En un contexto de cambio, cuando la Segunda República todavía estaba terminando de instaurarse hacia el año 1931, se propuso un proyecto para cambiar de ubicación la capital española. Fue hace casi un siglo cuando el arquitecto menorquín Nicolau Rubió i Tudurí presentó la idea en una exposición de la Asociación de Arquitectos de Cataluña y la publicó con planos incluidos en la revista Mirador.

Las razones por las que eligió un pueblo zaragozano de apenas 2.500 habitantes eran de "lengua, transporte, neutralidad relativa del país y otras". La localidad se encuentra en línea recta a 270 kilómetros de Madrid y a una distancia similar de Barcelona, Bilbao y Valencia y muy próxima a Zaragoza. El pueblo es Utebo, aunque el arquitecto también proponía una denominación diferente.

Con un Gobierno provisional liderado por Niceto Alcalá-Zamora y una Constitución aún sin promulgar, Rubió i Tudurí quiso aprovechar el que para él era el momento perfecto: "Una República Federal, si España llega a serlo, no puede tener por capital una ciudad habituada a 500 años de centralismo". Como nueva capital, no podía tener un nombre como Utebo así que propuso otro que cuadraba con la situación: Iberia.

Una capital moderna sin grandes alardes

El menorquín convencidamente catalanista creía que una capital no debía ser demasiado grande ni albergar tantísimos habitantes, sino ser funcional, como Washington, Camberra o Nueva Delhi, ejemplos que él mismo utiliza para ilustrar su propuesta. "¿Hay que decir que una capital moderna ha de ser una ciudad-gerencia y no lo que se denomina una gran ciudad?", se preguntaba en el artículo.

"Me parece que no hace falta repetir estas cosas conocidas", añadía convencido del útil pragmatismo de su idea. Lo que él pensaba que España necesitaba era una capital "sin complicaciones de gran ciudad, sin industria, sin un comercio independiente, sin 'personalidad'. Una ciudad neutra, habitada por funcionarios y representantes de actividades federales", es decir, una especie de urbe-oficina.

Para lograr sus propósitos se tendría que limitar su crecimiento hasta los 150.000 vecinos como máximo que habitarían en rascacielos de 120 metros de altura rodeados de zonas verdes y campos de juego. Además, Iberia no contaría casi con coches privados y apostaría por una red de transporte público principalmente subterráneo y una "línea aérea".

Funcional y práctico

Rubió i Tudurí tenía claro que su proyecto urbanístico estaba hecho para ser funcional y práctico, no "para agradar". Añadía también que "no pertenece a la arquitectura estética, sino a la objetiva", plasmado en sus infografías que confirmaban una ciudad cuadriculada y tecnócrata, sin ningún tipo de ornamento. Además de los enormes edificios de viviendas, contaría con un hotel el doble de alto para remarcar "la traducción en cemento y hierro de una estructura política".

La famosa torre mudéjar de Utebo TURISMO DE ARAGÓN

Precisamente las oficinas políticas -secretarías y ministerios-, se encontrarían en una zona clave, junto al Parlamento y otras sedes de organismos como el Tribunal Constitucional y Supremo, la guardia federal o la Casa de la Moneda. En aquel lugar habría un parque, residencia presidencial y viviendas que habitarían embajadores y altos funcionarios. Todo ello quedaría conectado con el resto del mundo a través de una terminal "aérea-ferroviaria-automovilística".

Se cree que el arquitecto descubrió Utebo durante la Exposición Internacional de 1929, cuando se percató de las ventajas geográficas y políticas que quedan expuestas en su argumentario. Realmente aquello tan solo quedó en una idea y una propuesta escrita, pues los actuales habitantes del pueblo afirman que nunca se llegó a proyectar ninguno de los revolucionarios modelos que proponía.