a verlas venir: que sale, que va… Que así existe la existencia, claro; es decir, la pregunta bien plantada y sin raíces. La vida que va con los pies descalzos hacia delante, la que avanza humildemente. La que llevamos y nos lleva. La pregunta que a todos nos concierne. Una pregunta práctica y practicante, la que somos: el problema, y no el tema. Ni un evento sobre el que habla la gente, ¡anda ya! La existencia es muy personal.

Como ya dijo san Anselmo, hay que creer para pensar y hay que pensar para creer. O como podríamos decir nosotros, hay que pensar con una razón cordial y creer con una fe razonable. Una razón cordial no piensa sin duda alguna, y una fe razonable tampoco cree sin ninguna duda. Y así, bien entendido, ambas se encuentran en la pregunta. No solo mirando a través de ella, que algo nos dice la pregunta como respuesta a una llamada. Que nadie pregunta sin saber en absoluto nada de aquello por lo que pegunta. Sino sobre todo como existencia que es la pregunta abierta en la vida misma, en la experiencia. Como sentido en el camino y del camino. Como sentido que se adivina y se presume, que se recibe como prenda anticipada y como gracia al ser humano como potencia obediencial en ejercicio. Que eso es existir: abrirse, escuchar y responder a la llamada de los otros y al Otro de todos nosotros.

Es así como pensaba mi maestro K. Rahner del ser humano, no tanto como animal racional o capaz de hablar sino primero y también como capaz de escuchar al otro; ya sea la palabra o el silencio, que es muy libre ese misterio. No menos que nosotros para creer responsablemente. Lo que no vale es dejar de escuchar, ni tan siquiera a los otros. Eso de no escuchar a nadie, ni al mismo Dios, y por supuesto a los otros nos embrutece. No es menos hombre el que menos habla, sino el que menos escucha. Sin olvidar que frecuentemente hablan más y más alto –para que les oigan todos, oye– los que no escuchan a nadie. De todos modos lo que quiero decir es que lo importante, lo que nos humaniza, es escuchar a los otros y estar abiertos, atentos, para escuchar al mismo Dios si viene al caso.

El que solo piensa para no creer ni siquiera está a la escucha. Puede que oiga, eso sí, pero como quien oye llover. Que los oídos, de no estar sordo, están siempre abiertos para eso. Pero escuchar es otra cosa, y creer por supuesto. La fe no entra por el oído, sale del corazón cuando se escucha. Y es libre como el amor, libre y responsable. Y el que solo piensa para no creer ni siquiera piensa, o solo hasta cierto punto; sin hacerse cargo de la pregunta que a todos nos reúne como el suelo. Y el que solo cree para no pensar ni siquiera cree o –mejor– no cree en Dios, que a todos nos acoge como el cielo. Mientras tanto, no tenemos aquí ciudad permanente. Lo razonable entonces es pensar y creer cordialmente. Que lo uno no quita lo otro, y la razón tiene sus raíces en el corazón. Ni la razón atenta se va por las ramas ni el corazón abierto se hunde en un agujero. Van juntos en el camino. De la mano, en la existencia que no insiste sin duda alguna y que peregrina siempre a trancas y barrancas poniendo la esperanza a trabajar.

*Filósofo