En el año 1963, la película 007 contra el Doctor No presentaba ante el mundo occidental a un personaje nuevo y escandaloso. De pronto los espías resultaban ser atractivos, elegantes y fascinantes por su maldad en la figura de James Bond. Del mundo puritano y pacato estadounidense nos llegaba de pronto un héroe mujeriego, bebedor y asesino sin escrúpulos con el que podía identificarse lo peor de nosotros mismos.

El mundo aprendió así que los espías del bando de los buenos tenían que ser malos para combatir al mal. Y, mientras el cine defendía esta tesis ante un público embobado, la realidad actuaba en consecuencia y llenaba el mundo de sujetos con licencia para matar que asesinaban a favor del bien. Agentes de la CIA que propiciaban la caída y muerte de Allende y la ascensión de Videla y Pinochet, que llenaban de muertos las fosas comunes, que creaban escuelas de tortura.

EN LA EPOCAde Gerald Ford, los excesos cometidos en la guerra sucia eran ya tan evidentes y bochornosos que hubo que ponerles freno. El proyecto MK-Ultra, destinado a descubrir la manera de lavar el cerebro a los enemigos había llevado a la tortura incluso a inocentes ciudadanos norteamericanos. Se acabaron los permisos para matar y la CIA se lavaba la cara porque la maldad es un cáncer que se come a la sociedad que lo cultiva y, tarde o temprano, hay que extirparlo.

Pero creen los imperialistas que la bondad resultante debilita y empobrece. En el país del western y de la Sociedad del Rifle, donde justicia es sinónimo de venganza, no pueden bajar la guardia porque su filosofía establece que el débil debe sucumbir bajo el fuerte. Y, cuando lo creen necesario, apelan sin dudar a los bajos instintos.

Ahora, el superpresidente Bush ha declarado la guerra al mal y ha proclamado que habrá que volver a recurrir a los malos modos. Vengó las Torres Gemelas en Afganistán, en una matanza irracional que sólo consiguió uno de sus objetivos, el menos confesado: poner un Gobierno títere que les garantizara el petróleo y el gas de la zona.

Ahora, dice Bush que le tocará el turno a Irak. Esto es una guerra y, como se supone que en las guerras siempre hay víctimas inocentes, el salvador del mundo no piensa ahorrarse ni una.

Así las cosas, automáticamente, en el nuevo episodio de las aventuras de James Bond, el espía recupera su permiso para matar. Queda claro desde el principio de la película: por dos veces en la presentación se tilda al protagonista de asesino. La tortura a que es sometido produce en el mitómano un sentimiento de rabia suficiente para que comparta el deseo de revancha con 007 durante el resto del filme.

Y así la película se convierte en un panfleto donde quedan claras las intenciones del manipulador y se advierte al público de lo que le espera. La socia norteamericana de James Bond mata a sangre fría a un hombre indefenso sólo porque está en el bando de los (casualmente cubanos) malos. ¿Es mala por ello? La habilidad de los guionistas nos hará pensar que sí porque ya no estábamos acostumbrados a tener asesinos a sueldo en el altar. Pero, al fin, parafraseando a Mae West, nuestro ídolo la beatificará después de un buen polvo diciéndole que, aunque sigue en el bando de los buenos, cuando es mala es mejor.

Muere otro día es más que un panfleto y una advertencia. Es una amenaza, tanto más efectiva cuanto brillante es el espectáculo que ofrece. Queda claro en ella que los agentes occidentales, a partir de ahora, utilizarán fusiles de largo alcance para eliminar a sus enemigos a distancia, y usarán la bomba atómica contra el enemigo que les agote la paciencia. Y, por si no quedaba bastante claro, el representante de la CIA advierte a sus socios británicos que pongan orden en sus filas o, de lo contrario, "tendremos que hacerlo nosotros".

Y, CUANDOmillones de espectadores de todo el mundo se han empapado bien de este mensaje no tan subliminal, por si alguien no lo había entendido bien, el emperador Bush hace pública la lista de personas a las que sus agentes pueden asesinar no sólo impunemente sino con la gratitud de todo su país.

Lo peor del caso es que no veo que nadie se escandalice ante semejante amenaza. Los mitómanos de James Bond continúan aplaudiendo embobados, bajo los efectos hipnóticos del espectáculo, sin darse cuenta de que, con ese aplauso, están avalando la guerra sucia de verdad que ya tenemos encima.

*Escritor