Tengo para mí que en estos días de Navidad en los que las familias se reúnen par encontrarse en la alegría de estar vivos y en los que incluso por encima de las humanas diferencias late un poco por todas partes una cierta voluntad de conciliación, todos los ciudadanos deberíamos encontrar un minuto de reflexión para recordar a un joven que ya no está entre nosotros. Se llamaba Antonio Molina, tenía 27 años, pertenecía a la Guardia Civil y la semana pasada fue asesinado por un pistolero de la ETA. Junto a él resultó alcanzado por las balas otro joven guardia que, afortunadamente, se recupera de las heridas en el hospital. El sacrificio de la vida de Antonio Molina impidió que los etarras segaran otras muchas vidas con las bombas que querían hacer explotar en Madrid. Por eso creo, como decía, que su nombre debería permanecer de manera perenne en la memoria de los muchos que sin saberlo le deben o debemos la vida.

De ahí que piense que en un día como éste, en el que nos disponemos a disfrutar de la alegría que siempre supone la vida en compañía de aquellos a quienes más queremos, es de justicia expresar nuestra gratitud hacía él y hacia su familia, buenas gentes de Melilla envueltas ahora en horas de amarga tristeza.

Cualquier día es bueno para vivir y ninguno adecuado para morir, pero morir en vísperas de Navidad supone una tristeza añadida. Por eso digo que todos estamos en deuda con la familia Molina de Melilla. Una deuda que nunca podremos saldar porque el hijo que les han matado tenía toda la vida por vivir.

*Periodista