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Salvar las diferencias

El respeto puede convertirse en recelo y este, un instinto básico de supervivencia. ¿Eso sienten los catalanes?

 

Salvar las diferencias -

JOSÉ Bada
18/04/2014

La lengua en la que hablamos y conversamos habitualmente no es solo un medio de información sino una forma de vida y en cierto modo el medio en que habitamos, que nos envuelve como la piel de la cultura en la que estamos inmersos. Y en tal sentido esa lengua es una parte muy importante de la identidad colectiva, aunque no basta para definir por si sola la identidad de una nación. Confundir los límites de una comunidad lingüística con los nacionales es tan absurdo como pretender ajustar el dominio político sobre un territorio a los dominios de una lengua.

Las lenguas son por otra parte como las golondrinas, como el aire, como el espíritu y las noticias que no respetan fronteras. Ni más ni menos que los emigrantes imparables que las traen consigo cuando saltan las vallas en Melilla o el capital apátrida que invierte sin dificultades donde le conviene.

Las lenguas --sobre todo en un mundo global-- han de ser para entenderse con todos y no para desentenderse o no entenderse con otros. Hacer de ellas una bandera contra los otros o una camiseta para eliminarlos, es una perversión y una barbarie: es utilizarlas para marcar el territorio como los animales salvajes. La lengua en la que aprendemos a hablar y a escuchar por vez primera, la lengua materna, es para los seres humanos la madre de todas las lenguas y el acceso natural a cualquier otra.

Desde el punto de vista de los aragoneses españoles que hablamos catalán, los que no lo hablan aguas arriba del Ebro son españoles de Iberia de lengua castellana. Y los que hablan como nosotros aguas abajo, son españoles de lengua catalana. España no es una túnica sagrada inconsútil ni una piel de toro de una pieza, sino más bien una delicada alfombra en cuya confección se han utilizado todos los retales: una obra de arte, de Patchword, como las presentadas recientemente en el X Festival Internacional en Sitges. Cataluña es un pedazo de España, y la cuestión catalana un problema de encaje de las diferencias dentro del Estado español.

Los herederos de la Corona de Aragón no deberíamos pleitear por la herencia, como pasa a veces en las mejores familias. Al contrario, llegados al final de la historia --al cabo de la calle de todas las historias particulares-- y situados sin retorno en la plaza de Europa y aún del mundo entero, del mundo global, nos guste o no nos guste solo podemos progresar si entramos juntos en la historia universal. Los herederos de la Corona de Aragón deberíamos aportar a la historia de una humanidad sin fronteras la experiencia, el seny, el pragmatismo y la voluntad de pacto de la que hicieron gala nuestros antepasados.

Salvar las diferencias es el reto y el problema de todos los españoles. La solución no es ya la unidad nacional impuesta que las allana desde el poder central, ni la negligencia pasota de un gobierno que difiere ad calendas graecas una respuesta política necesaria, ni el enfrentamiento que a todos perjudica. La solución no es la separación, la distancia o el distanciamiento, ni tan siquiera el elogio calculado de las diferencias para meter a cada uno en su casa o reenviar a los emigrantes a su patria para salvarlas. Pero si eso no es la solución ni el mestizaje tampoco y si --como piensa Lévi Strauss, XVII Premi Internacional de Catalunya en el año 2005-- no es posible la vida ni el progreso de la humanidad sin las diferencias y la comunicación en las que estas se pierden si se prolonga demasiado, no queda más remedio que vivir en Babel con reservas: guardando las debidas distancias en el mundo de la vida cotidiana.

 

DE MODO QUE el respeto ya no sea más que el recelo y este un instinto básico de supervivencia. ¿Es eso lo que sienten la mayoría de los catalanes y lo que piensan los nacionalistas que los gobiernan? Quisiera creer que no. Llegados a este punto pienso en los tambores de Alcañiz, la Ciudad de la Concordia. Una vez más saldrán de casa las almas este Viernes Santo con su tambor, se unirán gota a gota hasta llegar a la plaza como los ríos al mar y allí se juntarán todos y se ajustarán al son de los otros en un acorde como preludio y presagio del Pregón que anticipa ya el encuentro de la Madre con su hijo, el resucitado, que celebrarán también en esa plaza el próximo domingo. Sin ese ajuste y esa concordia, en la que las diferencias se salvan, todo lo demás es ruido, dar la matraca y tocar el bombo en este mundo. Estar a la altura de las circunstancias no es levantar fronteras sino poner en alto la dignidad humana en todas partes. Sin el reconocimiento mutuo de esa dignidad, sin la deferencia debida, no salvaremos la convivencia pacífica y nos hundiremos en la miseria. Filósofo

 

   
1 Comentario
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Por enrique 13:51 - 18.04.2014

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No hay vuelta de tuerca que sacie al nacionalismo dirigente y embaucador. El nacionalismo sin mando en plaza, como tara, es la búsqueda desenfrenada de lo siguiente. La ayuda, pp y psoe asfaltando el camino a cambio de intereses y gobernación. Y como a la gente le gusta que le mientan, el cóctel resultante es explosivo. La historia del ser humano no es de besos y de invasiones a abrazos. Y es el diseño el mayor inconveniente, para cualquier empeño, hay que contar con humanos. No hay planes con robots, aunque la partitocracia quiera que nos comportemos como tales. Lo siguiente serán las fronteras, esos sí, de nacionalismo hacia afuera.