El muro del poder se resquebraja cuando por las claraboyas del castillo, como ocultos honderos, asoman los técnicos.

Como los eclipses, y eclipse es, y eclipsar puede, este fenómeno parapolítico ocurre muy pocas veces. Por lo general, el cargo público se basta para resolver las dificultades estructurales de su departamento, sus presupuestos, sus expedientes, construcciones, recalificaciones, papelotes varios. Pero si se ve desbordado por la marea negra, acosado por la oposición, increpado por la opinión pública, y tiene que recurrir al personal de gleba para que derrame aceite torreones abajo, entonces el señor puede estar en trance de dejar de serlo.

Hemos visto, allá, en la alquitranada Galicia, a Rajoy y a Cascos atrapados en las dudas de sus ingenieros y expertos, y aquí, en Independencia, al alcalde Atarés y al arquitecto Alday enredados en la patente de homologación de esas ya famosas y alegales farolas con las que hemos de aprender a convivir.

Y hemos visto también al presidente Soláns y a los técnicos del Real Zaragoza opinando técnicamente sobre las bondades del proyecto Bofill, pero abandonando con astuta prudencia a los hados la más material y espinosa cuestión de los euros a aportar.

El api consistorial, Antonio Suárez, vendió el producto con el mismo rigor que ha lanzado al monopoli especulativo los rascacielos de a millón el metro, las Torres Quió. Ha gustado el campo a sus futuros usufructuarios. Su calor. Su confort (sic). Sus accesos (tiene puertas). Su inicial gratuidad. Sus recalificadores apuntes. Su implícito veto a la organización de grandes espectáculos y conciertos, cuyos macroescenarios difícilmente se podrán montar con esos córneres remontados en la grada y esos fondos de portería en la nariz del público. No habrá rock en la nueva Romareda (tampoco lo hay ahora). Ni atletismo. Ni otra función que la del noble deporte del balón.

La irrupción de los técnicos en el debate del Prestige ha acabado como el rosario de la aurora, con sus señorías del PP en plan oposición, abandonando en huelga de brazos caídos su puesto de trabajo, haciendo el número, dando la nota.

Ha bastado una mención al furtivo capitán del petrolero, una carta esférica, una aguja de marear, un dossier de naufragios socialistas, un chapapote de prácticos y marineros de agua dulce para que el Congreso se hundiera en un desprestigio de circense impotencia.

Ha bastado una denuncia en forma y fondo sobre las farolas de Independencia para que los nervios se anudasen sobre el cementerio berebere y las débiles cortinas de esa lluvia pertinaz que no cesaba de caer mientras el alcalde miraba al cielo y se casaba Belloch.

Ha bastado una insinuación sobre las ansias recalificadoras de la Ciudad Deportiva del Real Zaragoza para que los técnicos hayan mostrado las uñas, y retirado los políticos la patita, esa varita mágica de colorear terrenos rústicos y multiplicar por cien los ceros de una donación o un regalo. Este será otro asunto, aunque el PP, por recalificar, ha recalificado hasta el río Ebro, cuyos metros cúbicos se pagarán a peso de oro en la huerta de Levante.

*Escritor y periodista