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Jueves Santo// En primera persona

Un luto que se transmite entre generaciones

 

Atavíos//Enseres empleados para la procesión. - NURIA SOLER

Colocación// Ana y Paula ayudan a su madre. - NURIA SOLER

LUIS M.GABÁS
18/04/2019

Elisa Marín, que actualmente tiene 90 años, nunca pudo imaginarse que crearía una tradición que seguirían sus hijas y ahora sus nietas. Fue en los años 50 cuando la hermandad del Silencio de Alcañiz le invitó a acompañarles en procesión en agradecimiento a su colaboración, a través de una obra de teatro, en la compra de un paso. Fue de dama de mantilla o manola, que es como popularmente se las conoce, y a partir de ese momento ese luto se ha transmitido entre generaciones.

Sus hijas Elisa y Ana Uriz siguieron de cerca sus pasos. La primera en El Nazareno, mientras que Ana lo hizo en La Piedad, cofradía a la que pertenece su esposo José Gómez, un militar extremeño que en Zaragoza se enamoró del rostro de La Piedad y supo que quería acompañarla con el ronco sonido del timbal. Un matrimonio que tras recorrer buena parte de la geografía española, debido a que ambos son funcionarios, se estableció en la capital aragonesa en el año 2000. Tuvieron dos hijas, Ana María y Paula, quienes cada Semana Santa participan en las tres procesiones de La Piedad. «Nunca la vamos a dejar sola por las calles de Zaragoza», sentencia Ana Uriz con una amplia sonrisa que explica la emoción que siente cuando la acompaña rosario y vela en mano.

Es tal el imán de esta talla esculpida en 1871 por Antonio Palao que Ana María y Paula, que trabajan como médico y veterinaria, respectivamente, en Londres y Logroño, se reservan días de vacaciones para acompañar a La Piedad. «Lo que sentimos en torno a ella no se puede explicar con palabras, sus ojos miran al cielo, pero eso no implica que no sintamos su cariño e incluso hablamos con ella, nunca nos falla», destaca Ana Uriz, quien resalta que hasta el novio de su hija ha decidido hacerse hermano «porque de tanto ver la procesión se ha aficionado a algo que no está acostumbrado en su ciudad natal».

Cada Semana Santa las mujeres de esta casa realizan el mismo rito al que se unen amigas porque, tal y como reconoce Ana, «ser una dama de mantilla no es algo fácil». En su vivienda hay tres juegos diferentes de mantillas, de tejas, de vestidos y abrigos negros, de guantes y de juegos de perlas. Cada Martes, Jueves y Viernes Santo, si la lluvia lo permite, lo sacan del cajón.

Ana explica que para ello emplean mucho tiempo «porque es algo incierto». «Puede ponerte la mantilla en menos de siete minutos y que te quede perfecta o que, por los nervios o por lo que sea, ese día se resiste y tardas bastante», reconoce.

Algo que tiene claro es que ser hermana de mantilla no es ir a un pase de modelos y, por ello, el decoro es fundamental. «No hay que llevar maquillajes excesivos, la falda tiene que ir a mitad de rodilla, salvo si eres muy mayor que queda mejor por debajo y que las joyas sean algo prudente», asevera. A diferencia de en Andalucía que suelen ser de plata vieja, en Aragón las perlas es lo más tradicional. La parte más coqueta en este atavío de luto lo marcaría la peineta o teja. Según su forma, recta o curva, la cara se estiliza más o menos.

En cuanto a las mantillas, aunque pueda parecer que todas son iguales, si uno se aproxima a ellas puede comprobar que no. Ana Uriz explica que muchas de las manolas emplean mantillas heredadas de sus madres o abuelas, como en el caso de su hija. Pueden estar hechas a máquina, semi-mano y a mano.

La realizada a máquina que suelen ser de dos tipos: Blonda y Chantilly. Las primeras destacan porque el bordado tiene más pasadas de hilo y se señalan más los dibujos de los bordes, mientras que en las de Chantilly el dibujo es más pequeño y tiene menos pasadas de hilo. Las bordadas semi-mano son las que están hechas a máquina pero de manera artesanal. Los materiales utilizados son el tul y la seda natural.

Ana Uriz y sus hijas Ana María y Paula ya tienen todo listo para que hoy, si el cielo lo permite, sigan los pasos de Elisa Marín en los años 50. Coinciden en que no hay machismos en la forma de vivir la Semana Santa de Zaragoza.

«En La Piedad no hay discriminación, yo no me he sentido así, considero que yo puedo llevar mantilla y los hombres ni pueden ni podrán llevar nunca por cuestiones obvias», afirma Ana Uriz, quien asegura sentirse «más especial que ellos si cabe». Añade que si quisiera tocar el tambor lo haría en otra cofradía, pero no es el papel que ella y sus hijas quieren realizar en la Semana Santa de Zaragoza. Un sentimiento que cada año comparte con más de un centenar de mujeres que acompañan a La Piedad en su dolor. El futuro está claro.