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LAS PROTESTAS AGRÍCOLAS

«El futuro se ve negro»

La subida del salario mínimo es solo «una pequeña parte del problema» que se suma a la difícil situación de los pequeños productores agrícolas tras el veto ruso y la incertidumbre de los precios

 

Alfredo Sanjuán Sanz trabaja con su tractor en la poda de sus frutales en Ballobar. - SERVICIO ESPECIAL

L. CARNICERO
08/02/2020

«La verdad es que el futuro en el campo se ve negro». Alfredo Sanjuan Sanz tiene 28 años y gestiona una explotación familiar de cerca de 40 hectáreas de melocotón, nectarina, pera y albaricoque en Ballobar (Huesca). Desde el pasado mes de enero, le ha tomado el relevo a su padre, Alfredo Sanjuan Enrech, que ha trabajado las mismas tierras durante décadas, y que ha conocido tiempos mejores para el sector agrícola. Alfredo hijo reconoce que, «si las cosas siguen así, con los mismos precios de los últimos seis o siete años, no duraremos mucho».

Padre e hijo consideran que la subida del salario mínimo no es uno de los principales problemas que afronta el sector, si bien, reconocen que «no ayuda» porque es algo más que se añade a los ya elevados costes de producción de la fruta. Subrayan que el sector no se ha echado a la calle «solo por la subida del salario mínimo», sino porque «es una dificultad que se añade» y el vaso de las complicaciones estaba ya casi lleno.

«Hace treinta años, todo era distinto», comienza el agricultor recién jubilado. Empezando por la mano de obra, que entonces era más sencilla de encontrar e incluso empleaba a los vecinos del pueblo, y terminando por el precio del producto, que no ha remontado desde el veto ruso en el 2013.

Esta familia de agricultores considera que la subida del salario mínimo a 950 euros mensuales no cambiará las dificultades para encontrar mano de obra en el campo. Durante la campaña, contratan a siete trabajadores, desde que empiezan a esclarecer los frutales en abril y hasta que termina la cosecha de la fruta a finales de septiembre. «Nuestros trabajadores suelen cobrar entre 1.200 y 1.300 euros al mes, porque el trabajo hay que sacarlo y pagamos las horas extra», explica Sanjuán Enrech. Por eso, señala que «la subida del salario mínimo queda muy por debajo de eso y aunque nos afecta, no es nuestro principal problema». Insisten en que para poder sacar a delante la explotación necesitan esa plantilla, de modo que la subida salarial no les hace plantearse reducir el número de trabajadores. Sin embargo, quienes ya no aguantan la precariedad del sector frutícola buscan otras alternativas: «La gente arranca los frutales y planta almendros y olivos, que necesitan menos mano de obra».

LOS COSTES DE SEGURIDAD

Alfredo Sajuan Sanz lamenta que «producir fruta nos sale a deber:nos pagan el kilo de melocotón a 30 céntimos, lo mismo que nos cuesta producirlo». A veces, cobran incluso menos de lo que les cuesta producirlo. «Los costes de producción se han incrementado mucho, especialmente con la seguridad alimentaria, puesto que los fitosanitarios cada vez son más caros porque respetan mejor el medio ambiente». Algo con lo que están «totalmente de acuerdo», pero se preguntan si «toda la fruta importada cumple con las mismas garantías».

El veto ruso supuso realmente un punto de inflexión para el sector. «De un día para el otro, no había precio para nuestro producto», recuerda el agricultor jubilado. Y eso no se ha recuperado, por lo que, critica, «empezamos en enero a trabajar y hasta finales de septiembre no sabemos cuánto nos van a pagar».

Padre e hijo ven clara la relación entre los problemas de la agricultura y la despoblación. «Cuando yo nací, en Ballobar vivíamos 1.200 personas. En 28 años, apenas llegamos a 800», cuenta Alfredo hijo. Si la agricultura «no tira» en los pueblos, «la gente trabaja en la ciudad, y evidentemente, se queda allí a vivir». Esto se traduce en menos tiendas, menos servicios, casas vacías. «La banda ancha no va a llenar los pueblos si en ellos no hay una forma de vida», resume Alfredo Sanjuán Enrech.

Entre las soluciones que ven desde esta pequeña explotación que produce 600.000 kilos de fruta de hueso al año, se encuentran la reforma de la PAC, «para que las ayudas sean realmente para los fruticultores». Y fomentar el consumo de los productores de aquí. «La UE nos exige la mayor seguridad alimentaria, pero competimos con países que quizá no la cumplen, ni tampoco los derechos laborales», afirman. Además, piden que se protejan los precios: «No puede ser que en los lineales de los supermercados la fruta esté por debajo de su precio de coste». Alguien debe hacer «algo». Y «pronto», urgen. 

 
 
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