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LA LUCHA CONTRA LA ENFERMEDAD

El tratamiento masivo contra el VIH lo hace más resistente

Los fármacos llegan a 18 millones de infectados pero sin el control adecuado

 

ÀNGELS GALLARDO
02/12/2016

Los fármacos que frenan la multiplicación en la sangre del virus de inmunodeficiencia humana (VIH), impidiendo el desarrollo del sida, llegaban en el 2001 a poco más de un millón de personas en el mundo, la mayoría, habitantes de países occidentales desarrollados. En aquél momento, casi 40 millones de personas estaban infectadas por el VIH. La ayuda económica desde fundaciones filantrópicas y el empeño de colectivos médicos internacionales dieron con la fórmula que en apenas 15 años ha permitido que 18,2 millones de personas de países sin apenas recursos sanitarios accedan en estos momentos a los tratamientos antirretrovirales que eliminan al virus del sida del torrente sanguíneo, aunque no acaben con él. De esa forma, la infección apenas se percibe, siempre que los afectados tomen a diario y de forma indefinida la terapia indicada. Así sucede en España y el resto de Occidente.

Este loable panorama, que iba reduciendo las cifras anuales de nuevos infectados –quien recibe terapia y tiene indetectable el VIH en la sangre no lo transmite en sus relaciones sexuales– se ha frenado en los último cinco años a causa de la expansión de virus que, por una irregular toma de los fármacos –un camión distribuidor que se pierde y nunca llega a destino– o por la ineficacia de las terapias en algunos individuos, han aprendido a resistir a las sustancias que los intentan suprimir, y son capaces de reiniciar la infección sin que nada se lo impida.

UN PROBLEMA SOBREVENIDO

Casi un 20% de esos 18,2 millones de infectados ahora tratados alojan VIH resistentes que, muchas veces, adquirieron esa cualidad indestructible antes de entrar en las venas de sus nuevos afectados. Este problema sobrevenido – una de las mayores preocupaciones que plantea en la actualidad la pandemia del VIH– tiene unas causas conocidas y atajables. La distribución masiva de la terapia contra el VIH iniciada en el 2001 –una única pastilla al día, que condensa tres fármacos distintos– no tiene en estos momentos control de calidad. Los infectados reciben masivamente el fármaco, sin revisiones que observen cómo evoluciona.

Esta situación ocupa en la actualidad a decenas de grupos científicos en todo el mundo, entre ellos la veintena de investigadores que integran el grupo directivo de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre resistencias del VIH a los medicamentos. Este colectivo ha calculado que los virus resistentes causarán la muerte a unas 420.000 personas en países pobres antes de cinco años.

Detener el peligroso atajo que ha tomado la infección del sida exige poder analizar la sangre de la población implicada. «En los hospitales occidentales, entre ellos los españoles, las personas en tratamiento contra el VIH son controladas con análisis sanguí- neos semestrales, en los que se observa si la carga viral [cifra de VIH circulantes] se mantiene en niveles indetectables –explica Roger Paredes, médico especialista en sida y adscrito al Laboratorio de investigación en VIH IrsiCaixa y miembro del citado grupo de la OMS–. De esa forma, vemos de inmediato si hay multiplicación vírica y buscamos si su causa es la presencia de resistencias, ante lo cual cambiamos de fármacos». Así se ha conseguido que menos del 5% de infectados por el VIH sufran resistencias víricas.

Pero esta estructura asistencial básica no existe en los paí- ses en los que el VIH avanzó sin freno desde su irrupción a finales de los años 80 del siglo pasado. Si en un hospital catalán se invierten apenas siete días en obtener los resultados del test sanguíneo susceptible de captar la presencia de VIH resistentes, en los situados en cualquier municipio de Mozambique –no es un ejemplo raro– los resultados no llegan antes de entre «9 y 15 meses», pues la muestra ha de enviarse a la capital del país. «Todo ese tiempo, el VIH ha seguido replicándose en el cuerpo del infectado», dice Paredes.

Un control periódico, pero rápido, de la carga viral de los infectados exige dotar de nueva tecnología a los los países donde avanzan las resistencias víricas. «También es imprescindible abaratar el coste del análisis y formar a los sanitarios para que sepan interpretar el resultado y actuar sin perder tiempo», explica el médico. En esto investiga el laboratorio IrsiCaixa: diseñan un test sanguíneo barato y rápido. En paralelo –de esto se ocupa el grupo de la OMS– preparan la formación masiva de los sanitarios. «Si el virus del sida repunta en los paí- ses con pocos recursos, o en cualquier lugar, también nos afecta a nosotros –afirma Paredes–. Todos los pacientes con VIH son nuestros pacientes». 

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