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Sala de máquinas

Los apaches se empadronan en Madrid

 

JUAN BOLEA
03/02/2014

Hay historias que prenden sin que se sepa muy bien por qué, si por el protagonista, el tono o la voz; si por el argumento, sus efectos o el desenlace. El caso es que gustan, que se dejan leer con un creciente interés y que, cuando se lleva bien avanzada la trama, el lector reconoce que la historia es realmente buena y que ha valido la pena sumergirse en ella.

Así sucede en Apaches, por ejemplo, de Miguel Sáez Carral, que esta semana ve la luz en el sello Planeta.

Esos apaches a que el título hace referencia son un grupo de marginales de un distrito periférico de Madrid. Jóvenes apegados a la ley del barrio, sin otro futuro que delinquir e ir trampeando por la vida adelante, un palo aquí, un butrón allá, sorteando siempre las luces de la policía Sus caracteres, Sastre, Dela, El Chatarrero, son convincentes, muy realistas, precisos y vivos, pero hay uno, Miguel, que es diferente. Pertenece al barrio, pero su posición, como hijo de un joyero, le hubiera permitido a aspirar a algo más en la vida... de no haberse cruzado en la suya una fuerza muy parecida al destino.

¿Qué es, si no, lo que le remueve las entrañas, lo que condiciona sus actos? En parte, quizás, una venganza pendiente, limpiar una vieja ofensa contra su padre, pero yo sospecho que en su devenir como personaje, o como la persona de carne y hueso que en todo momento parece, hay algo más, abajo y arriba: esa fuerza extraña, espiritual, que lleva a un hombre al viaje, a la tragedia, a la búsqueda.

El alma apache de Miguel no se conforma con pastar en la rutinaria pradera. Quiere sentir el viento de la guerra y deshilachar su entidad sagrada en emociones humanas, hasta averiguar cuál es su tribu, quién es su dios. En ese solitario cabalgar bajo la noche será donde los más románticos nos identificaremos con Miguel, con su visceralidad, con su vacío, y caminaremos junto a él en una dirección que, en principio, no lleva a ninguna parte, pero que tal vez, de improviso, cuando el cansancio ya sea irresistible, abra una puerta, encienda una luz, muestre otra ruta.

Al margen de esta lectura, tan subjetiva por mi parte como únicamente sugerida por el autor a través de la tensión argumental, Apaches se lee como una novela de acción, como un thriller, realmente, como una épica aventura literaria que dejará nuestra memoria poso y, tal vez, la llamada del destino.

 

 
 
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