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La firma

Sin pelos en la lengua

Hay una guerra de clases de los más ricos contra los más pobres, según la socióloga Pinçon-Charlot

 

Sin pelos en la lengua -

Antonio Piazuelo Antonio Piazuelo
06/01/2019

Desde hace algunas fechas circula por internet un vídeo protagonizado por una socióloga francesa llamada Monique Pinçon-Charlot (muy conocida en su país y mucho menos entre nosotros), que recomiendo vivamente a quien todavía no haya tenido ocasión de echárselo a la cara. Madame Pinçon-Charlot tiene 72 años muy bien llevados y está jubilada, según la Wikipedia, como directora en el Instituto de Investigación sobre las Sociedades Contemporáneas de la Universidad París-VIII. Pero, jubilada o no, su cabeza funciona con una claridad que resultará envidiable para la mayoría de los analistas más jóvenes que a diario intentan explicarnos el proceloso mundo que nos rodea (sin conseguirlo, en la mayoría de los casos). Y, además, posee una peculiaridad fisiológica que cada día es más infrecuente: carece de vello en una parte de su anatomía fundamental para hacerse entender. Es decir, que no tiene pelos en la lengua.

Para Madame Pinçon-Charlot, la violencia que a menudo se manifiesta en nuestras sociedades (los chalecos amarillos, tan cercanos a ella sin ir más lejos) no tiene ningún misterio. Ni sobre sus orígenes, ni sobre quienes la causan. Quien siembra la miseria cosecha la ira, afirma. Entre los politólogos de nuestros días tal vez resulte toda una novedad pero, hace más de dos siglos, nadie se extrañó de que los sans culottes asaltaran la Bastilla y pusieran a funcionar la guillotina después de que María Antonieta, advertida por uno de sus consejeros de que los parisinos protestaban porque no tenían pan, dijese alegremente: «Pues que coman cruasans».

Esta señora coincide con Marx en que el motor de la historia es la Guerra de clases, pero difiere del alemán en un detalle. Marx consideraba que esa lucha era la que libraban los desheredados de la tierra contra los ricos. Pinçon-Charlot opina lo contrario: «Hay una guerra de clases que libran los más ricos contra los más pobres», dice, y desmonta de un plumazo uno de los paradigmas más queridos de la derecha política y de los poderosos: la responsabilidad de la violencia, cuando desborda los límites, es de los menos favorecidos que, en lugar de quejarse educadamente de su triste destino, incendian las calles. No. Las calles las incendian hipócritamente quienes, por egoísmo y avaricia, condenan a la inmensa mayoría de la Humanidad a la miseria, el dolor, el hambre y a una vida en la que la palabra dignidad (o la palabra amor, como decía el poeta Victoriano Crémer) estalla.

Una parte central de su pensamiento, con la que no me queda más remedio que estar de acuerdo, consiste en poner de relieve algo de suma importancia: la forma en que son tratados los trabajadores por parte de las empresas hoy día. Para Pinçon-Charlot, a los trabajadores se les considera exclusivamente como uno de los costes del negocio, un recurso productivo más, una materia prima que añade valor a otras materias primas.

No es casual, ni inocente, que aquellos antiguos departamentos de Personal que había en las empresas (en los que, como su nombre indica, se trataba de personas) se hayan convertido en departamentos de Recursos Humanos. Se diría que los empleados han perdido para sus empleadores la condición de personas y son simplemente un recurso más de la empresa: recursos financieros, tecnológicos, humanos… Y, claro está, la lógica empresarial exige, para que sus precios sean competitivos, abaratar el coste de sus recursos. También el de los «humanos».

Nuestra socióloga se ha especializado en lo que ella llama la violencia de los ricos y cree, con toda la razón del mundo, que esa forma de entender las relaciones laborales, que el neoliberalismo considera más allá de toda discusión, casi un artículo de fe, está en el centro de una brutal violencia: la que ejercen los poderosos sobre quienes solo tienen su trabajo. Lo que sucede, dice, es que se trata de una violencia invisible, que se genera a puertas cerradas, en las salas de estar de ciertas lujosas mansiones, en los barrios caros de las grandes ciudades. Invisible, pero no menos efectiva ni menos cruel que otras clases de violencia.

Así pues, cuando las calles echan a arder y las imágenes de la revuelta alarman al civilizadísimo Macron y a nuestros jóvenes pimpollos de la derecha neoliberal, tan generosamente amamantados por las ubres del gran capital, conviene que no nos dejemos engañar por las apariencias y nos preguntemos cómo y por qué han llegado las cosas a ese extremo. Y, sobre todo, quiénes son los verdaderos responsables de ese desaguisado.

Tengo la impresión de que no hemos aprendido nada (o muy poco) de los siglos XIX y XX, de las formidables degollinas que sacudieron al mundo y que tuvieron un denominador común: la rebelión de inmensas masas de seres humanos, reducidos a la miseria, contra sus explotadores.

Por un momento, allá por la segunda mitad del siglo pasado, pudo parecer que los ricos del Occidente rico (o sea, los ricos entre los ricos) habían tomado nota y se habían avenido a aceptar un contrato social que permitió a esas sociedades crecer y desarrollarse en paz durante varias décadas. Un contrato que, sin grave merma de los beneficios del capital, sí los limitaba en cierto modo y los hacía compatibles con una serie de mejoras para los trabajadores. No vaya nadie a pensar que eran gollerías, no. Esas mejoras se resumían en poder vivir con dignidad a cambio de su trabajo, disfrutar de elementales derechos en su relación laboral y, lo más importante de todo: poder mirar al futuro con tranquilidad, tener el derecho a soñar que el día de mañana todo sería un poco mejor. Para ellos y para sus hijos.

Pero fue un espejismo. La codicia insaciable de los más ricos empezó a declarar una nueva guerra contra el resto de la sociedad hace más de treinta años y la ha llevado a sus peores consecuencias tras la última crisis. Hoy las cotas de desigualdad y las tasas de pobreza se comparan con las decimonónicas. Y todos piensan que el futuro aún será peor. Pinçon-Charlot cita al Papa Francisco: «Los obreros han pasado de un estatus de explotados al de deshechos». A veces resulta interesante escuchar al Papa. Y siempre lo es escuchar a Madame Pinçon-Charlot. <b>*ATTAC Aragón</b>

   
2 Comentarios
02

Por Betico 19:26 - 06.01.2019

Podría seguir, pero terminaré con la que para mí es la principal paradoja del artículo del bolchevique Palazuelo. Si las empresas y sus departamentos de personal son tan malísimos, ¿por qué los chalecos amarillos no se han movilizado en ningún momento contra los patrones opresores para solicitarles mejores condiciones de trabajo y aumentos de sueldo? Yo se lo voy a decir: por qué quieren seguir mamando de la teta del Estado, cuanto más mejor, cuanto más tiempo mejor. Y además, pagando menos impuestos. No es raro que tantos franceses los sostengan (vamos, eso dicen los sociólogos).Yo también quiero la luna. Esta mañana, Laurent Berger, secretario general de la CFDT, primer sindicato de Francia, decía que se puede (se debe) estar en contra de las políticas de Macron, pero que lo que está en juego ahora mismo es lisa y llanamente la democracia, y que eso es innegociable. Y le aseguro que Berger no es ningún catastrofista. En fin, más valía que muchos responsables políticos y opinadores fueran más responsables y dejarán de echar romericos al fuego.

01

Por Betico 19:26 - 06.01.2019

Antonio Piazuelo, el hombre que vivió del erario público desde 1978 a 2011, que colaboró en la modernización de España, pero también en la liberalización económica del país y su corolario de pelotazos, que sostenía gobiernos que se chuparon unas cuantas huelgas generales, nos sacude ahora un discurso marxista, un poco demodé pero bien contundente. Nunca le vimos con su bandera roja en su día, pero ahora que está de moda el análisis simplista y las soluciones mágicas, este faro de la izquierda aragonesa nos ilumina de nuevo. Citando a una socióloga harto conocida en Francia, e interesante, pero cuyo ámbito de estudio se reduce a la alta clase burguesa rentista de Neuilly-Passy. Piazuelo y su inspiradora quieren reducir a un enfrentamiento entre una clase media-baja depauperada y otra favorecida y mundialista, cuyo último avatar sería el “civilizadísimo Macron”, el conflicto de los “chalecos amarillos”, olvidando que éstos están, desde el principio y cada vez más, infiltrados por ultras de todo pelaje, que sus reivindicaciones (¿) son un batiburrillo de deseos individuales e individualistas, que Francia es uno de los países más igualitarios y redistributivos en el mundo, que cuando los periodistas nos presentan las biografías lacrimógenas de los pobres chalecos, éstos olvidan sistemáticamente sumar a sus salarios las diferentes ayudas contantes y sonantes que reciben, por no hablar de los servicios públicos de calidad y gratuitos.