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LA OTRA CARA DE LA MONEDA

Cuidado con la desigualdad

Los expertos piden medidas para que las clases pobres puedan estar más con los hijos

 

M. J. I.
06/01/2018

Que las familias con un determinado capital intelectual (con formación universitaria, con profesiones liberales o con un alto consumo cultural) estén dedicando ahora más tiempo a sus hijos, el doble del que les dedicaron a ellos sus padres, supone una buena y una mala noticia. La buena: quienes investigan sobre este complejo asunto de las tendencias sociales opinan que, como ha ocurrido en otros aspectos, es muy posible que si las clases sociales acomodadas adoptan estilos de vida centrados en la crianza de los hijos, a la larga también les imite el resto de las familias, incluso quienes no se encuentran en situaciones económicamente ventajosas.

Hace falta, eso sí, que los gobiernos habiliten medidas para que también las familias con menos ingresos puedan disponer de ese tiempo de calidad con sus hijos.

En la Transición, «el primer movimiento feminista español se centró en la defensa de derechos como el del uso de anticonceptivos o el de la libre interrupción del embarazo», recuerda Marre, profesora de Antropología Social y Cultural en la UAB. «Más tarde –prosigue– se ocupó también de la brecha salarial, pero durante todo este tiempo se ha olvidado de que había muchas mujeres que tienen difícil ser madres porque les falta ayuda en casa», lamenta.

Una brecha que crece

La mala noticia, apunta la socióloga Elena Sintes, especializada en temas educativos, es que mientras eso no ocurra, mientras no se pongan en marcha mecanismos para que todos tengan las mismas oportunidades, la brecha entre los hijos de las familias ricas y los de las pobres va a continuar ensanchándose en España. Sintes recuerda que una de las principales fuentes de desigualdad entre niños y jóvenes son «sobre todo en el ocio educativo y las actividades extraescolares, porque dependen, la mayoría de las veces, del poder adquisitivo».

También son muy delicadas, indica la socióloga, etapas escolares como la primera infancia (hasta los 3 años) y la posobligatoria (después de los 16 años), pero en este caso por razones culturales de las familia, no por económicas.