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La entrevista de la semana

Ángel Lafita: «Boskov creía en mí, pero la mili hizo que todo se torciera»

 

Ángel Lafita posa para EL PERIÓDICO en la zona recreativa de las instalaciones de la Ciudad Deportiva. - JAIME GALINDO

JORGE OTO
10/06/2019

—¿Cómo llegó al Real Zaragoza?

—Venía del colegio Dominicos, donde empecé a dar mis primeras patadas a un balón. Al segundo año de juvenil me llamó el Zaragoza.

—Algo vería en usted, pues.

—Digo yo. Me cogieron y estuve dos años de juvenil. El primero jugábamos a nivel de comunidad, como era lógico, y en el segundo ya empezamos a competir con otras regiones. Lo pasé bien.

—¿Cómo fue su adaptación?

—Todo cambió mucho. En el colegio no había un entrenamiento específico y, nada más llegar al Zaragoza, el preparador físico, José Luis Torrado, me dijo que no sabía correr y me enseñó a darme fuerza con los brazos.

—Apenas jugó 400 minutos con el Real Zaragoza en Primera División. ¿Por qué?

–Tuve un problema grave. Después de un gran segundo año en el juvenil pasé al filial y jugué con asiduidad. Y, al final de la temporada, cuando iba a venir Boskov, se hizo una gira por Rumanía y Bulgaria que me salió perfecta. Boskov lo vio y me dijo que subiera al primer equipo, pero yo, anteriormente, había solicitado, por mediación del club, hacer el servicio militar como voluntario de tierra para quedarme en Zaragoza y poder seguir con mis estudios y con el fútbol. Y la persona que me dijo que estaba todo muy fácil no me echó ni una mano. Al final, no podía venir a entrenar porque me jugaba las salidas con castigos.

—¿Quién fue esa persona?

—Ya falleció y no voy a decir su nombre. El caso es que acabó sucediendo todo lo contrario de lo que me habían vendido y, después de hacer la pretemporada con el primer equipo, y de saber que Boskov contaba conmigo, todo se torció y jugué muy poco.

—¿Qué le decía Boskov?

—Me insistía en que contaba conmigo. Y yo lo sabía, porque había entrenado tres veces con ellos y en el primer partido me citó a pesar de que solo se podían convocar a 16 jugadores. Incluso me sacó quince minutos. Me demostraba que quería contar conmigo pero no podía entrenar y así era imposible.

—¿Le sigue dando muchas vueltas a aquello?

—Sí, porque estoy convencido de que esa fue la causa de que jugara tan poco. Tenía a la persona idónea, que era Boskov, pero no era el momento adecuado.

—Luego estuvo dos temporadas más en el club antes de irse a Huesca.

—Acabé cedido en el Huesca, sí. No jugaba y en el equipo oscense, en Segunda B, coincidí con Lasaosa, Petón, Camarón... buena gente. Luego volví ya con Beenhakker.

—¿Y qué tal?

—Distintos. Lo bueno de ambos es que le daban mucha importancia al balón, tanto en los partidos como entrenando. Yo era un jugador más bien técnico y a mí ese estilo me interesaba. Pero mientras Boskov me daba mucha confianza, Beenhakker tenía el equipo más bien hecho y yo venía de una cesión. Me iba dando minutos, pero ya se veía que no tenía confianza total en mí. No jugué mucho. Además, el último año nos apartaron a cuatro o cinco jugadores: Oñaederra, Saura, yo y alguno más. No contaban con nosotros y nos dejaban fuera de los entrenamientos.

—¿Qué pasó?

—No lo sé. Pero era mi último año y ya no me volví loco. No vale la pena remover todo aquello y me da igual si fue una decisión de Beenhakker o del club, pero no era muy lógico que cinco futbolistas estuviéramos entrenando aparte en una esquina.

—¿Cómo era Boskov?

—Transmitía las ganas de aprender y su gusto por el buen fútbol. Este señor vino con sus ideas y las transmitió enseguida en el campo. El equipo jugaba bien.

—¿Cambió el fútbol?

—Sí, veníamos de mucha preparación física y no se veía mucho fútbol. Pero con Boskov primero y luego con Beenhakker empezó otra historia.

—Y eso que no se ganó nada...

—Se ganó una forma de atraer a la gente. Cuando ibas a La Romareda sabías que ibas a ver un partido de fútbol. Podías ganar o perder, pero no era como últimamente, que no vemos nada. Había jugadores que interpretaban lo que el entrenador quería y que llegaron a la internacionalidad. Todo eso le fue bien al Zaragoza. Es cierto que no se ganó nada, pero fue una época que el aficionado recuerda con mucho agrado.

—¿Qué consejo se le quedó grabado?

—Con Boskov hablaba más que con Beenhakker. Él siempre me llamaba picolo al ser el más joven de todos. Por eso mismo también me tocaba recoger todos los balones. Son valores que ahora no existen y que se basan en el respeto al veterano. Ahora se ven las cosas de otra forma.

—¿Y alguno de algún compañero?

—Me encantaba Arrúa. Coincidí con él en su último año y me tenía cariño porque interpretábamos el fútbol de una forma muy sudamericana, como decía él. Me demostró cariño. García Castany también me marcó. Y Amorrortu, Amarilla, Valdano, Señor... y tantos más.

—Pero se queda con Arrúa...

—Es que era listísimo. Y le encantaba jugar al fútbol. Entrenar no tanto, pero cuando entraba al campo se transformaba. La mayoría de sus goles eran desde el segundo palo y yo me fijaba mucho en eso. Le decía que casi todo el mundo iba al primero y él veía eso y acudía al segundo. Sin duda, Arrúa era un adelantado a su tiempo.

—¿Cree que ahora al futbolista no le gusta tanto el fútbol?

—Se ha metido mucha gente en el fútbol viviendo de él. No es que antes se fuera mejor o peor profesional, pero ahora hay demasiados intermediarios, redes sociales... Se ha perdido la esencia. Es un negocio puro y duro.

—¿En qué posición se encontraba más a gusto?

—Por detrás del delantero. Me encantaba jugar ahí. Tenía esa habilidad, creo que innata, de ver cosas que los demás no veían en cuanto a pases y demás. No era un jugador físico. Para mí, lo importante era la pelota.

—¿Cómo era el trato al futbolista en aquella época?

—A unos se trataba mejor que a otros en lo que a los entrenadores se refiere. No se trata igual al titular que a aquel con el que no cuentas. Forma parte del fútbol.

—¿Y entre compañeros?

—Nunca he tenido problema alguno con nadie. Siempre me he adaptado y he tratado de tener buen rollo en el vestuario. Es más, los mejores años en cuanto a resultados siempre se caracterizaron por un vestuario unido. Tanto en mi etapa en el juvenil del Zaragoza como en el Endesa Andorra estuve en grandes equipos humanos.

—Su hijo Ángel dijo en una entrevista a este diario que el exceso de responsabilidad le impidió ser feliz en el Zaragoza. ¿Usted lo fue o también tiene esa espina clavada?

—No la tengo. Creo que llegué en el momento justo porque con 19 años firmé mi primer contrato con el primer equipo aunque luego tuve la mala suerte del tema de la mili. También la tuve después, cuando, estando en Madrid con la selección sub-21 para jugar la Eurocopa estalló el 23-F y me llamaron del cuartel para presentarme a las 8 de la mañana del día siguiente bajo pena de ser considerado prófugo. Mi padre me dijo que no jugara y que volviera a casa y a las 8 estaba en el cuartel, pero ya no me volvieron a llamar de la selección. Mira que había días para dar un Golpe de Estado y tiene que pasar cuando a mí me llaman por primera vez para la sub-21. ¿Feliz? No, porque no jugué mucho. Eso sí, me chupé todas las inaguraciones y pachangas del mundo.

—¿Qué es más duro, ser futbolista o padre de futbolista?

—Sin duda, lo segundo. Se sufre más. Cuando juegas te da igual hacerlo ante 1.000 que ante 25.000 espectadores. Si no eres capaz de aislarte y jugar, tienes que dedicarte a otra cosa. Pero cuando eres padre, estás arriba y no puedes ayudar, eso pone de muy mala leche. Yo lo soy por partida doble: de Ángel, recién retirado, y de Nacho, ahora en el Ejea. Ángel me llamaba siempre después de los partidos y admito que he sido bastante crítico con él. Ambos han conseguido hacer un dinero con el fútbol, sobre todo Ángel, que ha llegado lejos, pero se lo ha currado. Aunque creo que podía haber llegado mucho más alto.

—¿Hasta dónde?

—Estuvo a punto de ir a la selección cuando estaba en el Depor. Era su segundo año y jugaba en su sitio, por detrás del punta. Como yo, pero con 18 centímetros más y mucha más pierna. Pero en los demás equipos siempre jugó en banda y, aunque físicamente siempre ha sido de los que no se dejan nada por el camino, el desgaste ahí es tremendo. Por ejemplo, en el Bernabéu jugó detrás de Uche y marcó dos goles y provocó un penalti. Ojalá hubiera habido un entrenador que hubiese apostado siempre por él en la mediapunta porque seguro que habría llegado más lejos.

—¿Cuánto sufrió Ángel?

—Su segunda etapa no fue buena y le tocó ser capitán y capear el temporal y dar la cara delante de personas que no estaban en su misma sintonía. Y eso va minando y lo pasó mal. El zaragocismo sabe lo que pasó y aún lo estamos pagando. Ojalá acabemos pronto de hacerlo pero aquello fue una lástima porque la ilusión de Ángel era tremenda y llegó muy fastidado al final.

—¿Le vio llorar muchas veces?

—Muchas. La polémica tras el fichaje del Zaragoza cuando estaba en el Depor fue muy dura. Se las comió desde todos los lados sin tener nada que ver. El 31 de agosto, cuando el Zaragoza no puede fichar porque no encuentra jugadores, respesca a Ángel a última hora. De la noche a la mañana se vio entre Agapito y Lendoiro y encima le pedían 25 millones por un contrato mal redactado. Ambos podían tener razón, pero mataros entre vosotros si queréis y dejad al chico en paz. Al final todo acabó, aunque los abogados los tuvo que poner Ángel y le aseguro que fue una pasta. ¿Sabe? Mis padres fueron mis verdaderos ídolos en la vida, los que me enseñaron los valores que tengo y que, junto a mi mujer, he tratado de transmitir a mis hijos. Estoy muy orgulloso de la familia que tengo. Ese es mi mayor legado.

—¿Se arrepiente de algo durante su carrera?

—No. Nunca tuve representante, solo una vez para irme del Zaragoza a Castellón, pero ya no lo volví a ver. Se llevó su comisión y hasta luego, Lucas. Vine a Zaragoza y me llamó el Endesa. Bendita la hora porque fui muy feliz allí. A los 32 o 33 años decidí retirarme. Me costaba ya ponerme en marcha los fines de semana.

—¿Qué significa el Zaragoza para usted?

—Lo ha sido todo. Mi primer empujón para buscarme un futuro, mi primer contrato e independencia económica... Siempre estaré en deuda con el Real Zaragoza y lo defenderé allí donde esté.

—¿Cómo analiza la situación actual del club?

—Está claro que la época de Agapito Iglesias nos dejó muy tocados y nos está costando mucho recuperarnos. La Fundación ayudó en un momento muy difícil. A nivel económico se sigue bajando deuda, pero toda salvación pasa por ascender. Ahora empezamos a hacer patrimonio con los chicos de la cantera, pero acertar en lo que venga de fuera es lo que marcará el futuro. La renovación de Víctor Fernández debe ser la mejor campaña de abonados. Ya tengo ganas de que la juventud que va a La Romareda pueda ver algún día los triunfos de su equipo, como pudimos verlo los más veteranos.

 
 
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