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Cumbre hispano-gala El ambiente

Sobredosis de talante

 

Multisaludos Jacques Chirac, en pleno baño de multitudes en la plaza del Pilar. - Foto:CHUS MARCHADOR

Recibimiento Iglesias, de espaldas, con Alliot-Marie (Defensa) y Barnier (Exteriores). - Foto:CHUS MARCHADOR

CARMEN MARTINEZ ALFONSOCARMEN MARTINEZ ALFONSO 08/12/2004

Lo de ayer fue una auténtica competición de talante. Y a pesar de lo mucho que el presidente Zapatero se trabaja el género, por experiencia y por tablas ganó Chirac. La cumbre hispano-francesa se vivió en Zaragoza con mucho ministro y mucho frío, con un horario incumplido y una sucesión de escenarios que convirtió la ciudad una gran parada de Mercedes, Audis tintados, vanettes de la marca Lancia y guardaespaldas con pinganillo.

Había expectación visual ante la llegada de los franceses, y no defraudaron. En el gélido ambiente del aeropuerto no hubo tiempo ni público para repartir sonrisas, pero en el patio trasero del Pignatelli, empedrado expresamente para el evento, lucieron a gusto y con prestancia los Barnier (excomisario europeo, actual ministro de Asuntos Exteriores y la mejor percha de la expedición), De Villepin (el más alto, el de más tirón entre la población femenina y, además, ministro del Interior), Haigneré (delegada de Asuntos Europeos, antigua astronauta y con la única chaqueta fuxia de la cumbre) y hasta el propio Raffarin, que tiene más cargo (primer ministro de Francia) pero menos glamour.

En el lado español destacaba, por razones obvias como el Vignemale y el Canfranc, la ministra de Fomento, Magdalena Alvarez; por sus conversaciones cómplices, Moratinos (Exteriores) y Bono (Defensa) y por ser presidente, el siempre jovial Zapatero, que en el recibimiento escuchó La Marsellesa subido al podio con Chirac. Tocaba la banda de la Base Aérea.

No sólo había adoquines nuevos en el Pignatelli; una vieja fachada que aguarda turno de restauración amaneció empapelada con una lona azul cielo que publicitaba la Expo --la única promoción en toda la cumbre, porque el consorcio se durmió y no repartió ni un pin de la candidatura-- y el entorno lo limpiaron a conciencia. El toque kitch lo pusieron, no obstante, las coladas de ropa tendidas frente a la sede de la DGA, perfectamente visibles para ministros y periodistas.

Había mirones, helicópteros, una avalancha de teles --incluida Al-Jazira-- y una compañía de honores en la que formaban 136 militares. Y el que pasó media mañana recibiendo fue el anfitrión Iglesias (responsable autonómico de Aragón), muy en su sitio saludando en francés a la comitiva gala ya atendiendo después a los colegas presidentes de Cataluña --Pasqual Maragall-- y Navarra --Miguel Sanz-- que a pesar de no poder decir ni palabra en la cumbre tuvieron el detalle de acudir para hacerse la foto. Por cierto que Sanz llegó pronto, entró por la puerta que no era y se quedó sin la primera tanda de retratos.

Mientras los ministros de ambos lados de los Pirineos se enfrascaban en el asunto de la comisión bilateral, Chirac, Zapatero y los séquitos de ambos se dispusieron a hacer un paseíllo popular en la plaza del Pilar.

Ahí empezó la verdadera competición del talante, con un presidente francés rocero --sus tremendas ganas de apretar manos y besar a niños parecían auténticas-- que marcaba el territorio y obligaba a Zapatero a seguir un más que agitado ritmo de saludos al ciudadano. Había unas 2.000 personas, y calculando por lo bajo, hablaron con la mitad.

El alcalde Belloch esperaba en el portón del ayuntamiento a que cediera tanta efusividad, pasando un frío considerable en compañía de casi todos sus concejales. Todos tuvieron ocasión de ver como el delegado del Gobierno, Javier Fernández, trataba sin éxito de parar el decidido baño de multitudes del tandem Chirac-Zapatero antes de que llegaran a la pancarta que exigía la reapertura del Canfranc. Con protesta o sin ella, el embajador francés aclaró que monsieur le president iba a seguir hasta el final.

Una vez que el ciclón Chirac terminó el denso besamanos y entró en el consistorio, Belloch puso en práctica en plan proexpo ensayado el día anterior. Antes de que nadie pudiera mencionarle la premura de tiempo recitó su discurso sobre los caminos comunes de España y Francia y pidió cortesmente el apoyo a la muestra del 2008.

Aún tuvo tiempo el alcalde de insistir en lo de la Expo en el segundo paseíllo de la mañana, esta vez del consistorio a La Seo, donde esperaba el dean Antero Hombría. En las ventanas del palacio arzobispal asomaban sotanas, alzacuellos y un hábito de monja cuyos dueños querían ver de cerca a Zapatero y al histórico Chirac.

Con la agenda en los talones y un retraso ya considerable, la comitiva llegó a la Aljafería y los presidentes repitieron firma en el libro de honor ante Francisco Pina, jefe máximo de las Cortes. Allí recorrieron el viejo palacio y tomaron, entre otras cosas, migas con uva, curados de Teruel y borraja de la tierra en plan aperitivo.

Para la comida se eligió el salón del trono y un menú con bogavante, solomillo y manzana asada de Calatayud. Después, vuelta al Pignatelli para el plenario, la gran reunión del día, previa foto de familia en el mismo patio recién empedrado de la llegada. Rueda de prensa, viaje al aeropuerto y se acabó la cumbre. A cenar, todos en casa.

 
 
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