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¿Una Democracia sin ciudadanos?

Wolin cuestiona si es posible la democracia cuando la cultura económica dominante fomenta la antipolítica.

 

MIGUEL MirandaMIGUEL Miranda 16/07/2009

Los nazis desarrollaron una forma extrema de politización. Los líderes martillaban incesantemente en la población la necesidad del sacrificio personal, de subordinar los intereses personales al bien de todos. Sin embargo, se trataba de una politización sin política. Suprimía enérgicamente la libre discusión pública, desalentaba la difusión de políticas alternativas y frenaba toda expresión de conflictos grupales. En lugar de una política de disputa abierta y compromiso público, los nazis aplicaron una política de favoritismo, intriga, ambiciones implacables y purgas periódicas dentro del partido y sus diversas tropas auxiliares (SA, SS, etc.). Allí, sin ser vistos, los individuos y las camarillas se disputan botines y prerrogativas de los cargos públicos". La cita es de Sheldon S. Wolin, un politólogo, profesor de la Universidad de Princeton, reconocido como el más destacado teórico norteamericano de la democracia. A lo largo de su obra se cuida mucho de decir que lo que ha pasado en Estados Unidos bajo el mandato de Bush, al que denomina George II, sea exactamente un proceso político similar al sucedido en Alemania, pero no por ello deja de hacer una crítica demoledora a la versión de la democracia que él analiza minuciosamente en Democracia S.A. La democracia dirigida y el fantasma del totalitarismo invertido.

SUGIERE que la democracia en los Estados Unidos nunca ha estado verdaderamente consolidada aunque se utilice como mercancía para justificar su intervención en diferentes conflictos bélicos. Introduce el concepto de "totalitarismo invertido" para denunciar que el verdadero rumbo de la política contemporánea conduce a un sistema político que es exactamente lo opuesto a la descripción que de él hacen la dirigencia política, los medios de masas y los oráculos de los think tanks; lo opuesto al ejemplo máximo de democracia.

Wolin se pregunta ¿qué hace que una democracia se convierta en un sistema no democrático o antidemocrático y en qué clase de sistema puede llegar a convertirse? Para contestarse esgrime el bisturí y disecciona con la habilidad del maestro cirujano el entramado ideológico y político que culmina con la desastrosa entrada en escena de George Bush. Sería interesante conocer su opinión sobre el significado de que Obama ganara las elecciones y las posibilidades de una política diferente en la que las religiones evangélicas y las modernas corporaciones empresariales ya no puedan "privatizar" el Gobierno y ponerlo al servicio de sus intereses.

EN ESTA SITUACIÓN, Wolin cuestiona si es posible la democracia cuando la cultura dominante en la economía fomenta la conducta y los valores antipolíticos y antidemocráticos; cuando el mundo corporativo es tanto el proveedor principal de liderazgo político y la mayor fuente de corrupción política y cuando la ciudadanía queda reducida a un actor que alguna vez vota. Si es que vota, porque a pesar de extender el derecho al voto y bajar la edad mínima a los 18 años, en las nacionales vota poco más de la mitad del electorado mientras que las locales alcanzan un promedio del 35%. Se trata de una sociedad desmovilizada políticamente, en situación de letargo cultivada cuidadosamente desde el poder. Es por tanto una democracia sin ciudadanos.

Los Estados Unidos, dice Wolin, se han convertido en un modelo de cómo se puede dirigir la democracia sin que parezca que ha sido suprimida. Porque en un sistema genuinamente democrático, a diferencia de uno pseudodemocrático, los ciudadanos serían concebidos como agentes que participan activamente en el ejercicio del poder y contribuyen en la conducción de las políticas. Los ciudadanos, en cambio, sostiene el autor, se asemejan más a "pacientes" que --según la definición del diccionario-- están "sobrellevando o soportando (un mal de alguna clase) con compostura; sufridos o tolerantes".

WOLIN recuerda que Democracia implica antes que nada igualdad: igualdad de poder e igualdad en cuanto a compartir los beneficios y los valores que la cooperación social hacen posible. Tiene que ser una democracia social, que trabaja por el bienestar de los muchos, una democracia electoral vigorosa y una actividad política vital por parte de individuos y organizaciones representativas de quienes carecían de poder político. Una democracia participativa que impida la corrupción de las élites. Wolin recuerda el republicanismo de Nicolás Maquiavelo que según él, dependía de la habilidad de reclutar un número de jóvenes idealistas y patrióticos que no se dejaran tentar por los atractivos de la riqueza y el privilegio sino que se sintieran atraídos hacia la idea del poder al servicio del bien común. ¿Soñaba Maquiavelo y sueña ahora Wolin? o por el contrario, todavía es posible defender una idea de la política como se imaginó a finales del XVII en el sentido de que la política, gracias a la ciencia y a la invención, suponía dirigir el cambio hacia un progreso que beneficiaba a todos los miembros de la sociedad. Al menos la izquierda, para ser fiel a sí misma, debería de potenciar la cultura democrática. Y cultura viene del latín cultus: labranza, cultivo, cuidado. En la derecha, el profesor Wolin no tiene ninguna esperanza. Yo tampoco.

Profesor de Universidad