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Solidaridad en los campos de la muerte

Deportados que consiguieron un destino 'privilegiado' se comprometieron para salvar a sus compañeros

 

JUAN MANUEL Calvo, Historiador. Amical de Mauthausen. Autor del libro Itinerarios e identidades. Republicanos aragoneses deportados a los campos nazis.
25/01/2013

En uno de los encuentros que mantuvimos en 2004, en Calanda, Pascual Castejón me explicaba su traslado desde el campo de Gusen al de Dachau, en noviembre de 1942, y el estado en el que se encontraba. Él --decía Pascual-- había sido un hombre de campo, fuerte y trabajador que en su vida normal, antes de la guerra y el exilio, pasaba de los setenta kilos de peso y entonces apenas alcanzaba los 38.

En Gusen había sufrido, como todos los compañeros de infortunio, los golpes, el miedo, la miseria, el hambre, el trabajo inhumano- y pensaba que no saldría vivo de aquella situación. El traslado podía haber acabado en la cámara de gas del castillo de Hartheim --donde fueron gaseadas 30.000 personas entre las cuales se encontraban unos 450 republicanos españoles--, pero la casualidad, la suerte o el destino, hizo que aquel transporte siguiese hasta recalar en Dachau.

Pascual se emocionó al recordar cómo identificó, entre los prisioneros que se acercaron a recibir a los recién llegados, a un viejo conocido de la guerra: "¿eres Juanito?", le preguntó, y al ver que no le reconocía, por el lamentable estado en que se encontraba, le aclaró: "Soy Castejón, de Calanda, nos conocimos en mi casa, cuando acompañaste a mi hermano en un permiso". Tuvo que interrumpir su testimonio por la emoción y tras unos segundos de silencio, Pascual continuó su relato asegurando, con voz firme, que aquel día volvió a nacer: "Juanito me decía, tú no te morirás, él robaba, estaba bien colocado y nos ayudaba, nos daba la comida que robaba".

"Juanito" no era otro que el brigadista internacional austriaco, Hans Landauer, un gran amigo de los deportados republicanos y con quien hemos coincidido en alguno de los viajes de homenaje al campo de Mauthausen. Gracias a la organización clandestina de los Brigadistas muchos republicanos --como Pascual-- pudieron celebrar su liberación en la primavera de 1945.

 

ESTE CASO nos sirve como ejemplo de la solidaridad que existió en los campos de la muerte, en medio de aquella sordidez y donde se evidenció lo mejor y lo peor de cada uno. No todos pudieron beneficiarse, ni todos fueron conscientes de la necesaria organización clandestina para llevarla a cabo. Deportados que consiguieron un destino "privilegiado" se comprometieron para salvar a sus compañeros. En el caso de los republicanos está la figura del catalán Juan de Diego, secretario de Mauthausen, y más próximos a nosotros citaremos solamente a Manuel Rifaterra (Alcorisa), al mando de un grupo de albañiles, y a los Casabonas (Sariñena), que desviaban las sobras de la comida de los SS, destinada a los cerdos, para socorrer a sus compañeros.

También encontramos rasgos de humanismo compasivo fuera de los campos, aprovechando la salida de los comandos de trabajo al exterior de los recintos cerrados. Ana Pointner, vecina de Mauthausen, al esconder las fotografías que los jóvenes españoles sacaron del campo, demostró su valentía y se atrevió a desafiar un entorno que le podía haber acarreado una desgracia a ella y a sus hijas. Solidaridad también en las fábricas, donde los deportados y deportadas realizaban su trabajo esclavo y coincidían, a veces, con trabajadores civiles libres, alguno de los cuales tenía la osadía de pasarles, a escondidas, noticias esperanzadoras de la guerra, un bocadillo o una simple manzana. La heroicidad se manifestó también en otros lugares, en pueblos y ciudades, en guetos, en embajadas. En este capítulo, el recuerdo del aragonés Ángel Sanz Briz (quien desde la legación española en Budapest expidió pasaportes y salvoconductos que salvaron a miles de judíos de la deportación) es tan inevitable como merecido.

 

UN AÑO más Amical de Mauthausen y Rolde de Estudios Aragoneses han unido sus esfuerzos para conmemorar, en las Cortes de Aragón, el Día Internacional en memoria de las víctimas del Holocausto y este año --siguiendo las indicaciones de la ONU-- se ha querido recordar a quienes, en aquellas trágicas circunstancias, hicieron lo posible para salvar vidas humanas. Los ejemplos que he puesto me parecen ilustrativos y con ellos he querido destacar cómo todo acto realizado, en aquella terrible situación, con la intención de ayudar, de acercarse al sufrimiento de los otros, de robar para paliar el hambre de los más necesitados, de mostrar palabras de aliento y de esperanza, se convertía --no lo dudemos-- en un acto de rebeldía y de resistencia. Los sujetos que los protagonizaban eran conscientes que ponían en riesgo su vida, pero se la jugaron. Una lección para el resto de la Humanidad, puesto que dio esperanzas a quienes ya nada esperaban y se hallaban rodeados por la sinrazón y la bestialidad. No, no todo se había perdido, todavía era posible encontrar rasgos de humanidad en medio de aquel infierno. Una lección, repito, para las siguientes generaciones si no somos capaces de olvidarla: cuando todo se pone en contra, cuando no se vislumbra la salida, cuando todo parece abandonarnos, la resistencia solidaria es el único camino.

   
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