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Historia de la portada del 8-M

Ana Galvañ, una de las ilustradoras y dibujantes de cómic más renovadoras de los últimos años, ha sido la encargada de diseñar la primera página de EL PERIÓDICO para el Día de la Mujer

 

Ana Galvañ, en su estudio de Madrid. - JOSÉ LUIS ROCA

ANNA ABELLA
08/03/2019

«A pesar de que sigan matando y maltratando a tantas y tantas mujeres, y pese a los que quieren desviar la atención diciendo que también hay hombres asesinados y denuncias falsas de maltrato, quería ofrecer una imagen que diera un mensaje positivo del 8-M, porque se trata de animar a todo el mundo, no solo a las mujeres sino también a los hombres, para que participen en esta ilusionante revolución/lucha/movimiento por la igualdad», cuenta Ana Galvañ (Murcia, 1975), una de las ilustradoras y dibujantes de cómic más renovadoras de los últimos años, autora de la imagen que hoy, Día de la mujer, protagoniza la portada especial de EL PERIÓDICO. La ilustración habla por sí misma. «El mensaje debía entenderse bien, por eso necesitaba una imagen muy sencilla, clara y contundente, que tuviera fuerza», explica desde su estudio de Madrid.

Autora de Pulse Enter para continuar (Apa Apa 2018, que publicará ahora en EEUU Fantagraphics) y del cartel del próximo Salón del Cómic de Barcelona, que presentó hace tres semanas, tenía claro que para la portada debía conseguir «una imagen icónica de una sola mujer que representara a todas las mujeres del planeta».

Quería que «su expresión fuera de revolución, no de agresividad», recalca, y ahí visualizó a una mujer a punto de morder una manzana, que en realidad es la Tierra. «Simboliza que las mujeres podemos comernos el mundo, que esta revolución no la va a parar esa parte privilegiada de la sociedad que no quiere que consigamos la igualdad, que no vamos a volver a la época del franquismo o de El cuento de la criada [novela de Margaret Atwood, convertida en serie de TV], donde las mujeres solo sirven para procrear, que no vamos a volver atrás, que no vamos a permitir que deshagan todos los avances sociales conseguidos», apunta con convencimiento Galvañ, señalando además al uso de «unos colores primarios muy saturados, más brillantes de lo habitual, que buscan llamar la atención» y que dan como resultado un conjunto de azul, magenta, verde, amarillo y... violeta rosado, símbolo del feminismo.

Estudió Bellas Artes, fue directora de arte en agencias de publicidad y ha trabajado para The New Yorker, The New York Times o Il Corriere della sera, ha creado imágenes para festivales de cómic, participado en antologías y revistas como Voltio, comisariado exposiciones e impulsado el portal digital Tik Tok para descubrir nuevos talentos. Tras una década volcada en el cómic y la ilustración, admite Galvañ que en estos dos mundos las mujeres han estado ahí «desde siempre» y que el problema es «la invisibilidad». «Hoy parece que haya mucha igualdad porque el movimiento nos ha hecho más visibles, y parte del mercado lo está aprovechando: no paramos de ver títulos como Chicas que dibujan». Pero la realidad es otra, avisa: «Según una estadística reciente, las ilustradoras cobran un 40% menos que los ilustradores. Y como pasa a menudo en la moda, la cocina o el arte, los más famosos suelen ser hombres».

En el cómic, recuerda, «domina la tradición masculina». No olvida que la mayoría de autores consagrados son hombres, ni casos objetivos como la polémica, seguida de boicot, del 2016 en el Gran Premio del festival de cómic de Angulema (Francia), donde entre los 30 nominados no había ninguna mujer (este año lo ha ganado una, la japonesa Rumiko Takahashi), o el hecho de que Galvañ es la segunda autora de un cartel del salón de Barcelona en 37 ediciones. En el 2010 lo fue Ana Miralles.

Sin embargo, celebra que «el auge del manga haya captado a mucho lector femenino» de su generación «y a muchas autoras, que han empezado a dibujar bajo la influencia de la historieta japonesa». Y también la mayor paridad que existe en el mundo de los fancines y de la autoedición en el que se ha prodigado, en el que sigue trabajando y que no cesa de reivindicar. «Son formatos donde prima la total libertad, donde puedes ser incorrectísimo porque los políticos y los grandes medios no saben ni que existes. Tienes un lector muy distinto del de la industria más comercial, los propios autores somos los lectores. Y no tienes la presión de si vendes o no», explica.

Ciencia ficción

Pero es consciente de que ha llegado a un nuevo público con Pulse Enter para continuar, cinco historias semilargas autoconclusivas donde la última las enlaza a todas, «ambientadas en universos fantásticos y de ciencia ficción que hablan de cosas mundanas y cercanas pero también oníricas». Ahora, prepara un cómic largo. Con una trayectoria de influencias de la ciencia ficción (Asimov, Le Guin o el cine de Alien), del anime, del cómic de Moebius, Daniel Clowes o Akira, pero también de las vanguardias artísticas del siglo XX, la Bauhaus y el constructivismo ruso, Galvañ huye del virtuosismo detallista, de lo comercial y la ortodoxia.

Para ello usa a menudo el dibujo geométrico, personajes poco expresivos, con tendencia a la frialdad. «Porque es con los diálogos, el color y las situaciones con lo que quiero transmitir sentimientos. ¿Para qué copiar la realidad si lo importante es transmitir algo y puedes hacerlo con un dibujo imperfecto. Como en la música, donde una voz rota puede hacer sentir más que una perfecta».