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semana santa

La fe no pesa cuando va a costal

 

Preparativos de los costaleros. - ÁLVARO SÁNCHEZ

LUIS M. GABÁS
17/04/2019

La cofradía de La Eucaristía, conocida popular y cariñosamente como la del huevo por su hábito blanco y amarillo, fue la primera en introducir el costal en la Semana Santa de Zaragoza. Fue en 1996. Al año siguiente lo hizo La Humildad y otras como El Silencio llegaron a sopesar la posibilidad de introducir esta forma andaluza de procesionar los pasos frente a las ruedas, que se generalizó desde la huelga de terceroles en 1936 hasta la actualidad. Algunas como Las Siete Palabras han decidido introducir la tradición de llevar los pasos en andas como en el caso del señor gubiado por uno de los mejores imagineros españoles contemporáneo, el sevillano Manuel Miñarro.

Jorge Sarasa no se crió viendo la Semana Santa a paso de costal, pero hace 9 años dijo que su forma de vivirla iba a ser esa hasta que el cuerpo se lo impidiera. Fue cuando vio salir una tarde de Jueves Santo de la parroquia del Perpetuo Socorro el paso de Cristo del Amor Fraterno, tallada por escultor murciano don Antonio Labaña en 1991. «Había visto sacar a La Cena desde pequeño con mi familia, yo vivía en San José y todos los años íbamos pero aquel año, al verlo salir algo me llamó la atención», destaca.

La casualidad hizo que Andrés, un compañero suyo fuera debajo de ese paso y le diera el empujón para meterse debajo. «Fue algo que explicarlo con palabras es quedarse corto, son muchos los sentimientos que se generan ahí dentro y los recuerdos que te vienen a la cabeza, mientras rezas y pides protección para los tuyos y para tí», afirma.

Tras varios años debajo del conocido como Amor Fraterno –que este año no saldrá–, Jorge se metió debajo del paso del Señor de la Cena que comenzara a realizar el imaginero José Antonio Navarro Arteaga en el 2014 y que salió al completo hace tres años.

Un misterio, el de la Santa Cena, que procesiona por las calles de la capital aragonesa gracias al trabajo de 51 costaleros y de su capataz Javier Barco. Jorge explica que en realidad hay 50 personas en las trabajaderas (travesaños de madera paralelos al suelo y situados dentro del cuerpo inferior de los pasos procesionales), si bien les ayuda Luis, un hermano que les dejó hace unos años. «Siempre estará ahí, todos sabemos que nos ayuda desde el cielo», señala, mientras se limpia los ojos llenos de lágrimas.

Un sentimiento que demuestra la hermandad que hay entre los portadores de los pasos de Semana Santa. «Tienes amigos y luego tienes los hermanos, esos son los de la cofradía, con los que quedas más allá de estos días y que siempre están ahí para echarte una mano si lo necesitas», señala Sarasa, quien destaca que debajo del misterio «todos aguantan el mismo peso». «Hay veces que uno está agotado, pero con solo mirar al que siempre tienes a tu lado le dices, tranquilo, yo te lo llevo, ahí no debes nada, es cariño», asevera.

Jorge Sarasa tiene un hormigueo en el estómago desde el inicio de la Pascua. «Son nervios que se juntan con las ganas de llevar al Señor por tus calles de Zaragoza», destaca y afirma que ese Jueves Santo «la boca se cierra». No puede quedarse con un momento de La Pasión que vive detrás de los respiraderos, pero admite que tanto la salida como el regreso a la iglesia del Perpetuo Socorro, en la avenida Goya, «son los momentos de mayor satisfacción, nervios y sobrecogimiento». «Cuando nuestro capataz llama al martillo y dice: ‘los dos costeros a tierra por igual’ sabes que no hay marcha atrás, es imposible no echarte a llorar mientras usas todas las fuerzas que hay dentro del cuerpo para aguantar entre 50 personas más de 1.800 kilos», apostilla Sarasa.

Las lágrimas se combinan con el sudor. Lo reconoce este zaragozano de 39 años que pone en valor los aplausos y los ánimos que los zaragozanos y visitantes les dan en la noche de Jueves Santo. Se han llegado a recoger a la 1.30 horas, después de más de siete horas de procesión y hay muchas personas que les acompañan en ese momento. Oír a sus hijas decir: «Papá eres un campeón» es otro de los momentos que no olvida año tras año.

Sobre el futuro de la Semana Santa y del costal en Zaragoza, Sarasa mantiene la esperanza. «Cada año hay más cofrades y el costal gusta mucho verlo, pero suele dar respeto, yo animaría a probarlo y verán que esto ya no se puede dejar», asevera.

Este año volverá a salir y lo hará en las trabajaderas más centrales. Ello no impedirá soportar el peso de las oraciones de miles de zaragozanos que cada año acompañan al Señor de la Cena. Su corazón se sobrecogerá cuando suene la marcha Bulería en San Román.