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El Periódico de Aragón

Ruta por los parajes idílicos de la montaña en Aragón: ojos de leche de Literola (Huesca)

El cambio climático acelera la retirada de los glaciares del Pirineo y el nacimiento de nuevos ibones de rara belleza como los blancos que reposan en el fondo del Perdiguero

Vista del conjunto lacustre de la cabecera del valle de Literola. EDUARDO VIÑUALES

Desempolvar los álbumes de fotos de casa de los padres, de los abuelos, recrudece la comparación de esas imágenes delante de monstruos de hielo. Nada tiene que ver el estado de esos poderosos glaciares del Pirineo de hace sólo un puñado de décadas con esas escuálidas capas grisáceas que languidecen este duro verano. El retroceso asume como fatal las consecuencias visibles del cambio climático y anuncia que, casi irremediablemente, seremos la última generación en gozar de este hábitat milenario en estas montañas.

En su retirada estas moles dejan testigos de su pasado: la asunción de ibones que llenan de deshielo las gorgas de las morrenas. Algunos de estos lagos de altura son de singular belleza y extrañeza, como son los ibones de leche de Literola (Benasque, Huesca). Subamos a ellos.

Invitamos hoy a realizar esta larga excursión por uno de los valles secundarios de Benás, bajo la alargada sombra del Perdiguero, en su circo, tallado por el cincel de la glaciación.

Alentamos al madrugón para acometer este viaje, más si las temperaturas del tórrido verano no dan tregua. Son nueve o diez horas de paliza. Y 1.500 metros de desnivel. Hay agua durante la ruta, pero mejor llevar, mínimo, tres litros por cabeza. Y buena comida, abrigo, protección solar, sombrero o gorra, botiquín... Y piolet y crampones, por si acaso.

La senda está bien señalizada porque coincide con el ascenso al Perdiguero (3.219 metros). Junto a la carretera que sube a Llanos del Hospital, tras pasar el desvío del Turpi y los abandonados Baños, un cartel anuncia el barranco de Literola, donde hay dos aparcamientos para dejar el vehículo.

El camino balizado sube por una zona de pinares, única sombra del día, que pronto se abandona para transitar por unos prados que toman altitud hacia la cabaña del Ubago de Literola con algún repecho de calentamiento.

En media hora se toma este punto desde el que se observa el picudo Estós y el Perdigueret y detrás va amaneciendo el rincón del Cregüeña con los reyes Maladetas. Una señal desvía los pasos hacia el norte por unas laderas peladas por las ovejas y cabras transhumantes que podemos cruzarnos en sus vacaciones del establo.

El caminar sin cesar no tiene pérdida por un rastro marcado. Pronto se alcanza una preciosa poza en la que, recuerden, está prohibidísimo bañarse, como en cualquier agua de altura y más en un Parque Natural como Posets-Maladeta. Porque no, no es una piscina fresquita sino la casa de delicada fauna que no necesita de nuestro recreativo malestar, ni de nuestra química suciedad.

Regreso por Remuñe

Sin perder nunca el norte, arrimándonos al barranco de Literola nos asomamos a un promontorio desde el que vemos una hondonada donde reposa el Ibonet de Lliterola. Varios vivac en la pleta descubren una práctica cada vez más usual en el nuevo montañismo.

Aquí la cosa se complica. Las piedras cobran un mayor tamaño y hay que tener tiento para avanzar, más lento, siguiendo hitos y una guía de puntos rojos. Dejando a la derecha el salto de agua, vamos puyando por un tramo más vertical donde, en mínimas ocasiones, se usan las manos, y en otras se andan por grandes piedras peladas. Cuidado.

Este esfuerzo se suaviza en laderas con menos porcentaje que anteceden a la sorpresa del Ibon Blanco (en invierno) de Literola, el gran almacén de agua del colosal circo. Aquí dejamos definitivamente la marcha conjunta con los aspirantes al 3.000 que nos mira desde las nubes.

Rodeamos el ibon por otra glera de grandes bloques por la orilla izquierda hasta alcanzar una playa de piedrecillas. Aquí solo queda superar un suave murete hacia una segunda planta en la que se posan los nuevos y lechosos lagos que ha dejado la retirada de los hielos. Si acude a esta cita en año de nieves, quizá se lo encuentren aún chelados. La fractura visual de sus turbias aguas opalescentes con las franjas rojizas de las morrenas dan un aspecto realmente singular e idílico a este paraje pirenaico.

Pese a no haber sombra, merece la pena la parada panorámica para contemplar el Perdiguero y los paredones que destrepan de su cresta completa. Justo bajo nuestras cabezas la impresionante verticalidad descompuesta del Crabioules, que se amansa en el anexo collado que da acceso al Lac du Portillon, en Francia.

El largo descenso puede hacerse por el mismo lugar (ojo al estrepe al ibonet) o, si se está con mucho ánimo y más piernas, para eso el madrugón, bajar por la Ball de Remuñe. Esta opción, si se está en buenas condiciones, no es tarde y se lleva bebida y alimento más que suficiente en este mar de piedras, nos llevará al collado que yace bajo la puntiaguda Forca de Remuñé, que nos servirá de brújula. Es posible, desde los ojos blancos de Literola, completar el rodeo completo del gran ibon, remontando a un pequeño lago de aguas azuladas, y alcanzar un primer collado que conecta con la arista del Tousse de Remuñe y el precioso perfil que une el pico Rabadá con el Navarro y estos con el Malpás y el Boum. Belleza y grandeza del Pirineo ribagorzano.

Seguir al sur por una costosa escalera de pedrolos hasta el Portal de Remuñe y sus charcos encajados en las moles graníticas. El descenso desde aquí se hace más veloz, por otro pedregal que se va descomponiendo, cansado por el kilometraje acumulado. A media altura se gira hacia la izquierda para llegar en una bendición al fondo de Arenals de Remuñe. Ya vemos el final. No hay que abandonar el torrente, pasando entre zonas más estrechas y pletas llenas de flores y marmotas. En la primera hay un desvío hacia otros dos bellos ibones. Si se obvian, en una hora, se llega a la carretera frente a Llanos del Hospital. Solo quedan varios kilómetros de asfalto hasta el punto de aparcamiento inicial.

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