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Análisis

Al final de las palabras

 

José Luis Sastre
07/02/2019

Uno puede imaginar a Pedro Sánchez, manos atrás, cuerpo inclinado, dando vueltas en la Moncloa en torno a un asesor que, diccionario en mano, proponía palabras al azar. Pon mediador. En lugar de mediador, pon facilitador. En lugar de facilitador, pon relator. Lanzó palabras al aire hasta dar con una que creyó vacía e inerme, suficiente para que tanto el Ejecutivo como la Generalitat pudieran darle el sentido que más les conviniera. Total, el objetivo era ahumar el aire y que, entre la bruma, no se viera a los independentistas retirar la enmienda a los Presupuestos.

Eso quería el Gobierno. Y también dos huevos duros: el Govern filtró al momento que su propuesta en Pedralbes fue la mediación, igual que en los conflictos internacionales. Bastó la revelación de aquello que la Moncloa había callado para que cada vez que Carmen Calvo mentara al relator, los oídos se fueran al mediador. Es difícil jugar al Scattergories con quienes llevan años sostenidos solo en el relato, porque te llevan ventaja. La vicepresidenta intentó recordar que el coordinador se ceñiría a la mesa de partidos políticos, pero se empataba a sí misma cuando hablaba de las condiciones que debía reunir esa figura. Si el intermediario ejercerá entre partidos, ¿por qué son los gobiernos los que negocian a escondidas su papel?

Resulta hasta consecuente que, en pleno incendio, Pedro Sánchez hiciera saber que publicará un libro, como si tratara de sobrevivir agarrándose a las palabras. Manual de resistencia, lo llamará. En fin, Aznar llenó los días de crispación, Zapatero de buenos deseos y Rajoy ocupó el tiempo con más tiempo, dejando que pasara solo. Sánchez se exige distinguirse de su predecesor y se obliga a todo lo que él no hacía. Vuela, corre, posa, habla. Pero se le acaba el diccionario: si no logra los Presupuestos, no habrá salida. Lo que habrá será el juicio del procés, que estará ya en marcha en el Supremo.

Sin embargo, no es el Gobierno el único que manosea el léxico. Está también Albert Rivera. Está, sobre todo, Pablo Casado, al que uno puede imaginar tratando de montar el caballo de Santiago Abascal. PP y Ciudadanos alientan la movilización popular, como sucedió con el Estatut. Casado flirtea incluso con la idea de una moción de censura y así como otros dan vueltas sobre el diccionario, él las da sobre el Código Penal. «Alta traición». Casado usa las palabras como si no pesaran. «Felonía». Aznar le mira y Abascal le mide. También él se exige distinguirse de su predecesor. Al final de las palabras, está visto que Sánchez no tiene más remedios. Parecerá que todo sea para mantenerse. Seguramente lo sea. Pero, ¿qué hay al final de las palabras de Casado y Rivera? La crispación crispada. Se arriesgan a prender una mecha que otros rentabilizarían y que, además, se les puede escapar de las manos por cuanto convocan en las calles la política que no despliegan en las instituciones. Las palabras son ligeras, pero no huecas. El PP ha optado por inflamarlas sin contemplar el efecto social que pueda tener e irá a clamarlas en la plaza de Madrid donde más grande ondea la bandera.

   
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